Rincón Litúrgico

Martes Santo, por José Borja

Damos otro pasito más hacia la meta que es la Resurrección. Ayer veíamos como Judas hipócritamente se interesa por los pobres, y su finalidad era robar el dinero, porque era ladrón y era el preludio para la traición a Jesús. Hoy, el Evangelista Juan, nos pone a tono y nos cuenta como Pedro niega conocer a Jesús, a pesar de las insistencias de la gente que decían que él era uno de los que seguía al maestro.

La Primera Lectura de Isaías, nos vuelve a hablar del Siervo de Yahéh. Pero, esta vez, expone su propia misión a la que ha sido predestinado desde el seno materno. Y esta misión es hablar en nombre de Dios, porque el Altísimo está en el. Pero, toda fidelidad, conlleva durezas en muchos momentos, y el siervo se lamenta del silencio de Dios. Su tarea es reunir a los desterrados de Israel y ser luz para las naciones; todo esto se cumple en Jesús, nuestro Señor. El es el siervo. Su palabra trae la salvación y su muerte glorifica al Padre y su Resurrección revela el AMOR a la humanidad.

El Salmo 70: Mi boca contará tu auxilio es una oración de un anciano abandonado, pero que no ha perdido la esperanza en que Dios le auxiliará. Sería bueno, que en estos días que vivimos sentimientos, como si Dios nos hubiera abandonado, hagamos como el anciano o como el Siervo, ante la dificultad y la duda de fe le digamos al Señor: “protégeme ahora cuando me van faltando las fuerzas”.

San Juan, en el Evangelio, como decía al inicio, sigue el mismo tono sobrecogedor de que algo está a punto de suceder. Jesús da pinceladas de acontecimientos relacionados con su pasión, muerte y resurrección. Con su partida de este mundo, y vuelta al Padre. Ni el plan de Judas, de entregarlo como un malhechor, ni el de Pedro, dispuesto a dar la vida sea como sea, y lo niega tres veces, influyen en los acontecimientos de la Pasión. Todo se tiene que cumplir.
Que importante sería hoy, el poder reconocer nuestras propias miserias, nuestra fragilidad y sobre todo, ser conscientes de cuantas veces le decimos al Señor: “Te seguiré y daré mi vida por ti” y es ahí cuando a la primera de cambio, renegamos de la fe, de ser cristianos… Que triste es cuando jugamos a esa ambigüedad y dejamos que nuestro corazón se llene de miseria.

Que nuestra Santísima Madre nos ayude acoger el camino recto que nos lleva a su Hijo, y nos purifique de nuestras propias traiciones y miserias.
Especialmente, pidamos por el fin de la pandemia del coronavirus y por todos los enfermos contagiado y los que están muriendo por este virus y la soledad.

Por José Borja

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