Iglesia en España Última hora

Manuel Martínez-Sellés: «Es especialmente cruel tramitar la Ley de eutanasia en estos momentos»

Se emociona al contar cómo había visto a sus compañeros dar la vida por sus pacientes durante la pandemia. Es Manuel Martínez-Sellés d´Oliveira Soares (Lisboa, 1971), médico, cardiólogo, escritor, catedrático de Medicina y jefe de Sección de Cardiología del Hospital Gregorio Marañón de Madrid. Se acaba de convertir en el presidente del Colegio de Médicos madrileño. Hijo y nieto de médicos, es padre de ocho hijos, de los cuales dos de ellos también estudian Medicina. Martínez-Sellés, miembro de la Congregación Mariana de Valdemoro y colaborador de ECCLESIA, vive profundamente el Evangelio, sostenido en la Palabra de Dios y alentado, con humildad, por su compromiso cristiano.

—¿Cómo nace esta iniciativa de presentarte a este cargo, que por cierto, ya ostentó tu abuelo hace más de 60 años?
—Aun con esa referencia familiar, es un mundo que me es ajeno. Me metí básicamente porque el presidente saliente apoyó explícitamente la eutanasia y en ese momento pensé «basta ya», no puedo estar colegiado en un colectivo que defiende unos valores que yo no comparto en absoluto. Por otro lado, había muchos más médicos con mi misma opinión y junto a ellos he acabado donde estoy ahora. Yo creo que desde esta posición se puede hacer mucho bien y en esto vamos a trabajar, en potenciar un Colegio de Médicos cercano, ético, científico y coherente. Defender un ejercicio de la Medicina basado en un juramento hipocrático, donde se luche por la dignidad de la profesión y el correcto ejercicio de la Medicina. En Madrid hay 47.000 médicos y en esta situación de pandemia, en esta segunda ola, creemos que se necesita este colegio con fortaleza y compromiso real.

—Además, una profesión que fue aplaudida durante todo el confinamiento, pero ahora cuestionada tanto por las condiciones laborales como por las huelgas de algunos colectivos. ¿Cómo lo afrontas?
—Cabe destacar que la profesión médica ha sido siempre muy valorada. Pero es cierto que durante esta pandemia este reconocimiento ha crecido. Un reconocimiento muy merecido porque sinceramente yo he visto actuaciones heroicas en muchos de mis compañeros. Han dado la vida por los enfermos, en el sentido literal, porque han enfermado y muchos han muerto. Insisto, es un reconocimiento más que merecido.
Respecto a las condiciones laborales, es ahí donde no se traduce ese reconocimiento. Ganamos hasta tres veces menos que nuestros colegas de los países de nuestro entorno y eso repercute en los conflictos activos actuales. Y compartiendo en su totalidad todas sus reivindicaciones, lo que sí pienso es que en este contexto de pandemia no es momento de hacer huelgas. Pero insisto: comparto totalmente la necesidad de mejorar nuestras condiciones laborales que encima hace que en la comunidad de Madrid sea difícil contratar médicos. A todo esto hay que sumar la cantidad de sanitarios que están infectados y de baja, con el agravante de que se están usando médicos para las labores de rastreo, cuando deberían usarse recursos humanos que no afectaran al correcto funcionamiento de los centros de salud.

—¿Cómo valora la gestión de la pandemia?
—Yo soy cardiólogo, no soy experto en gestión de pandemias, así que no puedo opinar en cómo se ha llevado a cabo. Lo que sí lamento es que las decisiones no hayan estado consensuadas con un comité de expertos. A los profesionales nos asombra que no existiera ese comité que asesorara en la toma de decisiones tan complicadas como a las que nos hemos enfrentado. Todos nos podemos equivocar, pero está claro que con un equipo de profesionales en la materia, las probabilidades de error descienden.
Hace un mes, se publicó una carta en la revista médica The Lancet, en la que un grupo de expertos nacionales e internacionales pedía que se creara un comité independiente que valorase «los errores evidentes» en la gestión de esta pandemia. Somos el país del mundo que peor nos ha ido, con lo que está claro que las cosas no se han hecho de la forma más adecuada. Nuestra prioridad una vez aterricemos en el colegio será esa: establecer un comité independiente de expertos que nos asesore sobre el tipo de decisiones que hay que tomar teniendo en cuenta solo factores clínicos y epidemiológicos. Entendemos que hay factores sociales y económicos, y lamentablemente políticos en esta pandemia, lo que es triste es que se estén tomando decisiones en torno a estos intereses en vez del interés general de la población, que es lo que debe primar.

—En esos errores de los que hablamos impacta en que las autoridades ni siquiera se pongan de acuerdo en el número de fallecidos a causa de la pandemia. Eso como ciudadano crea una sensación enorme de orfandad ante los políticos, sobre todo cuando en este contexto ponen en trámite una Ley como la de la eutanasia. ¿Era el momento de promover esa Ley cuando además el colectivo más afectado es el de los más mayores?
—Está claro que en España se ha reaccionado tarde y mal. Eso no lo puede cuestionar nadie, no hay ninguna duda. Además, se ha hecho muy mal en el tema de la gestión de la información. En este punto, una ley que apruebe la eutanasia no sería aceptable en ningún tiempo. Pero es particularmente inoportuna en este momento en el que todo el sistema sanitario está luchando por salvar la vida de los pacientes, que nos hemos dejado la piel, doblando turnos, nos hemos quedado sin vacaciones… Asimismo es especialmente cruel que se tramite la Ley de la eutanasia en un país como el nuestro en el que no están desarrollados los cuidados paliativos. Se recomiendan 2 servicios de cuidados paliativos por cada 100.000 habitantes. En España tenemos 0,6. ¡No llegamos ni a la mitad! Tenemos una situación en la que hay pacientes con una enfermedad muy avanzada, en la que en los últimos meses de sus vidas no les estamos dando un soporte adecuado a sus síntomas, controlando todas las esferas que repercuten en estos cuidados, paliando el sufrimiento físico, psíquico y espiritual. Así que en vez de implementar una ley que promueva estos cuidados, lo que hacemos es legalizar la posibilidad de matar a estas personas. Como he dicho es muy cruel y particularmente, insisto, inoportuna.

—A veces da la sensación de que confundimos conceptos de cuidados paliativos y eutanasia.
—Cien por cien. Aquí ha habido una confusión, que en parte ha sido intencionada. Se equiparan dos cosas que son opuestas. A eso hay que sumar que se ha ideologizado la defensa de la eutanasia como un argumento progresista y de izquierdas.
Por otra parte, respecto a los conceptos hay varias dificultades. La OMS la define como «el acto que pone fin a la vida de un paciente que está sufriendo», es decir, que tiene que haber una intención clara de matar al paciente para considerarse eutanasia. Esto de la intención es muy importante porque a veces se confunden actos que no tienen como fin matar a un paciente, como cuando se aplica un tratamiento y el paciente muere sin intención del profesional. Los cuidados paliativos son totalmente lo contrario. Cuando alguien está sufriendo, el facultativo proporciona medidas para que inmediatamente deje de sufrir. Por lo tanto «son el día y la noche». ¿Por qué decía antes que es cruel desarrollar la eutanasia en lugar de los cuidados paliativos? Porque precisamente en el momento en que nos encontramos, en el que hemos sido capaces de paliar ese sufrimiento, con alternativas terapéuticas para controlar no solo el dolor, sino otros muchos síntomas, justo en este momento, cuando más preparados estamos y más alternativas tenemos, se legaliza la eutanasia.

—Entonces, quizá lo que necesitemos es más formación.
—Así es. Yo hice el máster en el Instituto Juan Pablo II, al que le estoy muy agradecido, y mi tesina fue precisamente sobre la Bioética en el inicio y final de la vida. Justo lo que pretendía era aclarar todos estos conceptos. A principios de este año, tras mucho tiempo actualizándola, la convertí en libro con la editorial Rialp (Eutanasia: Un análisis a la luz de la ciencia y la antropología). En el texto trato de explicar los argumentos de quienes defienden la eutanasia, que existen y que no se pueden obviar, y a veces caemos en el error de ignorarlos. Es importante conocer ese argumento, que se basa en la libertad de toma de decisión de cada uno, para argumentar que en países donde la eutanasia es legal, lo que se ha conseguido es precisamente lo contrario: una pérdida de autonomía de los pacientes que con enfermedades terminales avanzadas se sienten presionados a pedir la eutanasia para evitar ese sentimiento de carga que pueden tener respecto a sus familias o a la sociedad. Así empieza la pendiente resbaladiza: En Holanda comenzó la eutanasia para casos muy concretos y hoy en día se practica con ancianos con demencia, con niños con discapacidad e incuso a pacientes que por su propia condición médica ni siquiera la podrían pedir.
Es triste que la gente, incluso con buena intención, por el desconocimiento que hay leyendo la prensa, lamentablemente cada vez más ideologizada, pueda llegar a pensar que España es la excepción de todos los países en esta cuestión, cuando solo el 0,3% de la población vive en países donde está legalizada la eutanasia. Esto sería también un motivo de reflexión.
Además, muchas veces en la prensa se mezclan todos estos conceptos: La dignidad, la calidad de vida… Solo un paciente de forma individual puede saber la calidad de vida que tiene. Una paciente centenaria, que venía en silla de ruedas, frágil pero cognitivamente perfecta, calificó en mi consulta con un 8 su calidad de vida (0 era lo peor y 10 lo mejor).
Esto se puede llevar al extremo: Hace tres años se publicó el primer contacto que se tuvo con personas con la «enfermedad del cautiverio», que no tienen capacidad de hacer ningún movimiento voluntario. A través de estudios neurofisiológicos se ha conseguido que pensaran «sí o no» de manera que las alteraciones cerebrales eran distintas. Fue muy bonito ver que los cuatro pacientes estaban satisfechos con su existencia. Y esta es la peor situación clínica que uno se pueda imaginar. Con lo cual solo cada uno sabe la calidad de vida que tiene, algo que no tiene nada que ver con la dignidad de la persona, porque por el simple hecho de ser personas tenemos una dignidad máxima que nadie nos puede quitar, por muy enfermo que esté el paciente. Abrir la puerta a esto, sería abrir «controles de calidad» para decidir quién tiene que seguir viviendo.

—¿Todo esto tiene que ver también con la economía?
—Lamentablemente sí. La repercusión económica de esto tiene que ver con que vamos hacia un verdadero suicidio demográfico, no se promueve la natalidad y la alternativa parece ser esta. La eutanasia tiene unas repercusiones evidentes. Por ejemplo, en la Alemania nazi, cuando se quiso intentar que la opinión pública se posicionara a favor de la eutanasia a niños discapacitados, se colgaban carteles en los que se exponían cuánto costaba al Estado alemán mantener a un niño con discapacidad. Por eso, el trasfondo económico que hay detrás de todo esto no se puede olvidar.

—En lo que llevamos hablando, desde el principio hasta ahora, solo hemos hablado de la fe en un momento. Es decir, que podemos hablar de esto sin mencionar las creencias de cada uno, solo basándonos en criterios antropológicos.
—Es que se puede defender que la eutanasia es inadmisible desde el punto de vista humano. Se puede defender la vida sin entrar en argumentos cristianos, que es lo que evidentemente haré desde mi posición como presidente del Colegio de Médicos, donde habrá colegiados que no tengan ningún tipo de fe. Es una gran verdad que los médicos mayoritariamente estamos en contra de la eutanasia. Pero lo que más interesante me parece es que los médicos que reciben estas peticiones, que son muy pocas, son los paliativistas y ellos mismos son los que más en contra están de la eutanasia. Saben que cuando un paciente pide la eutanasia, lo que está pidiendo es que le controles los síntomas, que le trates la depresión, que no le abandones… Hay que destacar que la ley que se va a aprobar es de obligado cumplimiento, es decir, si un paciente te pide la eutanasia, tú estás obligado a matarlo, lo que implica de forma especial a los médicos de Atención Primaria. Además, va a ser una ley que va a destruir la relación de confianza médico-paciente. Es decir, en España un paciente que va a un centro de salud o a un hospital sabe que lo que le van a hacer es por su bien. Cuando se legalice esta ley, lo que va a pasar es que vamos a perder la confianza en el médico, como ya ha sucedido en los países donde se ha legalizado la eutanasia. Hay ancianos holandeses que se están yendo a las residencias de Alemania porque tienen miedo a quedarse en su país ya que temen que les puedan matar. No solo se va a perder la confianza en el sistema sanitario, sino que se va a perder la confianza también en las familias, porque a lo mejor es que yo quiero la herencia de mi padre… Va a ser muy triste cómo va a cambiar nuestra sociedad si se aprueba esta ley.

—Sobre todo porque no parece que haya una demanda social…
—Es que la demanda social es hacia los cuidados paliativos. La eutanasia es puramente ideológica. Hay mucho paciente que está sufriendo y no se le está tratando de forma adecuada. Lo que le gustaría al paciente y a su familia y lo que demanda la población es una ley que implementase los cuidados paliativos y además a nivel nacional. El documento Samaritanus Bonus, así como el de la CEE del año pasado, Sembradores de esperanza, pueden guiar a muchos cristianos que en este asunto están perdidos. Pero igual que hay que evitar que se identifique la eutanasia con alguna ideología política, también hay que evitar que se identifique la defensa de la vida con el cristianismo o el catolicismo. Porque hay gente que no tiene el don de la fe y de hecho tengo compañeros que están completamente en contra de la eutanasia por motivos puramente humanos.

Por Sara de la Torre y Silvia Rozas FI

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME