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Mártires de ayer y de hoy

cristianos perseguidos

El pasado 24 de marzo, el Papa Francisco aprobaba el decreto por el que se aprobaba la beatificación de 12 mártires de la Guerra Civil española. Uno de estos religiosos era un fraile alavés, Nicesio Pérez de Palomar, de 77 años, disparado en el corazón junto con otro fraile camino a una cárcel republicana. Su único delito, ser católico y no renegar de ello. Como estos 12 redentoristas, cientos más fueron martirizados y asesinados en los años 30 del pasado siglo en España.

Hoy, muchas décadas después, siguen existiendo mártires cuyo testimonio y ejemplo de vida tienen un efecto multiplicador en el resto de cristianos del mundo que conocen esta realidad. Como pasó con los primeros seguidores de Jesús, estas personas decidieron –y siguen decidiendo– entregar su vida antes que renunciar a la fe, a esa fe que ha sido experimentada de tal manera que, ante una pistola apuntándole a matar, no solo no la niegan; se reafirman en ella y, ¡más aún! piden a Dios que perdone a su verdugo. ¿Qué fortaleza y entereza son estas? Inexplicables, sin duda, salvo para quienes lo viven en primera persona.

En estos días, en muchas ciudades de España, la fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada está presentando su informe sobre los cristianos perseguidos a causa de su fe en todo el mundo, con la novedad de catalogar a países por el grado de amenaza a este derecho humano fundamental. Escalofriantes cifras en África, Oriente Medio o en Asia donde sigue habiendo mártires todos los días. El hostigamiento es tal, que hay quien habla de genocidio cristiano en algunas regiones. Esos mártires, al igual que con los primeros cristianos o los que en el contexto de la contienda civil española fueron eliminados, son una realidad y, por desgracia, están siendo invisibilizados. Esta fundación pontificia está haciendo una enorme labor por sacar a la luz este martirio y frenar el éxodo de cristianos al que muchos grupos terroristas y gobiernos están empujando. El cristiano ama la vida y la libertad. Quiere estar presente en el mundo para anunciar, con su persona, palabra y obras, la gran noticia que estamos celebrando en este tiempo, la Resurrección  de Cristo. Tenemos derecho a hacerlo en cualquier parte del planeta y a trasmitirlo de generación en generación, facilitando la experiencia de Dios en cada persona. Esos mártires de Egipto, Nigeria,China, Sudán, Irak, Myanmar, Afganistan o Etiopía son a diario perseguidos y asesinados por su fe cristiana mientras que aquí muchos desconocen estos hechos y, lo que es peor, algunos intentan eliminar la esfera religiosa de la vida social de nuestro país.

El derecho a la libertad religiosa es un derecho humano fundamental. Aún así, más de 5.000 millones de personas que alcanza casi el 70% población mundial viven en países donde este derecho está siendo gravemente vulnerado. En uno de cada tres países del mundo no se respeta la libertad religiosa e incluso en algunos Estados democráticos empiezan a darse situaciones preocupantes. Es un hecho: el cristianismo es, con diferencia, la religión más perseguida y los cristianos son masacrados en muchas zonas sin que apenas haya repercusión e incluso silenciando esta triste realidad. Anudémosles a que puedan ser cristianos libres, sin miedo, sin que pierdan a sus familias y a sus amigos, que vivan la fe con la alegría del cristiano. Esos mártires del siglo XXI son un impulso a nuestra fe pues nos recuerda el alto precio que aún se paga por seguir a Jesús, como pasó tras su Pasión, Muerte y Resurrección y en la persecución religiosa en España hace pocas décadas. Desgraciadamente, el desconocimiento de esta realidad nos adormece y nos merma el saberse privilegiados de poder ser cristianos en nuestro país –de momento– sin temor a represalias. Por ello, es importante no bajar la guardia, aquí y en cualquier parte del mundo donde se intente relegar la libertad religiosa al silencio o a la oscuridad. No solo por ser un derecho humano fundamental, sino por ser un acto de generosidad en medio de un mundo que pierde el rumbo y está desesperado.



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