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Rincón Litúrgico

Meditación para la Asunción de la Virgen María, por Ángel Moreno de Buenafuente

Meditación para la Asunción de la Virgen María, por Ángel Moreno de Buenafuente

Todas las abadías cistercienses están dedicadas a la Virgen y además, el 15 de agosto se celebra la fiesta de la Orden.

En los monasterios del Cister, al acabar el día, en penumbra, iluminada únicamente la imagen de Nuestra Señora, se canta la salve, y poco después se escuchan los tañidos de la campana que llama a la oración del ángelus y al silencio mayor.

Este día, en Buenafuente, alrededor del Monasterio de la Madre de Dios, unidos todos a las iglesias de Oriente y Occidente, vivimos la gran solemnidad en honor de la Asunción de la Virgen a los cielos.

Si hay una fiesta de exultación por la que entonar el Magnificat, es esta. El misterio de la Asunción de María a lo más alto del cielo repercute en toda la humanidad, y también podemos entonar el cántico mariano porque Dios ha mirado nuestra humillación y ha hecho maravillas en nuestro favor.

La mujer del Apocalipsis “vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”, “la reina, enjoyada con oro de Ofir”, a la que canta el salmista, se aplican a María, la joven que en sus días subió a la montaña a servir a su prima, la doncella que entonó el cántico que resume el plan divino de salvación.

En un encuentro providencial, en mi peregrinación a Santiago conversé con un sacerdote amigo, estudioso de la Biblia, que en verano está junto a la capilla de la adoración en actitud de acogida. Con él compartí mis últimas intuiciones sapienciales desde la lectura creyente de la Palabra. Él a su vez me transmitió algo de su investigación, relacionada con María.

Me aseguró, desde la exégesis filológica, que en las Sagradas Escrituras solamente se encuentra la expresión “la esclava del Señor”, la “sierva del Señor”, referida a María y puesta precisamente en sus labios,   y que en contra de lo que podríamos interpretar, significa el título de mayor libertad. Si Jesús es el Siervo del Señor, María es la Sierva del Señor, tiene a Dios por Señor, y Dios no esclaviza, sino que libera, exalta, enaltece, glorifica.

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado la humillación (humildad) de su sierva”. Esta revelación nos estimula no solo a unirnos al cántico de María, sino a asumir que el mejor título que podemos ostentar es el de pertenecer al Señor, ser siervos suyos. Dirá el evangelio, los jefes de este mundo lo tiranizan” (Mc 10, 35). No sea así entre vosotros; el que quiera ser primero sea vuestro servidor, dice Jesús.

 

El misterio de la Asunción de María a los cielos es la mayor prueba de la verdad evangélica. “El que se humilla será enaltecido”. Como peregrinos por este valle de lágrimas, cantamos a Santa María para que sea compañera y maestra nuestra y nos enseñe la sabiduría de la servidumbre en Dios.



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