Carta del Obispo Iglesia en España

Mes de mayo, mes de María, por el obispo de Segorbe-Castellón, Casimiro López Llorente

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Mes de mayo, mes de María, por el obispo de Segorbe-Castellón, Casimiro López Llorente

Queridos diocesanos: Desde el inicio mismo de la Iglesia, la Virgen María está siempre presente en la vida de la comunidad cristiana. Su presencia es como la de una buena madre en la familia, que da calor, amor y consuelo a todos, y que ayuda a formar y mantener unida la comunidad cristiana. Puede que su presencia sea muchas veces imperceptible, pero no deja de ser real y eficaz, sosteniendo la familia con amor y entrega.

En el curso de los meses, celebramos con frecuencia a María, la Madre del Hijo de Dios y madre nuestra. Mayo es el mes dedicado por excelencia a la Virgen María en toda la Iglesia para honrarla con flores y cantos, para rezarla, para agradecer su presencia y su servicio, para invocar su protección, para sentirnos amados por ella y para dar gracias a Dios por tan buena Madre. Mayo es, sobre todo, un mes para contemplar a la Virgen Maria e imitarla en el camino de la fe cristiana, y de nuestra vida y misión comunitaria como Iglesia del Señor. Sabemos que ella nos mira y acoge siempre con verdadero amor de Madre; como ya ocurrió en los primeros de la Iglesia, cada uno de nosotros y la Iglesia entera, estamos en su corazón; ella cuida de nuestras personas y de nuestras vidas, de nuestros afanes y de nuestras tareas; ella ora con nosotros y nos alienta en nuestra misión evangelizadora como lo hizo con los Apóstoles. María camina siempre con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades. El Papa Francisco nos pide que cuidemos nuestra relación con la Virgen María. De lo contrario, algo de huérfano hay en nuestro corazón. No es signo de madurez cristiana creer superada la etapa de la devoción a la Virgen, dijo el Papa a los estudiantes de los colegios pontificios en 2014.

Siempre tenemos necesidad de la Virgen, en particular en los momentos de dificultad; ella nos protege siempre con su manto maternal. Además, la Virgen María nos ayuda a vivir nuestra condición de cristianos y discípulos misioneros de su Hijo. María dirige siempre nuestra mirada hacia Jesús; ella nos lo ofrece y nos lleva a Él. Su mayor deseo es que nuestra devoción a ella sea el camino para nuestro encuentro o reencuentro personal con Cristo Jesús y con su Palabra, para que recuperemos la alegría del  Evangelio, para que se afiance nuestra fe y se renueve nuestra vida cristiana. Nuestro amor a Maria ha de estar siempre orientado a Cristo. Porque Cristo Jesús, el Señor crucificado y resucitado, es el centro y fundamento de nuestra fe. El es el Salvador, el Mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús es el Camino para ir a Dios y a los hermanos; Él es la Verdad que nos muestra el misterio de Dios y, a la vez, el misterio y la grandeza del ser humano; y Él es la Vida en plenitud que Dios nos regala con su muerte y resurrección. María es siempre camino que conduce a Jesús; Ella no deja de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5).

Nuestra devoción a la Virgen María será auténtica, si realmente nos lleva al encuentro personal con Cristo, a la conversión de corazón a Dios y a sus mandamientos, al fortalecimiento de nuestra fe y vida cristianas, a dejarnos evangelizar para ser una Iglesia misionera. María es la humilde esclava del Señor, la Madre que nos da a Dios, la primera discípula de su Hijo, el modelo perfecto de imitación, de seguimiento y de anuncio de Jesús. Si honramos a María con amor sincero acogeremos de sus manos a Jesús, el Hijo de Dios, para encontrarnos con El, conocerle, amarle y seguirle con una adhesión personal en unión y comunión con la comunidad de la Iglesia.

A Cristo y a su Iglesia por María: este podría ser el lema para este mes de Mayo.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente, Obispo de Segorbe-Castellón

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