Revista Ecclesia » Miguel de Santiago redescubre al obispo palentino Francisco Blanco
francisco-blanco-de-salcedo
Cultura

Miguel de Santiago redescubre al obispo palentino Francisco Blanco

Miguel de Santiago redescubre al obispo palentino Francisco Blanco

Un libro editado por la Institución Tello Téllez divulga la biografía del religioso natural de Capillas que participó en el Concilio de Trento

Francisco Blanco de Salcedo fue un canónigo magistral de Palencia del siglo XVI con una gran preparación humanística, filosófica y teológica que desarrolló en Salamanca y en Valladolid. Además, fue un obispo muy considerado por su fama de santidad, por sus grandes dotes de gobierno y por sus constantes desvelos pastorales. Todas estas cualidades las ha redescubierto el sacerdote y poeta palentino Miguel de Santiago Rodríguez en el libro ‘Francisco Blanco de Salcedo. Un preclaro padre conciliar en Trento, nacido en Capillas hace cinco siglos’.

El origen de esta publicación se encuentra en la celebración, el año pasado, del quinto centenario del nacimiento en Capillas de este religioso, que nació cuando comenzaba el año 1512. A Miguel de Santiago le encargaron una conferencia dentro del ciclo de cuatro jornadas que tuvo lugar a lo largo del mes de agosto en Capillas, en el que se dio a conocer la personalidad de este ilustre hijo de Capillas y se glosaron diversos aspectos de su intensa vida, que cubre gran parte del siglo XVI.

«A mí me encomendaron que abordase su papel en la última sesión del Concilio de Trento (que se celebró entre 1562 y 1563 y que fue conocido como el concilio de la contrarreforma), al que acudió en su calidad de obispo de Orense. Al adentrarme en el estudio del tema, creí oportuno abordar posteriormente toda la vida de un personaje muy interesante y no suficientemente conocido entre los palentinos», explica Miguel de Santiago.

Nacido en el seno de una numerosa familia de agricultores de Capillas, Blanco de Salcedo tuvo una gran preparación humanística, filosófica y teológica en Salamanca y en Valladolid. Fue canónigo magistral de Palencia tras unas reñidas oposiciones, y como destacara por su virtud y prudencia, al tiempo que brillaba por su predicación y el ejercicio de la caridad, pronto el rey Felipe II lo invitó como teólogo de cámara a su boda con María Tudor. A los 44 años fue nombrado obispo de Orense. Tras su destacado papel en Trento, es promovido a la diócesis de Málaga y ocho años después, arzobispo de Santiago de Compostela, donde muere en 1581 y allí está enterrado.

Dos aspectos fundamentalmente destacan y se repiten en las preocupaciones pastorales de Francisco Blanco de Salcedo en las tres diócesis que ocupó son la educación y la asistencia social. «De ahí que en todos sus destinos cuente con una congregación española de reciente fundación, la Compañía de Jesús, para poner en sus manos la tarea de educar a los niños y a los pobres, y erija con su peculio personal hospitales para atender a los más necesitados y a los enfermos contagiosos e incurables», asegura Miguel de Santiago, quien resalta, su destacado papel en el Concilio de Trento y la puesta en práctica en sus diócesis de los decretos conciliares mediante la convocatoria de sínodos que orientaran la vida espiritual y la disciplina de los sacerdotes y de los fieles.

Felipe II eligió a los obispos más relevantes para que asistieran al gran concilio de la Contrarreforma. A Trento asistieron los mejores teólogos y los mejores obispos españoles. «Las dificultades de los desplazamientos hacían imposible la asistencia de todo el episcopado a la asamblea ecuménica. Dentro de aquella selección de grandes teólogos (Laínez, Cano, Salmerón, etc.) y obispos, destacaron, entre otros, por sus atinadas intervenciones el arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, y el de Orense, Francisco Blanco. Nuestro paisano intervino y participó en la redacción final de algunos cánones sobre aspectos de la teología y la disciplina eclesiástica, tales como el sacrificio de la misa, la comunión bajo las dos especies, el derecho divino de residencia de los obispos, la validez o no de los matrimonios clandestinos o la reformas en la disciplina eclesiástica», señala.

Miguel de Santiago considera que Francisco Blanco fue un obispo «muy considerado por su fama de santidad, por sus grandes dotes de gobierno y por sus constantes desvelos pastorales». El general de los jesuitas reconoció a Francisco Blanco de Salcedo ‘por principal bienhechor nuestro’, según recoge el autor del libro, y se destaca también la cesión de terrenos que hizo, así como donaciones de edificios y ducados para erigir hospitales y obras benéfico-sociales.

Sin embargo, el religioso de Capillas no es muy conocido. «Quizá le haya perjudicado la cultura ‘ligh’ en que vivimos desde hace un tiempo, el escaso interés por las investigaciones históricas, un cierto desprecio hacia las personalidades religiosas si no despiertan el morbo del escándalo, un prejuicio y apriorismos injustificados hacia el Concilio de Trento y su importancia histórica en la reforma de una Iglesia que estaba tan necesitada de ella», agrega el autor.

Cuando inició la investigación, Miguel de Santiago no tenía más fuente de información que cuatro o cinco páginas fotocopiadas de algún episcopologio de las diócesis que gobernó Francisco Blanco, pero las citas o referencias bibliográficas que iban apareciendo en los libros consultados fueron «como una especie de cerezas enganchadas que me llevaban a informaciones nuevas y susceptibles de ampliación con las que trazar la biografía del personaje». Partiendo del arsenal de datos que proporciona el volumen ‘Españoles en Trento’, del jesuita palentino Constancio Gutiérrez, que fue profesor de Historia de la Iglesia en la Universidad Pontificia de Comillas, el investigador fue recalando en los episcopologios de las diócesis de Orense, Málaga y Santiago de Compostela, y también en estudios monográficos sobre los colegios jesuíticos.

El obispo no es tan desconocido en Capillas. «Como los archivos parroquiales dejan constancia de la magnanimidad del obispo Blanco de Salcedo hacia su pueblo natal y los curas suelen leer los papeles de sus archivos, ha perdurado la memoria de este personaje», asegura De Santiago. Y no solo porque haya un cenotafio en la iglesia parroquial con estatua orante, sino porque se sabe que erigió el pósito o panera de trigo para los pobres y que donó fondos para reparar las fuentes y para abastecer de agua potable a la población con la traída de aguas manantiales hasta la fuente de Caños. «Y además, conservan su memoria escudos episcopales y laudas sepulcrales», concluye el autor de la biografía.

Fuente: EL NORTE DE CASTILLA, 28-10-2013

FERNANDO CABALLERO | PALENCIA



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Cada semana, en tu casa