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Mariña Ríos, presidenta de CONFER: «La vida religiosa ha estado confinada, pero no replegada»

Mariña Ríos, religiosa de la Compañía de María, se convirtió de manera interina en la presidenta de CONFER, sustituyendo a Luis Ángel de las Heras CMF cuando este fue elegido obispo de Mondoñedo-Ferrol. Cuando llegó la hora de elegir la voz que representara a la vida religiosa en España, las congregaciones volvieron a dar su apoyo a la entonces superiora provincial de la Compañía de María. Desde hace un año, Ríos es maestra de novicias de su congregación en España. Eso significa que no podrá optar a repetir este servicio, pero para la historia quedará el haber abierto un camino. Le ha tocado, desde su nivel de responsabilidad, dar respuesta a las inquietudes de muchas comunidades y congregaciones con dificultades, al tiempo que vivía su propio proceso personal y comunitario en el barrio Tetuán de Madrid.

—¿Cómo ha vivido la cuarentena?
—Dejé de ser superiora provincial para ser maestra de novicias. Nos hemos intentado plantear cómo vivir este tiempo desde la dinámica comunitaria, y cómo procesar lo que se vive leyéndolo desde la fe. Eso va desde qué podemos hacer hasta qué debemos cuidar. Además, hemos vivido la fe sin salir de casa y siendo Iglesia al mismo tiempo, de otra manera. Para nosotras, ha sido una gran ayuda la Eucaristía de los jesuitas. Por otro lado, vivimos en pisos y ha habido que buscar tiempos de descanso personales, y tirar de creatividad para que no todos los días fueran iguales. Puedo decir que el confinamiento ha sido una experiencia de formación, y depende de cómo afrontes la vida, una prueba de fe, de servicio, de gratuidad. Las tres novicias tampoco se esperaban algo así, y creo que han encontrado un espacio en el que crecer.

—¿Cómo es esa manera de ser Iglesia de la que habla?
—Al ser creyentes, ya somos Iglesia, pero no es solo la relación cercana, sino el vincularte a la Iglesia Universal. Eso ha sido más sentido que en otros momentos. Somos una congregación internacional, y esa es nuestra perspectiva.

—Precisamente, ustedes se dedican a la educación, un campo muy afectado en esta pandemia.
—Los colegios son una plataforma privilegiada para la educación, pero no la única. También otras como colegios mayores, residencias universitarias o proyectos sociales. En concreto, los colegios han tenido que replantearse cómo acompañar esta situación a través de medios informáticos, algo que no es fácil porque se ha puesto en evidencia que muchas familias no pueden tener ordenador. La brecha digital ha requerido un esfuerzo de educar, acompañar y celebrar.

—¿De qué manera?
—Fue necesario un planteamiento nuevo que, a veces, requería simplemente salir al paso de necesidades básicas y ayudar en la formación sobre el COVID, también en nuestros proyectos más sociales.

—Dentro de que la vida religiosa es diversa, ¿cómo se ha visto afectada por el coronavirus?
—Aún no tenemos datos, pero sí sabemos que hay mucha variedad. Primero, todo lo que supone que te toque la enfermedad y la muerte, que ha sido muy dispar. En CONFER hemos tenido que hacer de puente para echar una mano, incluso con las desinfecciones, sobre todo, en Madrid, porque no había medios. Sabemos de gente muy afectada, pero también hay mucha vida religiosa afectada de la que seguramente no sabemos. Segundo, ha afectado a la misión, en la que se ha permanecido de modo distinto. Y, en tercer lugar, a nivel teologal. Hay que procesar desde la fe cómo creemos los cristianos. En resumen, creo que hemos estado confinados, pero no replegados. A veces presentes en nuestros proyectos, y a veces a través de otros, como tantas religiosas voluntarias en Cáritas.

—¿Ha habido espacio para la creatividad?
—Los jesuitas o muchas diócesis han organizado acompañamiento por teléfono. En mi casa, por ejemplo, la responsable de la escuela de mujeres mayores hablaba cada tarde con su grupo: ha sido un nuevo modo de hacer misión.

—En cierta manera, los miembros de la vida religiosa se han sentido privilegiados frente a la dureza de la crisis económica. ¿Cómo se analiza eso desde el voto de pobreza?
—No puedo hablar en nombre de toda la vida religiosa, hay muchas circunstancias. Pero tenemos los bienes en común, y eso crea posibilidades porque nada es de uno, sino del común. Al mismo tiempo, muchas comunidades viven una situación económicamente frágil, y no solo contemplativas. En la medida que conocemos los casos, hay un intento de solidaridad. Ha sido un golpe muy duro para muchas obras apostólicas, también económico, y ante ello se ha hecho un gran esfuerzo. Por ejemplo, en los colegios, manteniendo al personal, no solo al del concierto, sino al de servicios. Eso significará que muchos colegios, sobre todo pequeños, tendrán que buscar la manera de cuadrar las cuentas.

—Sin embargo, la escuela concertada tiene fama de que sus alumnos pertenecen a un nivel socioeconómico alto y no deberían pasar esos apuros.
—Es un mito y sería interesante pensar cuáles son las apuestas por las concertadas. Pienso en instituciones como la mía, que apuesta por que todos sus centros sean concertados, a veces en pueblos pequeños, en barrios o en sitios de marginación. Luego habría que ver cómo el entorno marca mucho el estudiantado de un colegio, algunos llevan 100 años en el mismo sitio, y ha habido cambios. Pero es verdad que en nuestros colegios hay mucha integración.

—Alguna vez ha comentado usted que la vida religiosa tiene como tarea aportar una voz profética. ¿Cuál sería ahora?
—Lo profético es permanecer en lo pequeño, junto a los pobres y donde no es rentable ni social ni económicamente. Todo eso no se dice, o no tiene el altavoz suficiente. También la puesta en común de bienes lo es. Y es muy profético que la vida religiosa no se busca a sí misma, sino que trata de responder a este mundo, a los débiles, al cambio climático, a la trata… no nos engañemos con eso que llaman nueva normalidad, porque no sé cómo será, desde luego, normal no.

—¿Y cómo sí será?
—Mi intuición es que debe haber un cambio de fondo. ¿Qué dinamismos sociales funcionan? El COVID ha puesto en evidencia lo que sabíamos: que el sistema es injusto y la economía crece a costa de las personas. No podemos volver a lo anterior añadiendo solo medidas de cuidado, tenemos que reinventar cosas.

—Gran parte de quienes pertenecen a la vida religiosa tienen edades avanzadas. ¿Ha sido más duro el golpe de la enfermedad?
—Tenemos pendiente analizar todo ello, y sí sabemos que no queremos saber solamente los números, sino comprenderlo. Pediremos a las congregaciones aportar datos. En mi provincia, por ejemplo, la media de edad es muy alta y, con seis enfermerías, no ha habido ningún caso de COVID, pero porque no entró, en parte gracias a las medidas de cuidado.

—En muchas otras sí…
—Hay comunidades pequeñas que, por el servicio que prestan, el coronavirus entró y contagió a toda la comunidad. Y no pensemos solo en jóvenes, hemos tenido religiosos jóvenes y de mediana edad que han estado en la UCI y que incluso han fallecido.

—¿Cree que esa respuesta «profética» de la vida religiosa puede dar signos de resurrección, e incluso de nuevas vocaciones?
—Puede que la pandemia sea un factor para plantearse la fe y el seguimiento de Jesús, no solo en la vida religiosa, sino en general, llevando a la gente a adquirir nuevos compromisos. Siempre hemos de discernir las motivaciones de una vocación, también si puede ser efecto de un shock, que cabe la posibilidad de que sea una mediación. Al final, la vocación es la llamada de Dios a vivir un camino en el que uno se tiene que sentir en su piel.

—¿Cuál ha sido su experiencia más significativa en estos meses?
—La primera, el cambio de hora y de luz en el aplauso; me resultó impactante pasar a ver quién tenía enfrente en la calle y echar en falta a quienes no veía una tarde, y preguntarme si es que le había pasado algo. Empezamos a conocer gente gracias a ello. Otra, en el momento duro en el que no había medios en Madrid, cuando te llegaban las necesidades de la gente y no sabías por donde salir. Destaco también la Semana Santa vivida en clave de lo que supone experimentar la Pasión y el triunfo de la vida. Lo que hemos pasado es el misterio pascual, con el emerger de una bondad que ya existía.

—Habla del emerger de la bondad, pero también ha habido cosas malas. El Papa decía que de una crisis así se sale mejores o peores, pero no iguales. ¿Por qué se inclina?
—Sería ser adivino… creo que hay cosas en las que saldremos mejores, como en la conciencia de que somos una familia universal y todos somos responsables de la vida en el planeta. Algo tiene que avanzar ahí. Hay una conciencia de la repercusión de nuestras acciones individuales. O nos protegemos todos, o nadie. Al mismo tiempo, hay gente que clama contra los migrantes y sale lo peor como sociedad. Al final, debemos generar procesos con creatividad evangélica y sacar vida donde parece que solo hay destrucción.

—En este punto, los cuidados han sido especialmente importantes, y se relacionan especialmente con las mujeres.
—Debemos tener reverencia ante toda vida. Porque todo está conectado: los humanos, el ser humano y el planeta.

—Ese «todo está conectado» está en Laudato Si’. ¿Qué tiene que ver la ecología integral en todo esto?
—En medio de la pandemia se ha celebrado el quinto aniversario de la encíclica y nos tiene que hacer más conscientes de la necesidad de cuidar la Tierra, los pobres y la vida. No sé si todo esto permitirá una acogida más honda de la Laudato Si’, pero es algo que llevamos años trabajando desde CONFER. Ahí está, por ejemplo, el grupo «Enlázate por la Justicia». Pienso también en las novicias que han entrado hace poco a la vida religiosa en mi comunidad y han descubierto cómo rezar con esos textos.

—¿Qué ecos llegan de la vida religiosa desde otros países?
—Había, hace poco, una conferencia de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG) sobre qué es la vida religiosa. La pandemia crea situaciones que tienen que ver con las realidades de los pueblos. Por mi congregación me llegan cosas, también por la prensa. Probablemente, en otros lugares afectará más y más tiempo; pienso en América Latina, por ejemplo. Y es cuando tenemos que mirar al sentido de humanidad, de Iglesia universal.

—Hablábamos de los cuidados, donde las mujeres son mayoría. ¿Puede servir para avanzar con la situación de la mujer en la Iglesia?
—El cuidado es bueno, una aportación que nos ha recordado la pandemia. Había cosas que dábamos por supuestas en la sociedad y ojalá dure esta lección. Se puede poner en valor evangélico el sentido del cuidado como aportación de la misión y del centro de la misión de la Iglesia. Pero la mujer aporta más cosas: desde hace siglos en la vida religiosa, las mujeres nos hemos organizado, hemos sido autosuficientes, y hemos fundado proyectos y comunidades en sitios arriesgados. Fuera de la vida religiosa, las mujeres laicas han sido las principales educadoras de la fe.

—¿Quizá hay un peligro de encasillar a la mujer en el papel de cuidadora?
—Sea por lo que sea, incluso por condicionamiento social, el cuidado es algo que muchas mujeres desarrollamos. Pero no es exclusivo de las mujeres, podemos mirar a la aportación que hacen en este campo congregaciones masculinas como la Orden de San Juan o los Camilos. Las mujeres no somos un monolito: tenemos diferente edad, condición, formación, mentalidad… y creo que a veces hay un potencial que no sale. La pregunta no es por «la mujer», sino por «cada mujer». Y, en ello, nosotras tenemos que atrevernos a dar pasos.

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