Carta del Obispo Iglesia en España

María, por Celso Morga, arzobispo de Mérida-Badajoz

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María, por Celso Morga, arzobispo de Mérida-Badajoz

Queridos fieles: El inicio del mes de mayo nos invita a volver nuestros ojos y nuestro corazón a la Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Dios -como nos enseña el Concilio Vaticano II- infinitamente sabio y misericordioso, queriendo llevar a cabo la redención del mundo, «al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, nacido de mujer,… para que recibiésemos la adopción de hijos», como escribe, inspirado por el Espíritu Santo, san Pablo a los cristianos de Galacia en Asia Menor, la actual Turquía.

El símbolo de la fe, definido en el primer Concilio de Constantinopla, y que hoy podemos recitar en las misas de los domingos y solemnidades dirá que Dios envió a su Hijo, «el cual, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó de la Virgen María». Al sí de María el Verbo se hizo carne y habitó y habita entre nosotros puesto que el misterio de la salvación, iniciado con la Encarnación y la Redención, se continúa en la Iglesia, fundada por el Señor como Cuerpo suyo. Este misterio es realmente grandioso y supera toda nuestra capacidad.

Pensar que el mismo Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, quiso, por amor, nacer de Santa María Virgen, convivir en familia, trabajar, caminar, tener hambre y sed, llorar y gozar, amar con un corazón humano, convivir entre nosotros, morir en cruz y resucitar y entrar en comunión íntima con toda la humanidad a través de su Cuerpo místico, que es la Iglesia, todo esto es algo inaudito. Y, sin embargo, ¡nos acostumbramos a ello! ¡No le damos más importancia! ¡Nos parece casi hasta normal! Hay un camino para no acostumbrarse a ello, para darle cada vez más importancia en nuestras vidas, como aquellos Santos Padres y Obispos que, en los primeros siglos del cristianismo, se esforzaban hasta el extremo de sus fuerzas por fijar con claridad el misterio de la Encarnación contra los que intentaban negarlo. Este camino es venerar la memoria de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo. En efecto, Ella nunca se acostumbró al misterio. Siempre lo vivió y lo vive ahora en el cielo como “en carne viva”, como si fuera siempre aquel momento sublime en el que dio su consentimiento al anuncio del Ángel.

Por ser de la estirpe de Adán y por ser la Madre de Cristo, Ella está unida como Madre con todos los hombres y mujeres que necesitan de la salvación. Como enseña san Agustín es «verdadera Madre de los miembros (de Cristo)…, por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza». No debemos acostumbrarnos al gran misterio de la Encarnación ni podemos acostumbramos a ver los muchos sufrimientos, miserias y necesidades de las mujeres y hombres de nuestro tiempo, pasando indiferentes ante ellos. Si Cristo, por su Encarnación y Redención, ha querido unirse misteriosa pero profundísimamente con cada uno, con cada una, la Madre de Cristo es también la Madre de cada mujer, de cada hombre que puebla este mundo. Ella nos ha precedido y nos acompaña en esa solicitud maternal y paternal por todos los hombres. Ella, glorificada ya en los cielos en cuerpo y en alma, es imagen y principio de la Iglesia, que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura. Ella ahora nos precede con su luz radiante y gloriosa a los que todavía peregrinamos por esta tierra como signo de esperanza cierta y de consuelo grandísimo hasta que llegue el día del Señor.

+ Celso Morga
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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