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Rincón Litúrgico

María, peregrina de la fe, por José-Román Flecha (Diario de León, 18-5-2014)

María, peregrina de la fe, por José-Román Flecha (Diario de León, 18-5-2014)

Jesús es el mensajero de nuestra fe. Es el modelo del creyente. Y es el Dios en quien creemos los que hemos sido llamados a seguirle. Junto a Jesucristo se nos presenta, cercano y asequible, el icono de María. 

En su carta La puerta de la fe, Benedicto XVI evocaba los misterios de la vida de María, engarzados en el hilo de su fe confiada y perseverante. En breves pinceladas, su reflexión inspira nuestro decálogo:

– En un gesto generoso que sólo brota de la fe, María acogió la palabra del Ángel del Señor y creyó en el anuncio sorprendente  de que ella habría de convertirse en la Madre del Señor (cf. Lc 1, 38).

– En la visita a su pariente Isabel, María prorrumpió en un canto de alabanza al Omnipotente, por la elección de que había sido objeto y, sobre todo, por las grandes maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él con humildad (cf. Lc 1, 46-55).

– Cumplido el tiempo y en circunstancias lamentables, impuestas por las razones políticas y por los intereses humanos, con gozo y con temblor dio a luz a Jesús en Belén de Judá (cf. Lc 2, 6-7).

– Al presentar a Jesús en el templo de Jerusalén, la voz de Simeón alimentó en ella la fe en aquel Hijo que venía a culminar la gloria de Israel y a traer la luz para iluminar a los gentiles (cf. Lc 2, 22-32).

– Guardando todos los recuerdos en su corazón, María alimentaba su fe durante las horas silenciosas y los años en que Jesús crecía en Nazaret, dando pruebas de sabiduría y de fidelidad a los planes de Dios  (cf. Lc 2, 19.51),

– En horas de peligro, por la amenaza dictada por la rabia de poderes altaneros, junto a José de Nazaret, su esposo y custodio de su Hijo, libró a Jesús de la ira de Herodes, llevándolo hasta las tierras de Egipto (cf. Mt 2, 13-15).

– Tras buscar a Jesús, entre angustias y preguntas, lo encontró en el templo discutiendo con los doctores de la Ley, y con fe hubo de aceptar la misión que llevaba a su Hijo a ocuparse de las cosas del Padre celestial (cf. Lc 2, 41-50).

– Fue aquella misma fe la que la impulsó a seguir al Señor en su predicación, preocupada siempre por la suerte que amenazaba al que había sido presentado como una bandera discutida (Mc 3, 20-21; 31-35)

– Gracias a la fe encontró la fuerza para permanecer fielmente junto a la cruz de Jesús y para aceptar el encargo de cuidar como madre del discípulo amado y de la comunidad de los discípulos del Hijo (cf. Jn 19, 25-27).

– Con fe firme y esperanza invencible, María  permaneció unida en oración con los Doce discípulos de su Hijo, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el don del Espíritu de la verdad y de la luz (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).

María es para los cristianos el icono de la verdadera peregrina de la fe. Ella es modelo de la familia de los discípulos de su Hijo. Por eso María puede ayudar a los creyentes a recordar las raíces de su propia fe y a aceptar las consecuencias que comporta la fe en la vida de cada día.

 

José-Román Flecha Andrés

 



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