Iglesia en España Última hora

María Francisca Sánchez: «Poner rostro a los números de esas listas anónimas»

María Francisca Sánchez es la nueva directora de la Subcomisión para las Migraciones y la Movilidad Humana de la CEE. La hasta ahora responsable del departamento de Trata ha sustituido al jesuita José Luis Pinilla, tras 12 años al frente de los temas migratorios en el episcopado. En un momento en el que el coronavirus viene de la mano con otras muchas pandemias que afectan a los más vulnerables, desde la Subcomisión se afronta esta jornada mundial «con cautela y precaución, pero sin miedo», con el objetivo de visibilizar la realidad de los migrantes y refugiados, de los desplazados internos, «y de unirnos a toda la Iglesia en estos momentos tan duros especialmente para las personas que se encuentran en situación de exclusión» y a su vez promover «un enriquecimiento mutuo a todos los niveles».

—Este año el lema profundiza en los desplazados internos. ¿Cómo mostrar esta realidad que es invisible para tantos?
—Es una realidad que por tratarse de una situación que no traspasa fronteras, no es considerada como un problema al que dar respuesta a nivel internacional por parte de otros países, donde la legislación sí ampara estas situaciones. El desplazamiento interno se circunscribe a las fronteras del propio país y son, por lo tanto, las autoridades competentes de los propios países quienes han de dar respuesta. Los desplazados internos solo pueden aspirar a recibir protección y ayuda de sus propios gobiernos, sin tener acceso a protección internacional o al asilo en otros países. Es por ello que el Papa Francisco nos llama la atención sobre esta realidad, ya que en la mayoría de los casos no se recibe una respuesta adecuada o solución a sus problemas. Para ello retoma el lema del año 2018, en esta ocasión destinado a los desplazados internos, donde los verbos y acciones que se proponía para toda la Iglesia eran «acoger, proteger, promover e integrar».

—Los obispos alertan en su mensaje que esta es una jornada que trata de poner rostro a las personas vulnerables «rescatándolas de las listas anónimas de cifras». ¿Cómo sensibilizar a la población de esta realidad?
—Sensibilizar tiene como objetivo tomar conciencia de un hecho o una realidad, desde todas sus dimensiones, causas y consecuencias, para así poder adquirir un compromiso y dar respuestas. El primer paso para sensibilizar es invitar a conocer para poder comprender, poner rostro, historia y vida a los números de esas listas anónimas. Dios ha destinado los bienes de la tierra a toda la humanidad, no solamente a unos pocos privilegiados, por lo tanto, se nos pide que compartamos con quienes no tienen, porque, como dice el Papa, «todos estamos en la misma barca».

—Debido a la complejidad de este asunto, hay estructuras legales muy férreas. ¿Cómo comprender el hecho migratorio en tiempos tan difíciles?
—El ser humano es migrante por naturaleza, a lo largo de los siglos la población ha estado prácticamente en continuo movimiento. Si no pensamos en términos de familia humana y no somos capaces de comprender que las migraciones no son un problema sino la consecuencia de muchos problemas, será difícil tomar conciencia de los vínculos que nos conectan y de la implicación que debemos tener para mejorar la vida de las personas que vienen de lejos, especialmente de las que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad, los más pobres de la tierra. Los migrantes son sin duda una gran riqueza para la población autóctona a muchos niveles. Es así como debemos abordar el hecho migratorio, como una oportunidad y no como una amenaza ante la cual debemos estar preparados y alerta, con una buena defensa que nos anestesie frente al dolor de quienes llaman a nuestras puertas pidiendo ayuda.

—¿Y cuáles pueden ser las soluciones?
—Es obvio que la solución más idónea es trabajar sobre las causas que provocan las migraciones, sobre todo las forzosas, para que nadie se vea obligado a dejar su hogar y sus raíces. Pero estas soluciones no solamente no llegan, sino que con el tiempo las causas se agravan. Ante una realidad que crece, hemos de saber responder estableciendo rutas migratorias seguras y legales, articulando modelos de acogida y hospitalidad para quienes no encuentran alternativas en sus propios países, haciendo hueco para ellos, ofreciendo espacios de encuentro, cauces de integración, etc. Como consecuencia del COVID-19 nos enfrentamos a una situación muy complicada para todos. En algunas zonas del planeta las consecuencias sanitarias y económicas han sido especialmente dramáticas, viéndose afectadas las personas más vulnerables, entre ellos los migrantes, los refugiados y los desplazados internos. Esto provocará sin duda un incremento de los flujos migratorios que tendremos que abordar de forma conjunta y desde una perspectiva más global, una situación que requerirá de respuestas eficaces y rápidas por parte de la comunidad internacional. Está en juego muchas vidas y el futuro de muchas personas.

—En este mundo globalizado ¿cómo cambiar la mirada al migrante para que se convierta en enriquecimiento y no en amenaza?
—El Papa Francisco nos ha recordado que nadie se salva solo, que todos estamos en el mismo barco y que debemos compartir para crecer juntos, sin dejar fuera a nadie. Esta es una gran exigencia, ya que supone estrecharse un poco y dejar lugar a quienes llaman a nuestra puerta. A nadie nos gusta perder, y menos las seguridades y comodidades del Estado del Bienestar en el que vivimos. El migrante es ante todo un ser humano con vida propia, con familia, con raíces y con historia, con capacidades y cualidades, tiene dignidad y unos derechos que han de ser garantizados y respetados, como toda persona.
El migrante es generalmente visto como alguien que viene a arrebatarnos algo, a incomodarnos, a desestabilizarnos, porque es algo desconocido y nos desconcierta. También porque la mayoría de las personas migrantes proceden de países pobres o en vías de desarrollo, vienen con muy poco a nivel material, y pensamos que no tiene mucho que aportar desde el punto de vista meramente material. Sin embargo, estamos viendo continuamente cómo determinados trabajos se están realizando prácticamente solo por migrantes, como por ejemplo en el sector agrario, en el servicio doméstico o la hostelería. Cuántos ancianos están siendo cuidados por mujeres migrantes, o cuánta fruta y hortalizas llegan a nuestros supermercados gracias al trabajo de los migrantes.
El encuentro en la diversidad siempre aporta un enriquecimiento mutuo a otros niveles, porque al migrante no solo se le ha de ver desde el punto de vista laboral como mera mano de obra, sino desde los diversos ámbitos y espacios donde estamos llamados a compartir y, por lo tanto, a crecer juntos.

—¿Cuáles son los retos prioritarios de la subcomisión en este contexto?
—En esta nueva etapa nos hemos marcado un itinerario en el que creemos que es fundamental conocer y dar a conocer la situación legal, administrativa y de vulnerabilidad que tiene el migrante y articular mecanismos para ser voz ante las administraciones públicas. Por otro lado, es necesario seguir abriendo e implementando mecanismos y modelos de acogida y hospitalidad para acompañar y sostener a los más vulnerables. La pandemia está teniendo dramáticas consecuencias sobre familias migrantes que ya se encontraban en situación de precariedad, acrecentando aún más la fragmentación social que ya existía. Para afrontarlo tenemos que potenciar el trabajo en red y coordinado con otras entidades, de la Iglesia y de la sociedad civil, para dar no solo una atención unificada y de emergencia, sino también acompañar otras facetas como la laboral, social, legal y espiritual.
Otro de los retos es continuar con la labor que ya se viene realizado de sensibilización a la comunidad cristiana, para que sea la propia parroquia la que se implique en todo el plan de acogida, abriendo no solo las puertas físicas de los templos sino también el interior de las comunidades.

Por Sara de la Torre y Asier Solana

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME