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Miguel Ángel Olaverri SDB: «Mi primera noche como misionero en África la pasé en la cárcel del aeropuerto»

Este 15 de agosto, la República del Congo (el «otro Congo», del que apenas se habla) celebra los sesenta años de su independencia de Francia. Y el arzobispo español Miguel Ángel Olaverri ignora si para entonces podrá estar ya de vuelta en su sede de Pointe-Noire (Punta Negra), de la que salió en marzo como obispo y a la que vuelve como arzobispo, después de que la Santa Sede erigiera el 30 de mayo la provincia eclesiástica del mismo nombre y la elevara a Iglesia metropolitana. En principio, si todo va bien y puede regresar —había comprado billete para primeros de mes, pero las fronteras seguían cerradas—, el tercer domingo de agosto debería recibir allí el palio de manos del nuncio. ECCLESIA ha conversado con él. Cuando tiene lugar la entrevista se halla nuevamente en París, sede de la provincia salesiana de Francia a la que pertenece y en donde ha pasado el confinamiento por la pandemia.

—Monseñor, usted es navarro, como san Francisco Javier,  el patrono de las misiones…
—Sí, nací en Pamplona el 9 de mayo 1948. Junto a la catedral.

—Y lleva en África la friolera de 44 años.
—En efecto, llegué allí solo quince días después de ordenarme sacerdote. Me ordené el 5 de junio y el día 19 ya estaba en Gabón.

—Ha pasado tanto tiempo ya que no sé si recordará su «aterrizaje» misionero.
—¡Ya lo creo! La primera noche la pasé en la cárcel.

—¿Y cómo fue eso?
—Llegué a Gabón a las dos de la mañana y un policía me dijo que como mi documentación no estaba en regla me iba a enviar de vuelta a París en el mismo avión. Aquel hombre lo único que quería era que le diera una de las dos botellas de whisky que llevaba. Y como me negué, me metió en el calabozo. Al cabo de un rato le dije: «Oiga, por favor, retire mis maletas, que las veo desde aquí, y tráigame también la guitarra». Así que me tiré dos o tres horas tocando la guitarra y cantando, hasta que se produjo el cambio de guardia. Cuando llegó el comisario, a las cinco de la mañana, me preguntó que por qué estaba allí. Yo le dije que no lo sabía, y que mi pasaporte estaba en un cajón de la mesa. Cuando lo miró me dijo: «Ya se puede usted marchar». Yo tenía entonces 27 ó 28 años.

—¿Y con esos comienzos no se le quitaron las ganas de hacerse misionero?
—No, porque iba con mucho entusiasmo. Pero al cabo de tres o cuatro meses lo perdí, me descorazoné. Yo iba de director de estudios de un seminario de vocaciones tardías situado en plena selva, a 700 kilómetros de la capital, y me había comprometido por un año. Pero en seguida aquello se me empezó a hacer cuesta arriba, pues venía de una formación urbana (Barcelona, Cuenca, Madrid), y lo hice saber. Me propusieron otras presencias, como ir a Camerún, o al Congo, y yo dije: «No, cuando pase el año me vuelvo a España».

—Pero se quedó. ¿Por qué?
—Porque cuando se cumplió el plazo, el provincial de entonces me escribió una carta muy simpática en la que, al estilo de Don Bosco, me daba las gracias, pero cuya última frase decía algo así como: «Miguel Angel, de todas formas, ten en cuenta que en la vida una cosa es hablar de los pobres y otra cosa es estar con ellos». Yo, cuando leí aquello, dije: «Me quedo». Fui a la capilla, estuve una hora llorando y al final le dije al Señor: «Aquí me tienes para lo que quieras».

—¿Se ha arrepentido alguna vez de haber dado ese paso?
—No, nunca. En África he sufrido mucho, pero también he sido muy feliz. Y ya llevo 44 años.
A ese provincial, al que luego hicieron obispo, fue al que elegí 38 años más tarde para que me consagrara obispo a mí.

—En todo este tiempo, usted ha sido provincial de los Salesianos y ahora es obispo en la República del Congo.
—Sí. Fui provincial de los Salesianos en los seis países de África Central: Chad, República Centroafricana, Camerún, Gabón, Guinea Ecuatorial y Congo-Brazzaville. Por cierto, esta provincia tiene hoy 140 hermanos, casi todos africanos. Y al frente de la ahora archidiócesis de Pointe-Noire llevo nueve años: dos como administrador apostólico y siete como obispo. En el Congo, primero trabajé 17 años en Brazzaville, la capital. En esa época, la del marxismo-leninismo, yo era funcionario del Estado; por las mañanas enseñaba distintas materias en el liceo y por las tardes estaba en la parroquia. Y en Pointe-Noire, antes de obispo, fui también durante ocho años párroco en la parroquia de San Juan Bosco.

—Usted llegó al Congo, por tanto, poco después del asesinato del cardenal Biayenda.
—Sí. Al cardenal de Brazzaville lo mataron en 1977, cuatro días después que al presidente del país. Y fue en venganza por este crimen. Dijeron: «Ha muerto uno del norte, pues ahora tiene que morir uno del sur». Y el cardenal era del sur. Hubo peligro de guerra civil y fue el vicario general quien calmó a los cristianos para que no hubiera violencia. [Nota de la redacción: La persona que mandaba el comando que se llevó del obispado a Biayenda y acabó con su vida era el entonces jefe de las fuerzas armadas y actual presidente: Denis Sassou-Nguesso. Desde entonces, la República del Congo no ha vuelto a tener un purpurado].

—36 años lleva Sassou-Nguesso en el poder en dos etapas: 1979-1992, y 1997-2020. Y en 2015, además, reformó la Constitución para poder continuar. Visto su apego al sillón, ¿hasta cuándo habrá Nguesso? Y, por curiosidad, ¿quién consiguió apartarle del cargo en ese lustro?
—En África Central hay gente que lleva en el poder un mínimo de 30 años y un máximo de 38-40. En este sentido, no han cambiado mucho las cosas. Nosotros vivimos elecciones en las que el presidente sale elegido con un 90%-92% de la población. Y esas cifras son inadmisibles. ¿Que quién consiguió apartarle del cargo? El presidente Lissouba. Pero cuando este subió al poder lo hizo con las manos atadas, pues Sassou había vendido el petróleo de los siguientes cinco años y él solo pudo hacer algo en el último. Del 90 al 2000 hubo guerra civil. Ha habido tres guerras civiles, y aun hoy muchas zonas no han levantado cabeza.

—El nombre de Sassou salió en los papeles de Panamá. Y su hijo también ha sido señalado últimamente como corrupto…
—Sí, el hijo se ha permitido comprar en Miami dos «moradas» de más de tres millones de euros cada una. Han sido diputados del Congreso de los Estados Unidos los que han levantado la liebre, diciendo que quizá se trate de dinero de la Sociedad Petrolífera Congoleña. También llama la atención que hace un mes, más o menos, el presidente se comprara un helicóptero personal que ha costado doce millones de euros. Estas cosas en una época de crisis como la que vivimos, en la que ves que todo el mundo lo está pasando mal, en la que el pueblo está prácticamente en la miseria, no son normales en absoluto. Nosotros intentamos ayudar, pero en las parroquias estamos muy mal también, porque no hay colectas. Para que te hagas una idea: estamos dando a nuestros sacerdotes unos 35 euros para pasar el mes. Prácticamente nada.

—¿El Estado no ayuda?
—La gente que está en el poder sigue haciendo barbaridades a nivel económico. Los presupuestos del Estado en Sanidad y en Educación nunca se han respetado (…). Estamos sobre un 20% o un 30% de ejecución de lo que se programa. El resto, desaparece. Yo tengo que decir que se piensa muy poco en el pueblo. No sé de quién es la culpa, pero los regímenes que tenemos, y el del Congo también, piensan muy, muy poco en el pueblo. Las realizaciones de los presupuestos que se aprueban son, como digo, muy bajas. Y desaparece —insisto— mucho dinero. Y no se pide cuentas a casi nadie. Por eso el FMI ha suspendido toda ayuda al Congo desde hace tres años. Y cuando la ha retomado, ha puesto unas condiciones muy fuertes que, de nuevo, no se han cumplido. En África no hay ningún país que pueda vivir sin el apoyo del FMI, ninguno. Todos dependen de él a mayor o menor escala. Claro, después se acumulan las deudas. Pero cuando no hay esa ayuda se sufre.

—El Congo vive sobre todo del petróleo, ¿verdad?
—Sí, y también de la exportación de madera. Se está produciendo una deforestación que es un escándalo. Pero esto son los contratos de tantas multinacionales que se las entienden con la gente en el poder. Para que os hagáis una idea. En Punta Negra —el puerto más importante de África hoy en tráfico de contenedores— están entrando cada día una media de 150 camiones de 50 toneladas cada uno. Y esto no es madera transformada: son troncos que se exportan. Todo va para afuera. Todo, todo, todo. Se está produciendo un saqueo de los recursos naturales.

—¿Quién es el principal valedor internacional del presidente Sassou? ¿Estados Unidos? ¿Francia?
—No, no: China. China está haciendo en el Congo lo que le da la gana. Y no solo en el Congo, sino en todos los países de África. China es intocable en el continente. Tiene el monopolio de todo lo que es público: construcción de carreteras, de puertos, de aeropuertos… Todas las infraestructuras las están llevando a cabo ellos. A cambio, hacen contratos de 50 ó 60 años para la explotación de minas, del petróleo, etc.

—En nueve meses hay elecciones generales…
— Sí, y solo se intenta asegurar el poder, sea con gente de la misma familia o con próximos.

—Hablemos un poco ahora de su diócesis. Pointe-Noire fue un antiguo puerto esclavista…
—Sí, uno de ellos. En esta zona había tres: uno era Loango (donde tengo un seminario menor), otro Cabinda (un enclave a unos 25 kilómetros) y luego estaba Luanda, la capital de Angola. Desde estos tres puertos salieron desde principios del siglo XVII al XIX alrededor de un millón ochocientos mil esclavos. No obstante, no fueron los únicos. Está también San Pedro, en Ghana, y la famosa isla de Gorée, en Senegal. Y hay que decir igualmente que los colonos de estas épocas no fueron los primeros en esclavizar. El tráfico de esclavos era mucho más antiguo y lo practicaban los árabes, atravesando todo el Sudán, a cambio de venta de especias, de sal, etc. Los primeros esclavistas no fueron los europeos, sino los árabes. (…)

—¿Cuántas parroquias tiene su diócesis?
—Veintidós urbanas, y 15 más en el interior. A tres de estas últimas, en la selva, solo puedo ir una vez al año, cuando termina la época de lluvias, que va de finales de octubre a finales de mayo, y navegando durante horas río arriba. (…) Tengo sacerdotes muy sacrificados. Los tengo mejores y peores, pero trabajamos para que la gente, sobre todo, viva cercana al pueblo, para que el servicio de los pobres y la cercanía a ellos sea una realidad. Lo principal es que los pobres sean siempre los mejores servidos.

—Los catequistas también juegan un papel muy importante en la evangelización, ¿no?
—Sí, pero no solo en mi diócesis sino en toda África. En el continente hay 685.000 catequistas, el que más en proporción a su población. Conozco casos en los que los catequistas dedican su vida a la evangelización, están casados y reciben un sueldo. Pero este no es nuestro caso. Yo tengo a 700 en la ciudad, en las 22 parroquias urbanas, y unos 260 en las 15 parroquias del interior. En total, 950.

—Y de seminaristas, ¿qué tal anda?
—Ahora mismo tengo 32 seminaristas mayores. He de decir que este año seis de ellos vendrán a estudiar Teología a España: tres a Granada, y otros tres a Vitoria. Y también vendrá algún sacerdote y alguna religiosa. Cuando el Papa Francisco visitó Marruecos el 30 y el 31 de marzo del año pasado, fueron a Rabat el arzobispo de Granada y los obispos de Málaga y Cádiz, y los tres me pidieron gente para trabajar con los inmigrantes y refugiados que vienen en las pateras, porque muchos de ellos son francófonos. Un sacerdote y una de las tres vírgenes consagradas que tengo en la diócesis, y que ya tiene experiencia en este campo, van a ir a Granada para integrarse en el equipo existente para este acompañamiento. Esta colaboración entre Iglesias me parece esencial. Yo siempre estoy abierto a estas necesidades. No es que tengamos gente de sobra, al contrario, pero siempre he mantenido que al igual que con nosotros colabora mucha gente, tenemos que estar abiertos a enviar personal, aunque a nosotros muchas veces nos falte.

—Monseñor, ¿y cómo son los cristianos congoleños?
—Gente muy comunitaria. La piedad popular es muy fuerte. Cualquier día de la semana tenemos las iglesias llenas. Yo estuve ocho años de párroco y por las mañanas un martes, un miércoles o un jueves, a las 6.30 de la mañana teníamos en misa a casi mil personas. El domingo, en las diversas Eucaristías en los barrios, a unas 12.000. Y eso que calculo que el número de quienes practican está en torno al 8%-9%. Nuestra diócesis, como el Congo, tiene un 55% de católicos y un 35% de evangélicos y otras Iglesias, de modo que casi el 90% de la población es cristiana (…). Hay, asimismo, una devoción mariana muy fuerte.

—¿Y tienen presencia islámica?
—En el país hay un 3%-4% de musulmanes. Es una presencia moderada y tenemos unas relaciones bastante buenas. Ahora bien, en Punta Negra en 2006 había únicamente dos mezquitas, y hoy hay ya catorce: tres de ellas grandes, y las demás de barrio. La violencia de Boko Haram, muy presente en Chad, en el norte de Camerún, en Centroáfrica, etc., afortunadamente no ha llegado, pero existe ese peligro.

—El Congo es un país de población muy joven…
—Sí, más de la mitad de la gente tiene 25 años de media. Ahora bien, la esperanza de vida aquí es solamente de 40. El país tiene una de las tasas de mortalidad infantil más altas del mundo: alrededor del 115 por mil. (…) Cada año mueren en África de malaria más de seis millones de niños de cero a cinco años. Y hasta los doce, más del doble.

—No hemos hablado del COVID…
—Debemos tener ahora [mediados de julio] poco más de 2.000 casos: hospitalizados, unos 700; y muertos, aproximadamente un centenar. Cuando comenzó la pandemia, en Brazzaville o Punta Negra había solo cuatro o cinco respiradores. Yo pienso que cuando habría que actuar realmente, invirtiendo en las instalaciones médicas y en equipamientos, es en los «tiempos de paz».

—En África, en cualquier caso, la pandemia no está avanzando tan rápido como en otros continentes.
—Sí, y ello se debe en primer lugar a que se tomaron medidas muy rápidamente, y en segundo, a que la media de edad aquí es muy joven, y esta pandemia afecta sobre todo a la gente joven. A mi entender, además, el consumo de cloroquina — habitual en África para combatir el paludismo: yo mismo la he estado tomando durante veinte años— ha inmunizado bastante, pues genera cierta resistencia en los organismos. Me gustaría resaltar también que tenemos unas poblaciones muy optimistas, que hacen frente a la vida como no se hace en ningún sitio, que tienen unos valores enormes, y que llevan las penas y tristezas con alegría (también con resignación), sabiendo que no todo consiste en el dinero.

—Usted está a cargo en su diócesis de la pastoral con los presos. ¿Sabe si ha entrado el virus en la cárcel de Pointe-Noire?
—Todavía no ha muerto ningún recluso, pero tuvieron que poner en libertad a muchos para prevenir contagios. Tenemos unas 400 personas a las que hay que alimentar y cuidar —de ello se encarga mamá Josephine, una enfermera retirada— pues la dirección de la cárcel no les da de comer cada día. Invito a los lectores a que nos ayuden en esta pastoral, pues detrae muchos recursos financieros que no tenemos. Son los más pobres, y se contentan a veces con un trozo de jabón. También querría pedir ayuda para nuestros catequistas, que salvo que acompañen al sacerdote en algunos de los vehículos de la diócesis, han de ir a los pueblos a pie, y estos están muy lejos unos de otros. Yo les distribuí en su día algunas bicicletas que traje en un contenedor, pero muchas veces ni siquiera las pueden utilizar, pues se trata de caminos en la selva y un terreno muy abrupto.

—Usted ha pasado el confinamiento fuera del país.
—Sí, me fui el 5 de marzo por la noche y dos días después cerraron las fronteras. He tenido la suerte de pasar todo este tiempo religioso fuerte (Cuaresma, Semana Santa, Pascua) con 14 hermanos en la casa de París, lo cual me ha permitido tener un ritmo de comunidad muy interesante, con la oración muy regular y celebraciones muy emotivas y muy vividas.

—Y en mayo, además, pusieron en común con las 28 comunidades de Francia y Bélgica, por videoconferencia, lo que se estaba viviendo.
—Sí, en unas jornadas. Esto cambia la perspectiva a mucha gente. Todo el mundo decía «no se puede seguir adelante como antes». Y es verdad: si no se cambia la mentalidad con todo lo que ha pasado… Tanto en la vida religiosa, como en la vida sacerdotal, como en la vida normal de cualquier cristiano, se tiene que cambiar muchísimo, porque de golpe se van abajo todas las seguridades que teníamos, y no queda más que la seguridad en Dios.

—Ahora tiene 72 años, de modo que en tres tendrá que presentar la renuncia. ¿Ya tiene pensado qué hará cuando quede relevado del ministerio episcopal, después de tanto tiempo en África?
—Pues sí, lo primero descansar un poco. Pero ya me he comprometido, si Dios me da salud y las fuerzas me acompañan, a cambiar de continente e ir a trabajar con mis hermanos salesianos a la isla de Guadalupe, en las Antillas. El gusanillo de la misión no se va fácilmente. Me ha alegrado mucho que la provincia salesiana de Francia, que ya no tiene personal y cuya media de edad es de 73 años, haya tenido la valentía de aceptar una nueva presencia. (…) Ahí hay mucho culto al vudú, que viene del Benín y de Togo. No digo que Guadalupe sea África, pero a todos esos sitios de las Antillas fue a donde llegaron muchos de los esclavos de los que hablábamos antes.

—Será casi como empezar de cero.
—Casi. Yo ya les digo: a mí me enterrarán donde me coja la muerte. Donde sea, da igual.

—¿Usted siempre quiso ser misionero?
—Sí, desde que era chaval. Siempre me atrajo la misión, y mi madre nunca se opuso a esta vocación. Cuando se lo comenté, me dijo: «Bueno, que el Señor te bendiga y que seas feliz estés donde estés». Yo siempre digo que nuestra vocación, misionera o no, nos viene siempre al menos al 50% de nuestros padres.

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