Cultura

Memorial de Pedro Fabro, su testimonio personal de sentimientos y de mociones espirituales escrito entre 1542 y 1546

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Mensajero publica el Memorial de Pedro Fabro, su testimonio personal de sentimientos y de mociones espirituales escrito entre 1542 y 1546

El sello Mensajero, con motivo de la canonización de Pedro Fabro (1506-1546) en diciembre del año pasado, ha publicado el Memorial de Pedro Fabro, un clásico de la espiritualidad de la Compañía de Jesús, testimonio de la vida espiritual del jesuita canonizado 467 años después de su muerte. Humilde, cercano y querido por las tres grandes figuras de la primera Compañía de Jesús, Fabro participó de los primeros tiempos de la orden sin el protagonismo fundacional de Ignacio de Loyola, ni la impronta misionera de Francisco Javier, ni las raíces nobles y señoriales de Borja. La fecundidad de Fabro se revela en tejer amistad y afecto, agradecer y bendecir. Destacó, en palabras del papa Francisco, por “el diálogo con todos, aun con los más lejanos y con los adversarios; su piedad sencilla, cierta probable ingenuidad, su disponibilidad inmediata, su atento discernimiento interior, el ser un hombre de grandes y fuertes decisiones que hacía compatible con ser dulce…”.

La edición actual, introducida por el gran conocedor de la figura del santo José García de Castro sj, corresponde al trabajo realizado en 1982 por de Jaime H. Amadeo sj y Miguel A. Fiorito sj. El papa Francisco encargó entonces, siendo superior provincial en Argentina, a estos dos especialistas jesuitas la citada edición. Entonces, ante la ausencia de los manuscritos originales, cotejaron las dos copias existentes –una latina y otra castellana- de Monumenta Historica Societatis Iesu. Este Memorial de algunos buenos deseos y buenos pensamientos del Padre Maestro Pedro Fabro en realidad comenzó a escribir en 1542, año en el que el santo decide anotar “gracias espirituales de las que nuestro Señor de su mano me diera, ora sea como aviso para mejor orar o contemplar, ora sea para discernir o actuar, ora sea para cualquier otro provecho espiritual”. A partir de entonces anota sentimientos, pensamientos y mociones espirituales durante tres años, siete meses y cinco días para conservarlos en su memoria. Por orden cronológico y en diferentes lugares donde vivió ese tiempo (Espira, Maguncia, Lovaina, Colonia, Coimbra, Évora, Valladolid y Madrid), posa su mirada y sus sentidos internos en el mundo de todos los días y la historia de cada momento y logra que se revelen con una sorprendente profundidad, “la que se abre para mostrar la Vida Espiritual que todo lo habita y todo lo llena”.

 

Descubrir a Pedro Fabro a través de su propio ritmo vital es aproximarse al jesuita y fundador de la Compañía de Jesús: el primero del grupo de los diez que se encontró con Ignacio y primer sacerdote jesuita que presidió la eucaristía del primer vínculo común, los votos de Montmartre. Un «hermano mayor» con gran autoridad moral en el grupo. Se revela el maestro de Ejercicios que, en palabras de Ignacio, fue quien «tuvo el primer lugar en dar los Ejercicios», quien mejor comprendió la mística de su método y quien mejor pudo comunicar a otros el camino de los Ejercicios. Surge el teólogo ecuménico que más tiempo, afecto y esfuerzo invirtió en dialogar y tratar de «frenar» el avance de la Reforma por Alemania y Centroeuropa. Y aflora todo su mundo interno, su oración, la intimidad silenciosa y activa que supo mantener con Dios.

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