Memoria del pontificado de Benedicto XVI (11): Lema y Escudo
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Memoria del pontificado de Benedicto XVI (11): Lema y Escudo

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«Con la consagración episcopal (el 28 de mayo de 1977) comienza en el camino de mi vida el presente» escribió Joseph Ratzinger en el libro autobiográfico Mi vida. «Entretanto, –añade más adelante en la página final del citado libro– yo he llevado mi equipaje a Roma y desde hace ya varios años camino con mi carga por las calles de la Ciudad Eterna. Cuando seré puesto en libertad, no lo sé, pero sé que también para mí sirve que «me he convertido en una bestia de carga y, precisamente así, estoy contigo».

Los obispos deben elegir un lema y un escudo. Ambos van más allá de la mera frase o de la mera heráldica. Ambos expresan el latir más íntimo de su corazón y su más cierta aspiración en el desempeño del ministerio confiado.

«Como lema episcopal escogí dos palabras de la tercera epístola de San Juan: «cooperador de la verdad», ante todo, porque me parecía que podía representar bien la continuidad entre mi tarea anterior y el nuevo cargo; porque, con todas las diferencias que se quieran, se trataba y se trata siempre de lo mismo: seguir la verdad y ponerse a su servicio».

Y para su escudo episcopal recurrió a la historia de la diócesis que se le encomendaba y a su propia historia personal. En el blasón de los obispos de Frisinga aparece desde hace más de mil años un moro coronado, cuyo significado no acaba de saberse. Pero ahí está. «Para mí es la expresión de la universalidad de la Iglesia, que no conoce ninguna distinción de raza ni de clase, porque todos somos uno en Cristo».

Junto al moro coronado eligió otros dos signos: una concha, signo de nuestro ser peregrinos –de nuestro ser camino de Pascua– y evocación –con inspiración en «su» San Agustín– de que «la grandeza del misterio es mucho más grande que toda nuestra ciencia». El moro coronado, la concha y un oso. Sí, uno oso. ¿Por qué uno oso? Es el oso de San Corbiniano, el fundador de la diócesis de Frisinga.    Cuenta la leyenda que un oso despedazó el caballo en que viajaba a Roma San Corbiniano. Este reprendió al oso y le impuso, como castigo, que cargara en sus lomos con el fardo que hasta entonces había llevado el caballo. «Así, el oso tuvo que arrastrar el fardo hasta Roma y sólo allí lo dejó en libertad el santo».

Y este oso recuerda a Ratzinger las meditaciones que sobre los versículos 22 y 23 del salmo 72 hizo San Agustín. El salmo muestra la situación de necesidad y de sufrimiento que es propia de la fe que deriva del fracaso humano. El salmista entiende que la riqueza y el éxito material son finalmente irrelevantes y que lo importante es saber reconocer lo verdaderamente necesario y portador de salvación: «Cuando mi corazón se exacerba…, estúpido de mí, no comprendía, una bestia era ante ti. Pero a mí que estoy siempre contigo».

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