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Opinión

Miguel de Santiago: obra poética, por Carmen Arroyo

Miguel de Santiago: obra poética, por Carmen Arroyo

 

Publicado en «Diaro Palentino»

Podría, Miguel, amigo, hacer literatura de tu libro. Elegir las palabras más dulces para encandilar tus oídos, me sería fácil.

Tienen razón cuantas personas, acertadamente, han juzgado, estudiado, analizado y elogiado tu libro: El camino del alma hacia el Amor. Estoy de acuerdo con quienes tienen autoridad y prestigio para calificar -limpiamente- lo que ha madurado en tí hasta ser espiga, henchida de prietos granos, alimento del alma, poesía religiosa de altos vuelos.

Y llega tu obra en el preciso instante en el que otras palabras ocultan lo que debería ser luz. Y me alegro por tí, pues la alegría compartida se hace grande. Tal vez, por ser mujer o, quizá, por diferentes razones, elijo otro modo de acercarme a tu «Camino del alma», trabajado y perfeccionista,  y me detengo en la parte que titulas «obra poética y comentarios».

 

Encuentro una mirada crítica, depurada, valiente y resolutiva acerca de tu propia obra. Desnudas tu alma y esperas otras miradas. ¿Cómo serán, Miguel? ¿Acaso fruto de espíritus generosos, o vendrán de quienes no pueden sino envidiar una trayectoria brillante y callada?

Y, precisamente, ahí es donde deseo quedarme. Miguel -palentino ausente- vuelve a casa con un regalo para sus paisanos. Trabajo, horas robadas al sueño, alegrías, incertidumbre, dudas. Entramado perfecto en esta gran obra que nadie debería perderse.

Transcribo una frase que te pertenece: «La poesía da respuesta a la soledad y abre puertas a la esperanza». No estás solo, Miguel, por más que para escribir poesía sea precisa la soledad requerida y buscada por nuestros grandes místicos.

Luego, llegará la sed de compañía, la necesidad de entregar lo que uno tiene. Tiempo de amar, o de morir, la vuelta al Padre. Escribir es un renacimiento personal. Un sacerdote, y tú lo eres, es grano que germina en el dolor ajeno y en el propio. Nos dices en Parábolas del sueño: «Y seguiremos nadando hacia la aurora / y buscaremos la orilla que nos salve…». Sí, la palabra, definitivamente, salva al hombre. Tomo prestada la tuya y acabo con estos versos: «Y, cansado de andar a la deriva, / quiero abrazarme al leño de esta cruz / para esperar la paz de otra mañana». Gracias, Miguel, por tu libro, y enhorabuena.

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