Especiales Ecclesia Internacional Navidad 2013

Mensaje de Navidad 2013 del Custodio de Tierra Santa, Fray Pierbattista Pizzaballa, OFM

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Mensaje de Navidad 2013 del Custodio de Tierra Santa, Fray Pierbattista Pizzaballa, OFM

«María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre». (Lc 2,7)

 En este largo año que está a punto de terminar la violencia ha ido en aumento. Hemos sufrido por tantos inocentes: niños, ancianos, mujeres y pobres de muchos países; por tantos hermanos y hermanas cristianos, víctimas de la discriminación, la persecución y el martirio en Oriente Medio y en distintas partes del mundo.

Un largo tiempo en el que nuestra esperanza se ha mantenido gracias a la oración y a la urgencia de prestar ayuda. Hemos vivido fuertemente la necesidad y el deber de mantener alta nuestra esperanza, de casi tener que defenderla, del asalto repetido de una violencia que parece imparable. Y hemos palpado la verdad eterna que encierra la Navidad y nos revela el Evangelio.

El camino de la vida no pasa a través de los senderos del dominio y del poder, sino que recorre senderos escondidos de un amor que se hace débil, que elige no imponerse.

Dios no nos salva con un gesto de fuerza, sino con el humilde signo de una disponibilidad infinita, que se ofrece para todos. Necesitábamos que la Omnipotencia se hiciera Niño.

Lo débil del mundo lo ha escogido Dios (1 Cor 1,27). Porque nos basta su gracia; y la fuerza se manifiesta plenamente en la debilidad (2 Cor 12,9).

Solo así nos ha salvado verdaderamente, hasta las raíces más profundas, escondidas, oscuras de nuestro corazón. Porque, si nos hubiera salvado solamente con su potencia, incluso con toda la potencia benéfica de un milagro, nos habría curado del mal, pero no habría transformado nuestros corazones.

Nos confirmaría –pero esto lo sabíamos ya, de siempre– que el poder tiene esta ambigüedad, es decir, el poder de hacer el bien y el poder de hacer el mal. Pero siempre con potencia. Así nuestro corazón confiaría en esa potencia, esperando que fuese benéfica y no, maléfica.

Dios, sin embargo, nos ha salvado del mal, no con la potencia, sino con la debilidad del amor. Así es como hemos sido realmente sanados, porque hemos experimentado que el amor, cuando es auténtico y radical, nos salva. Nos salva hasta de nosotros mismos, de nuestro afán de poder, de nuestra confianza en la fuerza, de la ilusión de poseer la vida gracias a una capacidad fuerte.

Esta es la salvación: confiar, en fin, en el amor. Confiar en que no hay nada que transforme el corazón, ninguna otra cosa cambia el mundo. La violencia, que últimamente nos rodea y que parece ser el único lenguaje, se vuelve impotente ante el amor que salva.

Necesitábamos que alguien, antes de nosotros y por nosotros (Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas, 1 Pe 2,21), recorriese este camino, este humilde sendero, para decirnos que este camino es auténtico, es el único camino verdadero. Y es en este camino hasta el final, hasta aquella cruz donde el amor –el amor débil y vencido– se entrega a sí mismo, para renacer vivo para siempre.

La fuerza y la violencia que experimentamos en este tiempo, por tanto, nos podrán quitar todo, pero no la vida que nace de aquel amor; esa vida se nos ha dado para siempre.

Esto es la Navidad: que este Niño nos tome de la mano y nos conduzca por el mismo camino, el que Dios ha elegido; allí donde solo al amor le entregamos nuestro corazón, allí donde somos salvados de verdad.

Detenemos entonces nuestra mirada en la gruta de Belén para ver que Dios ha elegido lo más alejado a la fuerza, lo más extraño a la potencia: Dios ha elegido el cuerpo de un niño.

Feliz Navidad a todos.

Fray Pierbattista Pizzaballa, OFM, Custodio de Tierra Santa

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