Tiempo de caminar

Mascarilla para cuidar de los demás

Me ahoga la mascarilla. Siento como si me faltara el aire. Me molesta que la gente no me entienda bien cuando hablo, que no sepan si estoy bostezando en una reunión o sacando la lengua a mi interlocutor. Y el colmo es cuando se empañan las gafas de sol. Y no veo. No puede haber nada que incordie más.

A nadie le gusta llevar mascarilla. Lo tengo claro. Porque además de las molestias físicas, esa mordaza nos recuerda constantemente la triste realidad de una pandemia que ha trastocado nuestras vidas para siempre.

Sin embargo, no es una opción que nos debamos siquiera plantear. No especialmente por nuestro propio interés egoísta de cuidarnos nosotros mismos. Por mucho que no nos guste llevar nuestra boca tapada, nuestro sentido de responsabilidad cristiana nos debe empujar a llevar  la práctica esta y otras recomendaciones sanitarias por el bien de los demás.

Y no hablamos tan sólo del respeto a la legalidad vigente, que también es importante. Sino de aplicar en la práctica aquellos mandatos evangélicos  que conocemos de sobra.

Por ejemplo, amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mt, 22). La inconsciencia de determinados comportamientos irresponsables que hemos visto este verano en muchísimos informativos es una falta de respeto no por la integridad de quien los protagoniza, sino por el bienestar de sus semejantes. Ponerse la mascarilla es un gesto que indica que me preocupo por quienes me rodean, a quienes no quiero contagiar si tuviera la enfermedad.

Y esto conlleva una cierta pérdida de libertad por nuestra parte en aras a un bienestar social común. “Porque aunque soy libre de todos, me he hecho esclavo para ganar al mayor número posible”, destaca San Pablo en su primera carta a los Corintios (1 Co. 9:19). Es el gesto más hermoso que podemos realizar: renunciar a nuestros propios derechos por cuidar del resto. Un ejemplo de sacrificio y entrega que bien encaja con nuestro comportamiento cristiano.

Nos jugamos mucho en los próximos meses. Y ahora ya no depende de que nos cuidemos quedándonos en casa, sino de aplicar acciones de prevención de cara a proteger a los demás. Unos por otros, conseguiremos una “protección de rebaño” necesaria para poder seguir adelante con nuestras vidas. Merece la pena un pequeño esfuerzo responsable.

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