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Más de 30 mil jóvenes en la XXXIII Peregrinación Nacional Juvenil a la Montaña de Cristo Rey, en Guanajuato, México

JÓVENES ORAN POR LA PAZ

Más de 30 mil jóvenes en la XXXIII Peregrinación Nacional Juvenil a la Montaña de Cristo Rey, en Guanajuato, México

Unos 30 mil jóvenes han participado en la XXXIII Peregrinación Nacional Juvenil a la Montaña de Cristo Rey, en Guanajuato. El evento se ha realizado este ùltimo sábado en un clima expectante ante un país que en breve dará la bienvenida al Papa Francisco.

Miles de jóvenes entusiastas procedentes de Baja California, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Así como de San Luis Potosí, Zacatecas, Durango, Aguascalientes, Michoacán, Jalisco, Colima, Estado de México, Morelos, Puebla, Veracruz, Oaxaca, Guanajuato y la Ciudad de México, se dieron cita en el Cerro del Cubilete denominado hoy Montaña de Cristo Rey.

La peregrinación contó con la participación del Nuncio Apostólico en México, monsenor Christophe Pierre, y del arzobispo de León, monsenor Alfonso Cortés Contreras; que encendieron la Antorcha de la Esperanza, en honor al Papa Francisco.

Durante la celebración de la Santa Misa, el Nuncio Apostólico propuso a todos los asistentes a “ayudar, en concreto a las familias, a ser comunidades de vida y de amor, lugares de encuentro y diálogo, de servicio generoso, de fraternidad y solidaridad. Lugares en los que se respete y promueva la vida afectiva, espiritual, cultural y moral de todos sus miembros y en los que cada uno logre asumir responsablemente su propia vocación de discípulo, misionero y testigo de Jesús, trasmitiendo la verdad de la Palabra con el ejemplo y teniendo en todo momento al centro la Persona del Señor Jesús: amándolo, siguiéndolo, obedeciéndolo y confiando siempre en Él”.

Más adelante se refirió a la visita del Papa Francisco a tierras mexicanas “hagamos que tan feliz circunstancia se vuelva oportunidad para dejarnos encontrar nuevamente por Cristo. Dejémonos encontrar por Él. Dejemos que se acerque a cada uno en la Palabra, en la oración y en los sacramentos, pues nada podremos hacer si no gozamos de la experiencia de sentirnos amados, acogidos, salvados, llamados y acompañados por Él. Sólo desde la experiencia de la cercanía de Jesús y de su amor, sentiremos vivo el impulso para interesarnos de los problemas del mundo y para colaborar con denuedo en su transformación”, expresó.

Animando a vivir el Año Jubilar de la Misericordia, monseñor Pierre afirmó también: “Ustedes son parte esencial en la Iglesia y de la Iglesia. Ustedes están llamados a hacer llegar el mensaje de la Misericordia a los ambientes sociales, profesionales, culturales, estudiantiles, políticos, económicos. Su tarea, con la Iglesia y como Iglesia, los impulsa a ponerse en movimiento para incidir positivamente, con su palabra, acción y testimonio, en la promoción de la dignidad de la persona, en la defensa de la vida humana, en la tutela de la familia y de su verdad, en la creación y trasmisión del verdadero humanismo cristiano y de una auténtica cultura con valores. Ustedes también están llamados a ser testigos de la Misericordia; de esa que se abaja a la miseria y al pecado, al desencanto, al desamor y a los miedos del ser humano, para comunicarle la cercanía, el calor, la esperanza, la fuerza y el amor que viene de Dios”.

Enseguida ofrecemos el texto completo de la homilía pronunciada en esta ocasión, por el Nuncio Apostólico en México, monseñor Christophe Pierre.

Homilía de
S.E.R. Mons. Christophe Pierre
Nuncio Apostólico en México
XXXIII Peregrinación Nacional Juvenil a la Montaña de Cristo Rey
(Cerro del Cubilete, Silao, Gto., 30 de Enero de 2016)

Muy queridos amigos y amigas:

Si abrimos los oídos del alma a la voz del Señor Jesús, sentiremos seguramente que las suyas son palabras que nos cuestionan y desafían, pero que al mismo tiempo crean confianza e inspiran serenidad: “el que me ama –dice Jesús-, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”.

Son palabras que nos remiten al singular momento de la Última Cena, cuando Jesús, despidiéndose de sus discípulos, contrapone en amorosa y clara disposición la actitud de quien es verdaderamente su discípulo, con la del que no lo es; de aquel que lo ama, con la de quien no lo ama. Son palabras que salen del Corazón de Cristo y que para nosotros se vuelven llamada, invitación y desafío, pero también fuente de admiración profunda.

¡Sí!, tenemos grandes motivos para sorprendernos y alegrarnos. Ante todo porque la gran noticia que Cristo Jesús nos confirma hoy, la misma que da razón de su encarnación, pasión, muerte y resurrección, es que somos amados por Dios; más aún, que cada uno es amado con la misma intensidad con la que Él es amado por el Padre: con amor infinito y total, porque “Dios es Amor”.

¿Puede el hombre recibir una noticia mayor y mejor que ésta, sobre todo hoy, en este tiempo tan lleno de noticias tristes y dolorosas? ¡Ciertamente que no! Es esa la gran noticia: que el amor del Dios, Uno y Trino, está al alcance de cada uno, y que para llenarnos de él es necesario y suficiente corresponder a ese amor, desde la fe, con amor, haciendo vida la Palabra. Porque, -dice Jesús-, “el que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras”.

El desafío es ese: comprender que la palabra de Jesús no es simplemente algo por “oír” ó “decir”, sino para hacerse vida; para que modele la propia existencia (Cf. Mt 7,24-25). Su palabra es para ser acogida y vivida. Jesús deja claro que, en esto, hay que querer “hacer”; precisamente como Él. Porque Jesús no sólo “dice”, sino que “hace lo que dice”. Anuncia el Reino y lo va realizando: “Jesús de Nazaret, con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios” (Misericordiae Vultus, 1).

Escuchar, por tanto, la Palabra. Escucharla –que es más que sólo oír-, y cumplirla. Porque, “no el que me diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino aquel que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Y esto quiere decir, asumir el compromiso de vivir coherente y auténticamente nuestro “ser cristiano”, tomando como criterio de vida y norma de acción, sólo y todo aquello que Jesús -Palabra del Padre-, es y enseña, y poniéndose, como Él, al servicio de la fraternidad universal y de la salvación integral de todos.

De suyo, la palabra del Señor y su modo de actuar nos enseñan, que la mirada cristiana al mundo jamás debe ser apática ó indiferente, sino misericordiosa y luminosa, solidaria y fraterna, particularmente hacia los más pequeños del mundo. Nos enseñan que el cristiano, si es tal, jamás puede eximirse de la responsabilidad que tiene en la construcción de una sociedad de paz, justa y fraterna, donde los seres humanos podamos vivir conforme a la dignidad que nos es propia en cuanto personas y en cuanto hijos de Dios, contribuyendo, así, a que el pueblo que camina en tinieblas, vea la gran luz (Cf. Is 9,1): ¡Cristo Jesús!

San Pablo, dirigiéndose a los Colosenses les decía prácticamente esto al recordarles que, “puesto que Dios los ha elegido a ustedes, los ha consagrado a Él y les ha dado su amor, sean compasivos, magnánimos, humildes, afables y pacientes (…). Y sobre todas estas virtudes, tengan amor, que es el vínculo de la perfecta unión. Que en sus corazones reine la paz de Cristo, esa paz a la que han sido llamados como miembros de un solo cuerpo”.

Y como miembros de un solo cuerpo estamos aquí, queridos amigos y amigas, a la sombra del majestuoso monumento a Cristo Rey. ¡Sí!, Jesús es rey y centro de la creación, del pueblo de Dios y de la reconciliación. Es rey del reino llamado a plantar sus raíces en el corazón de cada ser humano invitándolo a hacer que sus pensamientos sean pensamientos cristianos, pensamientos de Cristo; que sus obras sean obras cristianas, obras de Cristo; que sus palabras sean palabras cristianas, palabras de Cristo; y esto, porque solo así el reino de Dios logra y logrará manifestarse como fuerza que posibilita la reconstrucción de la historia, la edificación de un mundo mejor y la instauración de un humanismo verdadero inspirado en los “sentimientos de Cristo Jesús”, “fuerza interior que nos hace capaces de vivir y de tomar decisiones” (Papa Francisco, V Congreso de la Iglesia Italiana, Florencia, Italia, 10.11. 2015).

Uno de los males de nuestro tiempo, es la ausencia de un verdadero humanismo. Miramos cómo la injusticia, la violencia, la calumnia y la mentira, la marginación y la pobreza, el individualismo y el secularismo, van tomando espacio en las mentes y en la vida de los individuos y de las sociedades, y tampoco está ausente la corrupción, la inseguridad económica, social y política.

Notable y persistente es, también, el ataque a la identidad y a la riqueza de la institución familiar impulsado por oscuras fuerzas con la complicidad mediática y engañosa de diversos medios, y crece la tendencia a querer suprimir de las conciencias y de la sociedad los verdaderos valores, negando o dejando fuera de la vida a Dios, y atacando a la Iglesia, fracturando la visión y realidad de los auténticos derechos del hombre y de su misma dignidad humana. Todo ello nos hace ver cuánto sea necesario y urgente que cada uno de los miembros de la Iglesia, escuchando a Aquel que es la Palabra, hagamos vida su Palabra, también en el ambiente público y en la sociedad.

“Las situaciones que vivimos hoy –ha dicho el Papa Francisco-, plantean desafíos nuevos que para nosotros, a veces, son incluso difíciles de comprender. Nuestro tiempo nos pide (sin embargo) vivir los problemas como desafíos y no como obstáculos: el Señor está activo y obra en el mundo”.

Propongámonos, por tanto, ayudar, en concreto a las familias, a ser comunidades de vida y de amor, lugares de encuentro y diálogo, de servicio generoso, de fraternidad y solidaridad. Lugares en los que se respete y promueva la vida afectiva, espiritual, cultural y moral de todos sus miembros y en los que cada uno logre asumir responsablemente su propia vocación de discípulo, misionero y testigo de Jesús, trasmitiendo la verdad de la Palabra con el ejemplo y teniendo en todo momento al centro la Persona del Señor Jesús: amándolo, siguiéndolo, obedeciéndolo y confiando siempre en Él.

Queridas hermanas y hermanos: Llenos de ánimo y gozo por la ya próxima visita del Papa Francisco a la tierra mexicana, hagamos que tan feliz circunstancia se vuelva oportunidad para dejarnos encontrar nuevamente por Cristo. Dejémonos encontrar por Él. Dejemos que se acerque a cada uno en la Palabra, en la oración y en los sacramentos, pues nada podremos hacer si no gozamos de la experiencia de sentirnos amados, acogidos, salvados, llamados y acompañados por Él. Sólo desde la experiencia de la cercanía de Jesús y de su amor, sentiremos vivo el impulso para interesarnos de los problemas del mundo y para colaborar con denuedo en su transformación.

Así, abrazados por la ternura de Jesús, nosotros podremos realizar cuanto el Papa Francisco nos pide en la Bula Misericordiae Vultus, invitándonos a realizar “la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales”. (Porque) “En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga…, para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado” (MV, 15).

Nuestra sociedad y nuestro mundo necesitan de jóvenes con corazón universal que salen de sí mismos para abrazar con amor misericordioso a la sociedad entera. Mujeres y hombres que –como decía el Papa emérito Benedicto XVI-, han experimentado en su vida y están convencidos de que no hay nada más hermoso que dejarse sorprender por Cristo; que no hay “nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea (…) es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo” (24.IV.2005).

Amigas y amigos: La Exhortación apostólica Christifideles laici ha recordado que los fieles laicos –es decir, ustedes-, “no son simplemente obreros que trabajan en la viña, sino que forman parte de la viña misma”. Por ello, “cada fiel laico tenga siempre una viva conciencia de ser un «miembro de la Iglesia», a quien se le ha confiado una tarea original, insustituible e indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de todos”.

¡Sí! Ustedes son parte esencial en la Iglesia y de la Iglesia. Ustedes están llamados a hacer llegar el mensaje de la Misericordia a los ambientes sociales, profesionales, culturales, estudiantiles, políticos, económicos. Su tarea, con la Iglesia y como Iglesia, los impulsa a ponerse en movimiento para incidir positivamente, con su palabra, acción y testimonio, en la promoción de la dignidad de la persona, en la defensa de la vida humana, en la tutela de la familia y de su verdad, en la creación y trasmisión del verdadero humanismo cristiano y de una auténtica cultura con valores. Ustedes también están llamados a ser testigos de la Misericordia; de esa que se abaja a la miseria y al pecado, al desencanto, al desamor y a los miedos del ser humano, para comunicarle la cercanía, el calor, la esperanza, la fuerza y el amor que viene de Dios.

Injertados a Cristo en la celebración Eucarística que impulsa a hilvanar y a edificar la fraternidad y la comunidad cristiana de fe y oración, de amor y solidaridad, imploremos la intercesión constante de Santa María de Guadalupe, Madre y Reina de México. Pidámosle por nosotros y por todos nuestros hermanos, para que con la gracia del Señor seamos valientes discípulos y misioneros de Cristo en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestra sociedad y en el mundo entero.

Pidámosle que Ella, Madre y Maestra de humanismo, nos alcance luz y determinación para que, sostenidos por el Espíritu Santo logremos vivir con empeño y fidelidad nuestra vocación, y desde ahí, seamos cada vez más animosos testigos de la Verdad y más aguerridos constructores de espacios de verdadero humanismo en cada hombre, en toda la Iglesia y en la entera sociedad.

Así sea.

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