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Iglesia en España

Mensaje de Navidad de Adolfo González Montes, obispo de Almería

MENSAJE DE NAVIDAD DE MONS. ADOLFO GONZÁLEZ MONTES, OBISPO DE ALMERÍA

La Navidad es siempre un tiempo de esperanza, porque Dios se ha acercado tanto a nosotros que se ha hecho uno de nosotros en Jesucristo. Los padres de la Iglesia antigua no se cansaban de repetir que Dios lo ha querido así, para que por medio de la humanidad de su Hijo los humanos llegáramos a participar de la vida de Dios. Un acontecimiento así es motivo de esperanza, tanto por lo impensado del mismo como por las posibilidades que abre al futuro de la humanidad.

Es muy importante no perder de vista la feliz noticia del Evangelio, porque cuando los enfrentamientos, tensiones y desavenencias se instalan en la vida de las sociedades, las personas pierden la esperanza de que haya solución alguna para los males que las aquejan. Todos hemos de colaborar en la superación de las penurias que aquejan a millones de personas, y sólo podremos contribuir a la solución si tomamos ejemplo de la solidaridad de Cristo, que por nosotros se hizo pobre para enriquecernos a todos con su pobreza. Nadie debe cargar sobre los hombros de los demás lo que uno no está dispuesto a llevar sobre los propios hombros. La corrupción no tendrá solución mientras las personas que forman la sociedad no sean honradas y se gobiernen por principios morales que tengan por fundamento la dignidad de la persona humana y su destino trascendente. Hemos de conceder que siempre es posible un acuerdo sobre principios morales fundamentales compartidos por todos, pero respetarlos lleva consigo que no sean percibidos como meramente convencionales o discrecionales, fruto más del acuerdo político que del reconocimiento de su carácter inviolable. Los derechos fundamentales de las personas  emergen del derecho natural que se funda en la dignidad de la persona humana, dotada de conciencia moral y capaz de actos responsables.

La sociedad confiará plenamente en los responsables de la vida pública si percibe su entrega a la vigilancia y promoción del bien común, excluyendo de su actuación privada y pública egoísmos y sectarismos que dividen y tensan la vida social.  La negativa sistemática a buscar acuerdos beneficiosos para todos, la descalificación por principio del adversario y su permanente reprobación como método de la propia promoción y afianzamiento es moralmente reprobable. Del mismo modo quienes buscan salvar sus propios intereses a costa del bien común, amenazan la paz pública y dejan de ser solidarios de las necesidades y urgencias de los demás, olvidando que sin solidaridad tampoco ellos saldrán adelante. Las soluciones vienen siempre del esfuerzo común y del sacrificio compartido, de la búsqueda y fortalecimiento de cuanto nos une, y de la solidaridad fraterna y atención especial a los más necesitados.

Estos principios morales deberían ser el abecedario de cada uno y el lenguaje de todos. Cristo Jesús se solidarizó con nosotros cargando sobre sí todas las debilidades y pecados de la humanidad, para limpiarla y regenerarla con su comunión con nosotros. Nació en el portal de Belén para que no olvidemos a los que no tienen hogar ni lugar donde cobijarse. Necesitó de María y de José, para recordarnos que la familia es el recinto y santuario de la vida y el lugar del aprendizaje del verdadero amor.

El año que termina ha sido un año de sufrimientos incontables para los cristianos del Oriente cercano, un año en que el fundamentalismo islámico ha causado innumerables víctimas de personas inocentes violando sus derechos fundamentales. Las pretensiones totalitarias, amparadas en una concepción falsa y blasfema de la religión ofenden a Dios misericordiosoy perjudican gravemente la fe de los musulmanes. Con el Santo Padre Francisco nos sentimos unidos a los cristianos orientales y a los cristianos de grandes mayorías o poblaciones de musulmanes en los que sufren una verdadera discriminación y persecución religiosa y les ofrecemos nuestra fraterna solidaridad y oración.

Damos gracias a Dios por la reacción generosa y justa de tantas personas y la de todas las religiones positivas, que acumulan tradiciones de humanidad y el tesoro moral de la promoción de la vida, la hospitalidad y el respeto a las creencias de los demás. La buena noticia del Hijo de Dios hecho carne se revela en su mensaje de un modo especial en su propuesta de amar a los enemigos y este amor no condicionado a ventajas personales o de grupo.

Quisiera que estas reflexiones hechas en voz pública en Navidad ayudaran a recuperar la esperanza y reconstruir la fe en los demás a tantas personas que la han perdido ante la situación de carencias y necesidades que sufren y desesperan de que los humanos podamos hacer algo bueno. Dirijo por ello este mensaje de esperanza de manera particular a los más necesitados y a los pobres, y también a los que ya no tienen fe en la fuerza regeneradora de la religión cristiana y, en definitiva, ya no creen en el mensaje de la Navidad. Mi pensamiento está con los enfermos, ancianos  y necesitados de ayuda; también con los privados de libertad. Encomiendo al Señor y a la fraterna ayuda de todos a los alejados de su hogar originario y de sus familias,a los que sufren por carecer de trabajo y por hallarse lejos de sus hogares de origen como migrantes o refugiados. Tengo muy presentes a los venidos del Este de Europa y a los africanos y de otros lejanos países, cristianos y musulmanes.

Envío mi cordial felicitación a todos los diocesanos y a los católicos de otros países que se hallan entre nosotros, en particular a los procedentes de la América hispana y unidos a nosotros por vínculos entrañables de historia y de fe cristiana. Mi felicitación cordial a las comunidades ortodoxas, con las que nos une una misma fe, y a nuestros hermanos evangélicos que también comparten la común fe en Cristo. Que Dios bendiga en el nuevo año del Señor a todos los creyentes y personas de buenas voluntad.

A todos deseo unos días santos y felices de Navidad, en el gozo y disfrute compartido del amor familiar con los seres queridos y las personas amigas y cercanas. ¡Feliz Navidad!

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