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Mensaje del Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano al inicio de la centésima Asamblea Plenaria

Mensaje del Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano al inicio de la centésima Asamblea Plenaria

C Asamblea Plenaria del Episcopado Mexicano. Mensaje de Apertura del Emmo. Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega

Arzobispo de Guadalajara, Presidente de la CEM, Casa Lago de Guadalupe, Cuautitlán, Izcalli, Estado de México

9 de noviembre de 2015

Señores cardenales. Sr. Nuncio Apostólico. Señores arzobispos y obispos. Señores presbíteros. Reverendas y reverendos consagradas y consagrados. Hermanas y hermanos laicos:

Agradeciendo a Dios su cercanía, compañía y acción a lo largo del caminar de la Iglesia que peregrina en México, celebramos nuestra centésima Asamblea Plenaria, en la que, guiados por el Espíritu Santo, vamos a recibir y evaluar los informes de las Comisiones Episcopales, de la Secretaría General y de la Tesorería General, y juntos tomaremos algunas decisiones y nos prepararemos para la Visita del Santo Padre a nuestra patria.

Precisamente, la proximidad de este gran acontecimiento de gracia, llevó a los miembros del Consejo Permanente a decidir formular una consulta al Papa respecto a las elecciones que habrían de llevarse a cabo en esta Asamblea para elegir a los miembros del Consejo de Presidencia, del Consejo Permanente; a los Presidentes de las Comisiones Episcopales y de sus respectivas Dimensiones; y a los Obispos Delegados ante las instituciones que requieren representación oficial de la CEM.

A través del Card. Marc Oullet, Prefecto de la Congregación para los Obispos, el Santo Padre nos comunica que ha “dispuesto que los Obispos que componen actualmente los cargos en esta Conferencia Episcopal puedan continuar a ejercitarlos hasta las nuevas elecciones a tenerse en el curso de la Asamblea Plenaria de abril de 2016, en lugar de aquella de noviembre 2015” (Prot. No. 808/2005).

Con espíritu de fe y obediencia acatamos esta disposición del Vicario de Cristo, que ha significado algunas modificaciones al programa anteriormente previsto. Sin embargo, hecha la excepción de las votaciones que habrían de tener lugar el día jueves, la agenda de trabajo continuará como se había elaborado.

Esta Asamblea, la número cien en la historia de nuestra Conferencia Episcopal, se desarrolla en medio de la gran alegría y esperanza de los católicos mexicanos y de buena parte de los ciudadanos de esta noble nación ante el próximo Viaje Apostólico del Santo Padre Francisco, quien sin duda vendrá a confirmarnos en la fe, alentarnos en la esperanza y fortalecernos en la caridad, y a comprometernos en la construcción de un México donde la verdad, la justicia, la equidad, la solidaridad, el perdón, la reconciliación y la misericordia hagan posible a todos un desarrollo integral y una vida próspera y en paz.

En esta centésima Asamblea Plenaria, a la que doy la bienvenida a los nuevos hermanos en el episcopado, recordaremos, guiados por el Eminentísimo Sr. Cardenal Alberto Suárez Inda, Arzobispo de Morelia, los frutos del Concilio Vaticano II, de cuya conclusión estamos celebrando el 50 aniversario, y procuraremos descubrir, también con la ayuda del Dr. Rodrigo Guerra del CISAV y de la Dra. María Luisa Aspe, los retos actuales a los que debemos responder.

Aplicando las palabras que el Santo Padre dirigió en la clausura de los trabajos de la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, me atrevo a decir que en esta Asamblea queremos “ver y leer la realidad o, mejor dicho, las realidades de hoy con los ojos de Dios, para encender e iluminar con la llama de la fe los corazones de los hombres, en un momento histórico de desaliento y de crisis social, económica, moral y de predominio de la negatividad”.

Ciertamente debemos ser realistas y reconocer la complejidad de la situación actual y los graves problemas que México y el mundo enfrentan. Sin embargo, me parece que debemos hacerlo con la audacia de ofrecer, como Iglesia, el camino esperanzador que el Señor nos muestra para superar las dificultades y avanzar hacia una vida plena y eterna: el amor misericordioso, que nos compromete a todos en la defensa de la verdad, la vida, la dignidad, y los auténticos derechos y deberes de toda persona.

En este camino nos alienta la certeza de que el Señor está con nosotros siempre. Nos alienta también la seguridad de que Santa María de Guadalupe y los santos, particularmente mexicanos, nos acompañan, nos fortalecen con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión. Y nos alienta, en fin, el testimonio de muchos obispos, sacerdotes, diáconos, consagradas, consagrados, seminaristas y fieles laicos que con su vida y trabajo de cada día contribuyen a edificar la Iglesia y la Nación mexicana ¡Gracias a todos por lo que son y por lo que hacen!

Con tan grandes alientos, comenzamos esta Asamblea. Lo hacemos conscientes de que, como dijo el Papa al concluir el Sínodo de la Familia, no podemos agotar todos los temas referentes a los retos actuales; pero si queremos iluminarlos con la luz del Evangelio, de la Tradición y de la historia de la Iglesia para descubrir el camino que el Señor nos indica y seguirlo con valentía, reconociendo con honestidad que no es posible encontrar soluciones exhaustivas a todas las dificultades y dudas que hoy nos desafían.

En este momento histórico, en el que diversas concepciones erróneas acerca de la persona están produciendo decisiones que unos pocos imponen a una gran mayoría, resulta impostergable la defensa de la verdad sobre la persona, el valor de su vida, su dignidad, sus auténticos derechos y sus respectivos deberes.

La exaltación de un individualismo relativista, parcial y radical que ignora los diversos elementos que constituyen la totalidad del ser humano y su dimensión social, constituye un grave peligro para el presente y para el futuro de México y del mundo.

¿Cómo no prever las consecuencias del desconocimiento de una institución fundamental para la supervivencia y desarrollo de la especie como lo es el matrimonio, fundado en la unión de un hombre con una mujer? ¿Cómo desvincularlo de su dimensión procreativa sin poner en riesgo el dinamismo demográfico y la estabilidad social, económica, cultural y espiritual? ¿Cómo ignorar el impacto negativo en la convivencia familiar y social de la aceptación legal del aborto, las adicciones y la eutanasia, que provocan un desprecio al valor sagrado de la vida?

Por eso la Iglesia no puede permanecer callada; siguiendo a su Maestro y cumpliendo su mandato, anuncia el Evangelio, que es la proclamación más clara de los auténticos derechos humanos, y denuncia todo aquello que se opone al verdadero desarrollo de la persona y de la sociedad: la mentira, la injusticia, la inequidad, la pobreza, la manipulación, la corrupción, la impunidad, la violencia, la inseguridad, la violencia y la muerte.

Para anunciar de verdad la Buena Nueva y denunciar con credibilidad lo que a ella se opone, los cristianos debemos tener presente aquello que dice el refrán: “el buen juez por su casa empieza”. Es el momento de hacer un sincero examen de conciencia; de reconocer las propias faltas y omisiones, tanto personales como institucionales; de arrepentirnos, pedir perdón a Dios y a los hermanos, y procurar una auténtica y valiente enmienda ¡Necesitamos esta conversión personal y pastoral!

“El desafío que tenemos ante nosotros es siempre el mismo –afirma el Santo Padre–: anunciar el Evangelio al hombre de hoy, defendiendo a la familia de todos los ataques ideológicos e individualistas”.

Queremos responder con honestidad, valentía, creatividad y audacia a este desafío, a través de procesos que llevan a todos al encuentro con Cristo, que, como enseña el Concilio Vaticano II, “habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época”.

Rogando a Dios que nos asista comenzamos los trabajos de esta Asamblea, implorando la intercesión de Santa María de Guadalupe, de san Rafael Guízar y Valencia, de los mártires y santos mexicanos, para que como ellos, hagamos siempre y en todo sólo lo que el Señor quiere.

Muchas gracias.

Fuente y foto: Conferencia del Episcopado Mexicano



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