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Como María, al pie de la Cruz

Como María, al pie de la Cruz

Hoy, como nunca, escribo en una mañana de domingo. Me duelen las manos mientras lo hago, pero el lápiz que sostiene mi alma sabe que este andar revolucionario no conoce de calendarios. Afuera llueve, aunque dentro es primavera. El latir acompasado de cada gota sobre mi ventana, amaina el vaivén de unas campanas que, de fondo, anuncian la hora del Ángelus. Y ahí veo a María, al pie de la Cruz, junto a la madre que, desconsolada, me acaba de abrazar: rotas por dentro, las dos, pero enteras en su amor.

Pienso en silencio e intento calmar mi sed, pero esa mirada doliente que buscaba en mi mirada un puñado de esperanza resucita mi desasosiego. ¿Acaso puede la fe acorralar al dolor, aun en medio de una batalla incomprensible, injusta y cruel?, pienso para mí. Congelado, enjugo el desliz que su lágrima de madre ha dejado en mi mejilla. Medito en su agonía, en el latido que me hizo incapaz de iluminar su cansancio, y resucito en el anhelo de creer. Pero caigo, de nuevo. Lento, taciturno, sin luz. Y la respuesta que dejó sobre mis adentros al terminar la Eucaristía, como una losa que yace inerte, atraviesa mi corazón: «¿Cómo voy a estar, si mi hijo está muy mal y es lo único que tengo?».

En silencio, abandono mi oración sobre el cáliz de su herida. Y busco a ese Dios que, siendo todopoderoso, acabo de comulgar –detrás de ella– en un humilde y sencillo trozo de pan. Apesadumbrado, me obligo a vagar a la intemperie de un silencio tan congelado como mi espíritu. ¿Por qué, Señor, por qué?, me repito a mí mismo, una y otra vez. Me duelen sus lágrimas de madre, el desaliento de sus pupilas, el grito constante que suplica la salvación de su hijo mayor, y también menor, porque no tiene más, porque es lo único que tiene… A lo lejos, un viento impetuoso silba entre dos hojas sin hogar; y, a dos metros, un pájaro se posa en un rincón de mi ventana. Silente, me habla de hogar, de ternura infinita, de confianza en medio del temblor. Y aunque tirita de frío, me mira sin pavor, como si su casa siempre hubiera estado allí. Para dejarme vencer, para enseñarme que la lluvia no es capaz de inundar el corazón cuando en él habita, apasionado, el latido de un Dios pobre, sufriente y débil. En la fragilidad de nuestros miedos, en la melodía emocionada del gorrión que posa sus alas sobre una lacerada cruz de madera y resucita, con su canción, el vivir de quien ama eternamente.

Y en un suspiro de plegaria, vuelvo a asomarme por la ventana y les veo a los dos, madre e hijo, asidos del brazo, sonriéndose como nunca. Y me sigue faltando la palabra con que aliviar el llanto de aquella madre, pero no el abrazo donde ayudarle a descansar lo que duele, acompañando el coraje que atesora su esfuerzo, creyendo –con ella y en ella– que el hijo que tanto le duele es el mismo Jesús de Nazaret. Y ella, como María, gime desconsolada en cada espina de su corona. Pero le queda el corazón para ampararle en su amargura, para bajarle de la Cruz y hacerle sonreír, y para enseñarnos que, entre una madre y un hijo, la entrega es tan solo la pasarela que conduce al incansable camino del amor.

Carlos González García

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