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Más de 30 mil fieles en la clausura del Congreso Eucarístico de Guatemala

Más de 30 mil fieles en la clausura del Congreso Eucarístico de Guatemala

En un ambiente festivo y ante más de 30 mil fieles congregados en la Plaza Constitución de la ciudad de Guatemala, el Cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo de México, clausuró a nombre del Papa Francisco el Congreso Eucarístico Arquidiocesano, en el marco del bicentenario de la consagración de esta catedral de Santiago de Guatemala.

“Querida Iglesia de Dios que está en Guatemala, eres un pueblo consagrado a Dios, Él te ha elegido para que seas pueblo de su propiedad. Te ha elegido por el amor que t tiene. Reconoce pues al Dios que te ama y que te ha enviado a su Hijo Jesucristo. Haz oído y seguirás oyendo la invitación de otros dioses, son de barro o de oro, solo el Señor tu Dios te ama y su amor permanece para siempre”, dijo el Card. Rivera Carrera.

Al inicio de la ceremonia religiosa, se dio lectura a la designación del Cardenal Rivera como representante del Santo Padre Francisco en este Congreso: “a Usted, venerable Hermano, Arzobispo Metropolitano de México, a quien consideramos Pastor diligente y fiel, e hijo excelentísimo de la nación mexicana, le designamos Nuestro Enviado Extraordinario, para que nos represente en el Congreso Eucarístico Arquidiocesano.”

El Papa Francisco también dijo al pueblo guatemalteco, en un mensaje escrito: “para la nueva evangelización, urge conservar los preciosos tesoros humanos y cristianos y transmitirlos responsablemente a quienes sigan. Conviene recordar a la Madre del Redentor que en todo el orbe es la estrella de la nueva evangelización.”

En ese mismo sentido, el Cardenal Rivera Carrera dijo en su homilía que “vivimos en un tiempo de inevitables fracasos, pero también de retos maravillosos, en el que Dios continua llamándonos y enviándonos, porque sabe que tiene el poder de abatir cualquier dificultad. En un tiempo que requiere de parte nuestra valentía evangélica, para poder realizar nuestro servicio humilde, pero decidido, a la fe y a nuestros hermanos.”

Finalmente, el Arzobispo Metropolitano de Santiago de Guatemala, anunció que como una consecuencia de este Congreso Eucarístico, diaria inicio un Congreso Eucarístico itinerante por todas las parroquias de la Arquidiócesis.

A continuación ofrecemos la homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera.

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Celebración de la Santa Misa por el Bicentenario de la Consagración de la Catedral Metropolitana de Santiago de Guatemala y la Solemne Clausura del Congreso Eucaristico Arquidiocesano

Domingo, 05 de junio de 2016

La palabra de Dios nos interroga hoy, y en modo serio, sobre qué entendemos por “Iglesia”. Nuestra experiencia nos dice que cada pueblo, cada comunidad, tiene su Iglesia. Por ello, nuestra primera consideración espontánea nos lleva a pensar en el templo, en el edificio material. Así, la Iglesia es el lugar donde acontece el encuentro, “cara a cara” con Dios, en las celebraciones litúrgicas, en la oración y adoración del Santísimo Sacramento.

Y no nos equivocamos al pensar que la Iglesia, el templo material, sea la “casa de Dios-con-nosotros”, donde el santo Pueblo de Dios se reúne numeroso, junto con sus legítimos pastores, para rendirle a Dios el culto de adoración que le pertenece, como hacemos nosotros hoy en esta santa Iglesia Catedral Metropolitana de Santiago de Guatemala.

El templo material es, pues, imagen de ese templo espiritual de la Iglesia, formado por piedras vivas, que somos todos los bautizados, y que refleja la presencia del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en la vida de sus hijos, porque ser Iglesia significa, sobre todo, ser un pueblo en camino, guiado por el Espíritu Santo, a través de sus pastores. De ahí que el Apóstol Pablo nos recuerde “hermanos, ustedes son el edificio de Dios. Mire cada cual cómo construye. Pues nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo ¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo son ustedes” (1Co 3.9-17).
Vivimos en un tiempo de inevitables fracasos, pero también de retos maravillosos, en el que Dios continúa llamándonos y enviándonos, porque sabe que tiene el poder de abatir cualquier dificultad. Es un tiempo que requiere de parte nuestra “valentía evangélica”, para poder realizar nuestro servicio humilde, pero decidido, a la fe y a nuestro hermanos.

Con frecuencia nos pasa lo mismo que a los discípulos de Emaús, vamos por la vida descorazonados, desilusionados, desesperanzados, sin darnos cuenta que el Peregrino que va junto a nosotros es Cristo, el Resucitado, que nos explica las Escrituras y los fracasos de muerte que no entendemos y empezamos a sentir que nuestro corazón frio y derrotado comienza a arder.

Pero es cuando nos sentamos con El a la mesa que se nos abren los ojos y lo reconocemos como nuestro Dios y Señor y de inmediato nos levantamos para dar la buena noticia a los demás discípulos. Qué triste e incompleta es una Iglesia en donde no hay mesa para que Jesús parta el Pan y ofrezca su sangre de la Nueva Alianza y en donde sea reconocido como el Resucitado. “JESUS SACRAMENTADO ES PARA NOSOTROS PRESENCIA DE LA MISERICORDIA DE DIOS”.

Por esta razón, dar gracias a Dios por los 200 años de la dedicación de esta Catedral Metropolitana, que es Madre y Casa común de la comunidad de creyentes que forman parte de esta Iglesia particular de Guatemala, es conveniente y necesario, pues impulsa a que todos reconozcamos ante el Padre cuál es la raíz de la que procedemos, Cristo Jesús, imagen perfecta del Padre y, en cuanto hombre, su máxima gloria y su máxima glorificación.

Nuestra pertenencia a la Iglesia inicia con el bautismo, que nos hace renacer a la vida verdadera. Y es en esta misma Iglesia en la que crecemos con los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía, y que nos acoge con el sacramento de la Confirmación, haciéndonos conscientes de ser testigos de la fe. En ella comenzamos el camino de nuestra propia vocación, ya sea por el sacramento del matrimonio, del orden sacerdotal o con la consagración religiosa. Y es en ella en la que realizamos nuestra peregrinación terrena hacia la Iglesia del cielo, realizando lo que somos, un “pueblo que camina” hacia la eternidad de Dios, hacia la plenitud de la salvación.

¿Estamos convencidos de esto? ¿Nos sentimos y nos reconocemos como Iglesia-comunidad? ¿O, en cambio, nos aferramos a ideas equivocadas que quieren despojar a la Iglesia su belleza divina? la belleza de la Iglesia es saberse el lugar de «la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tit 2,13), verdadero «Sol de justicia» (Cf. Mal 19,20) que, en su entrañable misericordia, continúa a visitar y a redimir a su pueblo, para disipar las tinieblas del mal, alumbrar nuestro camino y alegrar nuestros corazones, abatidos y cansados por el peso de las oscuridades de la injusticia, la falta de humanidad, de dignidad y de amor, que causan tanto dolor en nuestros corazones y parecen no desvanecerse.

Es preocupante comprobar cómo hoy muchos cristianos no consideren la Iglesia como la «casa de Dios-con-nosotros», reduciéndola peligrosamente sólo a una casa. Una casa sin Dios, tremenda, con todos los males que ese vacío provoca. Nos duele el alma considerar cuántos hermanos y hermanas, por una falsa percepción, abandonan la casa paterna, olvidando la grandeza del amor de Cristo por cada uno de nosotros, que se ha entregado por su Iglesia. La garantía de su amor nos la da en la entrega total de su vida, como víctima inocente, en el sacrificio de la Cruz. Nos ama tanto que se hace nuestro hermano y amigo. Se identifica con los más pequeños y desvalidos. Deposita su amor en nuestras pobres manos, para darnos la oportunidad de corresponderle amando y sirviendo a todos los hermanos sin distinción, pero especialmente, a los más débiles y necesitados. Por eso, la experiencia de sabernos miembros de su cuerpo, que es la Iglesia, vivificados por los sacramentos pascuales, nos asegura que cada vez que acogemos con amor a uno de nuestros hermanos más pequeños, – y, Dios nunca permita el contrario – Jesús nos da el regalo de acogerlo y servirlo a Él mismo, con bondad y delicadeza.

En esta bellísima Catedral no solo se proclama la Palabra de Dios y se celebra los Sagrados Misterios, este es el lugar privilegiado para sentirnos amados por Dios y si Dios nos ama nosotros también debemos amarnos mutuamente, no solo de palabra sino con hechos como Dios nos ha amado. Por esto desde este lugar santo se deben multiplicar las iniciativas para que los mas alejados y excluidos vean, sientan el amor de Dios en nuestras obras.

Sólo los humildes y sencillos de corazón pueden comprender la sabiduría del amor misericordioso que el Padre nos concede en su Hijo Jesucristo. Hoy, veo reflejada en sus rostros, iluminados por la alegría del Evangelio, esta sabiduría que proviene sólo de Dios. También veo en sus miradas, limpias y sinceras, la convicción que cada uno de ustedes lleva en lo más profundo de su corazón, de saber que son hijos de Dios, imágenes verdaderas, reflejos vivos y reales de su Hijo, y por eso amados con amor infinito.

La convicción que Jesús está vivo y presente en su Iglesia, aleja de todos nosotros, los cristianos, el miedo de pensar que a Dios no le interesa nuestra vida. Que nos ha olvidado y no escucha el grito de dolor que brota del corazón herido de sus hijos, especialmente del de los más pobres y desvalidos, del de los hambrientos y sedientos de justicia, de paz, de dignidad.

Querida Iglesia de Dios que esta en Guatemala, eres un pueblo consagrado a Dios, El te ha elegido para que seas pueblo de su propiedad. Te ha elegido por el amor que te tiene. Reconoce pues al Dios que te ama y que te ha enviado a su Hijo Jesucristo. Haz oído y seguirás oyendo la invitación de otros dioses, son de barro o de oro, solo el Señor tu Dios te ama y su amor permanece para siempre.

Y cuando experimentamos la tentación de mirar sólo lo feo de la vida, contemplemos a la Iglesia, nuestra madre, que recibe de Jesús luz y belleza, como la luna del sol, e irradia sobre todos sus hijos la claridad de Cristo, que nos ayuda a superar nuestra falta de fe y de confianza, nos asegura la profundidad del amor de Dios, que en el caminar de la historia continúa a librarnos de la tiranía del pecado y de la muerte. Él nos espera y perdona, sin cansarse nunca. Nos restituye a la dignidad de hijos y nos recuerda que nuestra vida consiste en parecernos cada vez más a Jesucristo, en tener sus mismo sentimientos y aprender a amar a los demás según su corazón.

Amado hermano Arzobispo de esta Arquidiócesis, queridos hermanos Obispos y fieles todos, soy portador de una especial bendición del Papa, Sucesor del Apóstol Pedro, quien implorando el auxilio del Señor quiere estar presente por medio de mi humilde persona y abrazarlos a todos y a cada uno de ustedes, hijas e hijos predilectos de esta bendita tierra de Guatemala. Como la tierra que Dios entregó al Pueblo de Israel, su tierra es una tierra llena de los dones del Creador, bella, fértil, que ustedes aman, cuidan y respetan como lo han venido haciendo sus antepasados en generaciones. Este amor y cuidado de la creación, el respeto por la vida, el valor de la familia, su gran sentido de solidaridad y muchos otros valores, demuestran la sabiduría, la gran riqueza cultural y la fecunda tradición histórica de este maravilloso pueblo, que en su amor a Cristo y fidelidad a su Iglesia mantiene vivo el impulso misionero de los primeros evangelizadores.

Que importante es recordar, pues, que en Cristo todos formamos una sola familia, en la que nos necesitamos unos a otros y en la que debemos ayudarnos mutuamente. El Papa los alienta a seguir confiando en Cristo, y en la comunión de su única Iglesia, avanzando, con fe y humildad, en el decidido camino eclesial que esta querida Iglesia particular de Santiago de Guatemala recorre acompañada de la entrega y el testimonio de sus pastores, con el entusiasmo y la dedicación de tantos sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos permanentes y catequistas, «que soportando el peso del trabajo y el calor» (Cf. Mt 20,12), no escatiman esfuerzos en la gloriosa, aunque difícil tarea, de continuar siendo portadores gozosos del Evangelio para tantos hermanos que lo necesitan.

A la Perfecta Siempre Virgen María que, como Madre amorosa nos acompaña en nuestra peregrinación hacia el encuentro definitivo con Cristo, encomendémonos y encomendemos el caminar de la Iglesia presente en este pueblo y también a todos los hijos e hijas de esta tierra. Que Ella los ayude a todos ustedes, pastores y fieles, a ser cristianos convencidos, capaces de ir en busca de los que, por diferentes razones, se han alejado de la fe, y que como Iglesia, según las palabras del Papa Francisco, tengan «la capacidad de curar las heridas y de resguardar el corazón de los fieles», de hacerse prójimos y cercanos a los hermanos, con la seguridad de que «quien conoce a Jesús, quien lo encuentra personalmente, queda fascinado por su persona, porque encontrar a Jesús es poseer la alegría cristiana, que es un don del Espíritu Santo, alegría que se ve en cada palabra, en cada gesto, aún en los más simples y cotidianos.

Quiera pues el Señor, por intercesión de su Madre Inmaculada, darles la fuerza de conservar la sabiduría y los inestimables valores cristianos que han heredado de sus antepasados, para que iluminados por la luz de Cristo, los cristianos de esta tierra de la eterna primavera continúen siendo defensores y promotores del carácter sagrado de la vida humana, del inestimable don de la familia y del matrimonio, y de su alto sentido de solidaridad en la defensa de los más débiles y necesitados, y del cuidado de nuestra casa común, la Tierra.

Que así sea.

Fuente: Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México



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