Rincón Litúrgico

Mensaje de Pentecostés de las monjas de Buenafuente del Sistal

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Mensaje de Pentecostés de las monjas de buenafuente del sistal

Invocación al Espíritu Santo

Espíritu Santo, que me habitas y me conoces por dentro. Tú sabes mejor que yo de qué  barro  he sido creado: “pecador me concibió mi madre” (Sal 50). De manera consciente o inconsciente, llevo en mi carne los arañazos de la sensualidad, de la gula, de la avaricia y de la codicia; también de la pereza, de la envidia, de la ira,  de la soberbia y del orgullo. A veces es tan baja la tendencia que siento, que me creo sometido, sin remedio, al despotismo de mis pasiones, encubiertas con proyecciones del deseo, de la imaginación, de la nostalgia, haciendo injusticia a los dones que Tú me has dado.

Espíritu Santo, reclama tus derechos, no seas tan tímido, y susurra en mi corazón, con más fuerza que mis instintos, tus dones de Sabiduría, Inteligencia, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad, y Temor de Dios.

Sé que, en lo más hondo de mí mismo, estás Tú, y que gracias a tu presencia, no dejo de ser sacramento de Dios, imagen divina, espacio habitado por ti. Si el pesebre de Belén quedó consagrado por el nacimiento del Hijo de Dios; si la casa de Nazaret fue santificada por la presencia de personas santas; si la Cruz es bendita porque en ella manifestó Dios el amor supremo con la entrega de Jesús,  ¿qué no será el ser humano, creado por Dios, redimido por Jesucristo, y santificado por tu gracia? ¿Qué no seré yo, bautizado, ungido, consagrado por ti?

Tú puedes, Espíritu Santo, hacer germinar en mí, y fortalecer en mi corazón, el crecimiento de las virtudes teologales, que, según leo en el catecismo, “son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano.” Tú puedes acrecentar mi fe, mi esperanza y mi caridad. Y Tú puedes concederme crecer en humildad, generosidad, castidad, paciencia, templanza, caridad, diligencia, prudencia, justicia, fortaleza y templanza, como mejor antídoto contra mis tendencias negativas.

Sé que, si absolutizo mi debilidad, te ofendo, y que el peor pecado es resistirse al perdón, porque sería negarte. Recuerdo las palabras de Cristo en la mañana de Pascua: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecado, les quedan perdonados”. Sé que si me justifico en mi debilidad, prescindo de ti, que eres dentro de mí fuerza y gracia – “No os preocupéis de qué vais a hablar. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu Santo” (Mc 13, 11)-. Sé que si me creo solo en el combate, te dejo en mal lugar, porque Tú siempre estás conmigo como Abogado y Defensor. “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16).

Espíritu Santo, Señor y dador de vida, infúndeme el fuego de tu amor, para que por tu hálito divino mi naturaleza humana recuerde siempre el amor primero, el Amor con que he sido creado, y por el que existo – “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes de que nacieses, te tenía consagrado”- (Jr 1, 5), y sienta tu acompañamiento, gracias al soplo entrañable de Dios, gracias a la entrega total de Jesucristo en la Cruz, cuando nos dio su espíritu.

¡Ven, Espíritu Santo!

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