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Matteo Cella, el sacerdote de Bérgamo que recibió una llamada del Papa

Italia, mediados de marzo. Desde el día 10 estamos confinados en casa. Se ha cerrado absolutamente todo y solo funcionan las actividades esenciales. El número de contagios crece exponencialmente. El de muertos, por desgracia, también. La Val Seriana, —el valle del río Serio—, es la zona cero de esta pandemia. La situación llegó a ser tan dantesca que hoy la justicia investiga cómo y por qué, ante los datos sanitarios que alertaban de una hecatombe, aquí no se actuó antes y con más determinación. En ese valle está la localidad de Nembro donde hay cinco sacerdotes. Uno de ellos es el padre Matteo Cella que anima el Oratorio de San Felipe Neri de esta ciudad con poco más de 11.000 habitantes. La creatividad de este sacerdote ha mantenido viva la comunidad en muchos sentidos. Una labor incansable que incluso le ha valido el reconocimiento del Papa Francisco quien le llamó por teléfono.

—El coronavirus se ha ensañado especialmente con Nembro.
—En 2019 tuvimos 120 funerales en todo el año. Este año, desde finales de febrero a principios de abril, celebramos 188. La primera semana de marzo tuvimos dos funerales al día, un total de 14. Fue la última semana que pudimos celebrarlos porque después se prohibieron. Lo único que podíamos hacer era acompañar los ataúdes al cementerio con un máximo de 10 personas. Bendecíamos los féretros y poco más. Pero lo hicimos con todos, para que nadie fuera abandonado ni siquiera en los momentos finales.

—¿Qué hace un sacerdote en una situación así?
—Lo más difícil fue el hecho de que, una vez las personas ingresaban en el hospital, se perdía todo contacto. Los familiares no podían visitarlos y en ellos quedaba una gran sensación de haber abandonado a sus seres queridos. Por eso, teníamos que ayudarlos a no sentirse culpables. También hemos intentado que nadie se sintiera solo. La distancia y la soledad han sido el otro drama. Por eso, ideamos formas distintas de entrar en contacto con la gente, porque incluso nosotros, si hacíamos visitas, podíamos convertirnos en vector de contagio. Comenzamos a llamar por teléfono, a videollamar… Aparentemente no se podía hacer nada por el confinamiento, pero, en realidad, no parábamos. Hacíamos muchas actividades a distancia porque nos empeñamos en mantener vivos los grupos de la parroquia, las catequesis… Al final no teníamos casi tiempo porque enganchábamos una llamada con otra, una videollamada con otra.

—¿Cuál ha sido el momento más duro?
—La semana más difícil fue aquella en la que murieron hasta 10 personas al día. En una semana fallecieron 60. La tragedia fue aún mayor cuando, en los 15 o 20 días siguientes, comenzaron a llegar las cenizas de todos estos muertos y nos pasábamos el día en el cementerio. La muerte se respiraba.

—¿Sentían a Dios, que Dios estaba con ellos?
—Muchas personas se preguntaron dónde estaba Dios, especialmente en aquellas familias donde el virus provocó varios muertos. Hay una, por ejemplo, en la que murieron tres hermanos. Tenían unos 80 años. Se enfermó uno y murió. Todos se contagiaron y los dos hermanos murieron detrás. Una generación entera. Hay otro caso, el de una madre y una hija. La hija era enfermera y probablemente contagió a la madre. Cuidó de ella hasta que esta murió. Después, ella enfermó y también falleció. Estas familias se preguntaban cómo era posible, dónde estaba el bien. No les hemos respondido con las palabras, sino que lo hicimos con nuestra presencia, con nuestra cercanía. Jesús no elimina el sufrimiento, lo soporta junto a nosotros.
Pero, junto a esa pregunta, muchas personas se hicieron otra: «¿Puedo hacer algo bueno por los demás?». Y esta pregunta nos ha dado mucha fuerza. Cuando se pidieron voluntarios para garantizar los servicios que se habían suspendido, en solo 2 días se ofrecieron más de 100 personas. Y solo necesitábamos 10 o 12 para, por ejemplo, llevar a los enfermos de diálisis al hospital o para hacer la compra a las personas mayores. Todo ello poniendo en riesgo la propia salud.

—¿Cómo es el ambiente ahora, pasado lo peor?
La otra cara de la moneda siempre han sido las ganas de vivir. Empezamos a buscar cómo hacerlo. Transmitíamos la misa en YouTube, ayudamos a los niños que no tenían ordenador a hacer los deberes imprimiéndolos en la parroquia y se los mandábamos. En aquellos momentos tan duros las iniciativas para reaccionar, para volver a la vida fueron muchas. Hay ganas de cerrar este capítulo, de pensar en el futuro, sin olvidar, claro. Estamos pensando en actividades de verano, sobre todo, para los niños y jóvenes en el Oratorio. Hemos pensado también en acoger a personalidades del mundo de la cultura para reflexionar sobre el futuro de los jóvenes, del trabajo, de la educación, de los jóvenes… No nos podemos parar, aunque algunas personas sigan teniendo, lógicamente, un poco de miedo.

—Esas ganas de vida llamaron la atención del Papa, ¿cómo fue la comunicación con él?
—Alguien del pueblo escribió un e-mail al Vaticano explicando que, si bien solo se hablaba de los muertos de Nembro, había otra realidad que era la de cómo sus habitantes estaban arremangándose de muchas formas y con mucha creatividad. Esta persona dejó en el e-mail mi número de teléfono. El domingo 3 de mayo, por la tarde, el Papa me llamó. Lo primero que pensé fue que era una broma, pero la voz era tan reconocible que no se podía confundir con otra. Francisco me dijo que le habían informado de todas las actividades que llevábamos a cabo pese a la pandemia y me dio las gracias. Yo le respondí que no habíamos hecho nada del otro mundo. El Papa me replicó con esa frase sencilla y simpática que fue: «Cada uno hace lo que puede». También se acordó de los niños y jóvenes del Oratorio con un «salúdame a tus chicos».

—¿Qué aprendizaje saca de lo vivido?
—Que es fundamental que nadie se sienta solo y que no se deje a nadie atrás. Otra cosa que hemos aprendido colectivamente es que no podemos ser mediocres. Lo digo pensando en cómo no ha funcionado la sanidad o la política. Si cada uno hiciera bien lo que le corresponde, todo funcionaría.
Cuando ves la necesidad de las personas, las miras a la cara, no las tratas como un número. Quien ha estado cerca de la gente ha aprendido a no ser mediocre.

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