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Maximiliano Kolbe, por José-Román Flecha

El día 14 de agosto de 1941 murió el padre Maximiliano María Kolbe en el campo de concentración de Auschwitz. Aquel franciscano había estudiado en Roma, en la Universidad Gregoriana y en la Universidad de San Buenaventura. Le gustaba el periodismo y frecuentaba el cine Nuovo Olimpia.

Pero su devoción a la Inmaculada superaba todas sus aficiones. Aun antes de ser ordenado como sacerdote ya había fundado la “Milicia de la Inmaculada”. Tanto en su Polonia natal como en Japón fundó también la “Ciudad de la Inmaculada”. De regreso a su patria continuó su apostolado mariano con una revista de tirada millonaria.

Esa actividad no podía pasar inadvertida al régimen nazi que lo deportó a Alemania y lo encerró finalmente en el campo de concentración. Allí se ofreció a sustituir a un compatriota sobre el que había caído la suerte de la condena como venganza por la evasión de algún prisionero. Encerrado en el bunker del hambre, Kolbe fue asesinado por medio de una inyección de veneno. Tenía 47 años.

Treinta años después, el día 17 de octubre de 1971, el papa Pablo VI lo declaraba beato, destacando la audacia y el espíritu de organización que habían caracterizado a aquel humilde franciscano. Tras subrayar la profundidad de su devoción a María, el Papa recordaba el cuadro horrendo de su final.

Con un lenguaje duro, Pablo VI evocaba “hasta dónde puede llegar la degradación inhumana de la prepotencia que hace de la despiadada crueldad sobre seres humanos reducidos a esclavitud, indefensos y destinados al exterminio, el pedestal de la grandeza y de la gloria”.

Ante ese horror, el nombre de Maximiliano Kolbe, “revelará cuántas reservas de valores morales permanecían escondidas entre aquellas masas infelices, congeladas por el terror y la desesperación”. Este mártir hizo realidad las palabras de Jesús: “No hay amor más grande que el de dar la propia vida por los amigos” (Jn 15,13).

El día 10 de octubre de 1982, también Juan Pablo II recordaba esas palabras de Jesús al canonizar a Maximiliano Kolbe. De paso, indicaba que en la plaza de San Pedro estaba presente Franciszek Gajowniczek, aquel padre de familia en cuyo puesto murió el padre Kolbe, “reafirmando así el derecho exclusivo del Creador a la vida de la persona inocente, y dando testimonio de Cristo y del amor”.

Según el Papa, “Maximiliano no murió, sino que dio la vida por el hermano… Se ofreció a la muerte por amor. Su muerte era el transparente testimonio cristiano de la dignidad del hombre, de la santidad de su vida y de la fuerza salvadora de la muerte en la que se manifiesta el poder del amor”.

Esa muerte es “signo de victoria sobre todo un sistema de desprecio y de odio hacia el hombre y hacia lo que hay de divino en el hombre”. Por eso, Juan Pablo II lo declaraba santo para ser venerado como mártir.

Por José-Román Flecha Andrés



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