"Tu cruz adoramos Señor" (SEMANA SANTA) Blog del director Especiales Ecclesia

Meditación sobre la Cruz con la guía del Papa Francisco

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Meditación sobre la Cruz con la guía del Papa Francisco

«No hay cruz en la vida humana que el Señor no comparta con nosotros»

Jesús de las Heras Muela

«Una antigua tradición de la Iglesia de Roma cuenta que el apóstol Pedro, saliendo de la ciudad para escapar de la persecución de Nerón, vio que Jesús caminaba en dirección contraria y enseguida le preguntó: “Señor, ¿adónde vas?”. La respuesta de Jesús fue: “Voy a Roma para ser crucificado de nuevo”. En aquel momento, Pedro comprendió que tenía que seguir al Señor con valentía, hasta el final, pero entendió sobre todo que nunca estaba solo en el camino; con él estaba siempre aquel Jesús que lo había amado hasta morir. Mirad, Jesús con su Cruz recorre nuestras calles y carga nuestros miedos, nuestros problemas, nuestros sufrimientos, también los más profundos».

Son palabras del Papa Francisco en su alocución tras el Vía Crucis en la carioca Playa de Copacabana en la JMJ 2013 Río. La cruz, en efecto, no es el abandono o el silencio de Dios, ni la maldición, ni el escándalo, ni la condena. La cruz cuesta, sí, y cuesta mucho. Pero la cruz fue y sigue siendo el camino, el modo elegido por Dios para salvarnos. ¿Por qué? Porque el amor se aquilata, se demuestra y se confirma en el amor. Porque solo el amor es más fuerte que la muerte. Porque no hemos nacido para la muerte sino para el amor. Y nadie tiene amor más grande que el da, como Jesús, su vida por los demás. Y todos estamos llamados a aprender en la escuela de la vida, que siempre, de un modo u otro, es escuela y paso de la cruz, a saber dar nuestra vida. Normalmente, habitualmente, no será mediante el supremo gesto martirial y cruento de dar física y totalmente la vida, Será paso a paso, sorbo a sorbo. ¿Por qué entonces, como nos previno el Señor, como ya nos alerta, queremos vivir a espaldas de la cruz, prófugos de ella?  ¿También nosotros, como Pedro en Roma, en el año 68, queremos huir, nunca mejor dicho de la quema? ¿Creemos que con ello se solucionarán nuestros problemas? ¿Emprenderemos la senda del suicidio de nuestra capacidad de amor y de entregarnos a cambio de la falsa sensación, de la ilusoria expectativa de apartar de nosotros lo que cuesta, lo que duele?

La Cruz es el Amor

Dios no calla en la cruz. Dios llora en la tierra cuando esta se abre. Dios gime con los que gimen. Porque no hay cruz en la vida humana que el Señor no comparta con nosotros. Dios habla con la cruz y en la cruz. Y su palabra es el amor y la misericordia, es la seguridad de que Él está con nosotros. Es el recordatorio, es la llamada a saber cargar con nuestra cruz y ayudar a los hermanos a cargar con ella.  «Nada –escribió con verdad y con belleza el poeta- se ha inventado sobre la tierra más grande que la cruz. Hecha está la cruz a la medida de Dios, de nuestro Dios. Y hecha está también a la medida del hombre». Nada más humano, nada más divino. Nada que nos enseña más «el equilibrio humano de los mandamientos».

«La Cruz de Jesús –señaló el Papa Francisco en sus palabras tras su primer Vía Crucis del pasado Viernes Santo en el Coliseo Romano- es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva».

«Queridos hermanos, la palabra de la Cruz – prosiguió afirmando el Papa Francisco el año pasado, un día de Viernes Santo como hoy – es también la respuesta de los cristianos al mal que sigue actuando en nosotros y a nuestro alrededor. Los cristianos deben responder al mal con el bien, tomando sobre sí la Cruz, como Jesús».

La vida es luchar y cargar con la cruz

Con ocasión de su reciente muerte, los medios de comunicación recuperaron unas declaraciones de un importante jugador y seleccionador de fútbol español. «El fútbol –enfatizaba este- es siempre ¡ganar, ganar, ganar y ganar!». La vida humana, hermanos es, siempre y en todo lugar ¡luchar, luchar, luchar y luchar! No podemos jamás dar por vencida ninguna batalla. No debemos jamás tirar la toalla. Es una utopía, un camino a ninguna parte, una huida en falso, el dejarnos caer de brazos y emprender la senda del abandono.

«Continuemos este Vía Crucis en la vida de cada día. Caminemos juntos por la vía de la Cruz, caminemos llevando en el corazón esta palabra de amor y de perdón. Caminemos esperando la resurrección de Jesús, que nos ama tanto. Es todo amor», concluía el Papa Francisco sus palabras tras el Vía Crucis del Coliseo Romano del año pasado. «Continuemos este Vía Crucis en la vida de cada día».

«Con la cruz, Jesús se une al silencio de las víctimas de la violencia, que ya pueden gritar, sobre todo los inocentes y los indefensos; con la Cruz, Jesús se une a las familias que se encuentran en dificultad, y que lloran la trágica pérdida de sus hijos…Con la cruz Jesús se une a todas las personas que sufren hambre, en un mundo que, por otro lado, se permite el lujo de tirar cada día toneladas de alimentos. Con la cruz, Jesús está junto a tantas madres y padres que sufren al ver a sus hijos víctimas de paraísos artificiales, como la droga».

«Con la cruz, Jesús se une a quien es perseguido por su religión, por sus ideas, o simplemente por el color de su piel; en la cruz, Jesús está junto a tantos jóvenes que han perdido su confianza en las instituciones políticas porque ven el egoísmo y corrupción, o que han perdido su fe en la Iglesia, e incluso en Dios, por la incoherencia de los cristianos y de los ministros del Evangelio. ¡Cuánto hacen sufrir a Jesús nuestras incoherencias!».

«En la Cruz de Cristo, está el sufrimiento, el pecado del hombre, también el nuestro, y Él acoge todo con los brazos abiertos, carga sobre su espalda nuestras cruces y nos dice: ¡Ánimo! No la llevas tu solo. Yo la llevo con contigo y yo he vencido a la muerte y he venido a darte esperanza, a darte vida (cf. Jn 3,16)».

Y «la cruz invita también a dejarnos contagiar por este amor, nos enseña así a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a quien tiene necesidad de ayuda, a quien espera una palabra, un gesto. La cruz nos invita a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de ellos y tenderles la mano».

Iglesia y cristianos cirineos

«Muchos rostros, lo hemos visto en el Viacrucis, muchos rostros acompañaron a Jesús en el camino al Calvario: Pilato, el Cirineo, María, las mujeres… Yo te pregunto hoy a vos: Vos, ¿como quien queréis ser? ¿Queréis ser como Pilato, que no tiene la valentía de ir a contracorriente, para salvar la vida de Jesús, y se lava las manos? Decidme: Vos, sois de los que se lavan las manos, se hacen los distraídos y miran para otro lado, o sois como el Cirineo, que ayuda a Jesús a llevar aquel madero pesado, como María y las otras mujeres, que no tienen miedo de acompañar a Jesús hasta el final, con amor, con ternura. Y vos, ¿cómo cuál de ellos queréis ser? ¿Como Pilato, como el Cirineo, como María? Jesús te está mirando ahora y te dice: ¿Me quieres ayudar a llevar la Cruz? Hermano y hermana, con toda tu fuerza, ¿tú qué le contestas?».

«Llevemos nuestras alegrías, nuestros sufrimientos, nuestros fracasos a la Cruz de Cristo; encontraremos un Corazón abierto que nos comprende, nos perdona, nos ama y nos pide llevar este mismo amor a nuestra vida, amar a cada hermano o hermana nuestra con ese mismo amor».

Y es que solo somos cristianos, solo somos Iglesia de Jesucristo, cuando como nos rezamos en prefacios de la misa, «tenemos entrañas de misericordia ante toda miseria humana», cuando transmitimos «el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado…y nos mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido». Cuando seamos Iglesia «recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, y todos puedan «en ella un motivo para seguir esperando». Una Iglesia madre acogedora y entrañable, siempre de puertas abiertas, no aduana ni controladora, sino hogar acogedor, cálido y misericordioso que transparente a su Señor, a su único Señor, Jesucristo, el Crucificado, el Resucitado. Quien manifiesta su amor para con los pobres y los enfermos, para con los pequeños y los pecadores. Quien nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano; y cuya vida y su palabra son para nosotros la prueba del amor grande más grande y definitivo, el amor de un padre, que siente ternura por sus hijos.

Una Iglesia, la Iglesia de la Cruz y de la Pascua, que sepa discernir los signos de los tiempos y creceros en la fidelidad al Evangelio; una Iglesia que se preocupe en compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres, y así les muestre el camino de la salvación.

Y esa Iglesia, que somos tú y yo, esa Iglesia que es la prenda de la nueva y definitiva humanidad, solo nace, solo se nutre, solo se desarrolla, solo da frutos si está unida a la Cruz, que siempre lleva a la luz y a la Pascua.

 

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