En un lugar...

Más Viktor Frankl y menos Twitter

Decía Viktor Frankl que el campo de concentración no se dividía entre judíos y nazis, sino entre decentes e indecentes. En realidad, lo decía de las personas, en general. Él, un judío encerrado en aquel lugar y siendo lentamente torturado dentro de un sistema con los engranajes perfectos para exterminar un pueblo.

Si todos comprendemos que en un sitio como aquel está más que justificado hacer bandera con los tuyos frente a los otros, sobre todo si eres de los que lo pasan mal, las palabras de Frankl deberían hacernos pensar. En medio de aquel horror, era capaz de distinguir que, al final e independientemente de nuestras ideas o simpatías, hay una libertad individual que nos hace ser decentes o indecentes.

75 años después, sus palabras están más de actualidad que nunca en un entorno que te obliga a elegir todo el pack de un bando u otro, y en el que al crítico se le tacha, directamente, de enemigo. Como si la pluralidad dentro de un grupo fuera tabú con la ilusión de que cuestionar las cosas provocara debilidad. Además, en esta especie de rígida pseudoreligión sin dios, no hay perdón ni redención posible tras un rápido juicio popular en el que ni siquiera hay derecho a la defensa.

Quiero pensar que, cada vez, más personas nos sentimos incómodos con esto, y que, como somos calmados, no armamos ruido. Quizá el reto sea cómo conseguir escuchar y ser escuchado sin ser ruidoso para que los amantes de eslóganes fáciles no impongan sus ideas que, más que ideas, son emociones. Algo de ello, por cierto, se puede intuir de las palabras de Francisco de ayer, en las que señalaba que nunca hay que tolerar el racismo, ni la violencia en el nombre del antirracismo.

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