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Rincón Litúrgico

Miércoles Santo, por José Borja

Hoy, concluimos el Tiempo de la Cuaresma.
Como tantas veces hemos dicho, ha sido un camino largo, de penitencia, reflexión, y sobre todo de incertidumbre. Pero, tenemos que dar gracias a Dios, porque nos ha servido y nos servirá para pararnos y reflexionar a qué le estamos poniendo el acento y qué significa celebrar el verdadero sentido de la Semana Santa. No podemos olvidar, que nuestra fe brota en la Vigilia Pascual y se cimienta en la Resurrección.

En la Primera Lectura de Isaías, seguimos de nuevo con el cántico de Yahvéh. Ayer veíamos como el Siervo es llamando desde el seno materno a una misión con concreta de salvar al pueblo. Hoy, nos narra, como Dios le capacita para su misión de consolar a los afligidos. Está siempre atento a las indicaciones de Dios y exhorta al pueblo a que confíe en él, como garantía de salvación. Y ésta salvación, es la Palabra de Cristo, que devuelve al hombre la confianza en la salvación.

El Salmo 68: “Señor, que tu bondad me escuche en el día de tu favor”. Cuando habla del intenso sufrimiento de un justo perseguido a causa de su celo por Dios, nos está reflejando, que ese Justo perseguido es principalmente Jesús, y, la Iglesia. Pero la última palabra no la tiene el sufrimiento o la persecución, si no, que la tiene el triunfo, porque Dios escucha y salva a todos.

Mateo, en el Evangelio,  nos muestra, que el celebrar la Pascua, es algo muy especial, por eso exige la preparación de lugar, para los ritos tradicionales del momento y de las personas. Pero, lo que iba a desarrollarse como algo bonito, se convierte en traición de amistad. Una parte conduce a que el amigo, Judas, traiciona a Jesús, y, Jesús, amigo, se va a dar a los suyos como la verdadera y única Pascua. El afán de Judas, por querer y poseer más, rompe la relación comunicativa con el amigo. De querer todo con él, a quererlo todo contra él. Y, es curioso, como todo esto acontece cuando se celebra la Pascua, la primera Eucaristía. Cuanto más cerca están las personas a las que se quiere, más duele la traición y el desamor.

Qué bueno, que cada uno hiciéramos un examen de cómo es nuestra fidelidad a Dios, ya los que amamos. Y, si en algo fallamos, o creemos que estamos fallando, pedir perdón, y borrar de nuestro corazón toda mancha de infidelidad.

Que la Santísima nos ayude a ser valientes en pedir perdón y ser comprensivos en perdonar como Jesús, lo supo hacer en la misma Cruz a los que se burlaban y lo mataban.

Por José Borja

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