Manuel Bretón
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Manuel Bretón, presidente de Cáritas: «Estamos canalizando una corriente de solidaridad pocas veces vista antes»

Ha pasado la crisis del COVID como millones de españoles: confinado y teletrabajando. Y, por supuesto, preocupado, muy preocupado: por los suyos (es padre de cinco hijos y abuelo de diez nietos), y por los últimos, por los más desfavorecidos de la sociedad, por aquellos a quienes se debe en calidad de presidente de Cáritas Española. Manuel Bretón Romero (Madrid, 1946) no duda en reconocer que vivimos ya una auténtica «emergencia social», pero constata también que Cáritas, a cuya presidencia llegó en 2017, está canalizando una corriente de solidaridad pocas veces vista con anterioridad. ECCLESIA ha conversado con él.

—Antes de nada, dígame. ¿Ha entrado el COVID en alguna de las residencias de Cáritas? ¿Sabe si han muerto ancianos en ellas?
—Carecemos todavía de datos globales. Por el momento, solo tenemos constancia de que de las 31 residencias que gestionamos en 22 Cáritas diocesanas, tres de ellas han reportado efectos a causa del COVID-19. Y por supuesto, también entre los afectados ha habido fallecimientos. Estas pérdidas nos han partido el corazón (…).

—¿Cuáles son los principales quebraderos de cabeza del presidente de Cáritas en estos momentos? ¿Por qué colectivo vulnerable está especialmente preocupado?
—No solo míos, son los quebraderos de cabeza de toda la Confederación. Y tienen que ver con la protección de los derechos básicos de las personas más vulnerables, de esos descartados cuyo número se ha multiplicado a causa del coronavirus. Nuestra preocupación es especialmente grave en el caso de desamparo extremo que afecta a las personas sin hogar y a quienes viven en condiciones auténticamente infrahumanas en los asentamientos de algunas zonas de Huelva, Almería, Lleida o Tenerife. Las condiciones del confinamiento han sido de imposible cumplimiento para muchos de ellos. La pandemia, además, ha dejado sin fuente de recursos a personas que ya antes venían arrastrando graves carencias en vivienda, educación, salud o alimentación. Es el caso de las familias víctimas de desahucios, con todos sus miembros en paro y sin ningún tipo de ingreso económico, los inmigrantes indocumentados, los temporeros o las empleadas de hogar. Esta crisis social y económica ha dejado a todas estas personas, en contra de lo que se dice, completamente atrás. En dos meses se han perdido todos los síntomas de incipiente recuperación que comenzaban a asentarse tras la devastadora crisis de 2008.

—El número de peticiones de ayuda a las Cáritas diocesanas se ha incrementado un 77% durante el confinamiento. Una de cada tres personas no había acudido nunca a ustedes. ¿Estos nuevos usuarios de sus programas son provisionales o van a seguir necesitando de su ayuda?
—Habrá de todo. Hay casos a los que estamos prestando ayuda de emergencia que dejarán de necesitar este apoyo y otros que seguirán necesitando acompañamiento a más largo plazo. Todo va a depender de cómo evolucione la situación económica y social, aunque todo indica, por desgracia, que estamos ante una crisis de largo recorrido y que en los próximos meses seguiremos atendiendo a personas acuciadas por la precariedad provocada por la falta de empleo y la desaparición de sus medios de vida.

—Han tenido que multiplicar también por dos los fondos para necesidades básicas. ¿Hay personas que están pasando hambre ahora mismo en España? ¿A cuántas de ellas está dando de comer hoy Cáritas y desde cuándo? ¿Va a más su número o se está reduciendo?
—Me gustaría precisar que la ayuda de emergencia que ofrece Cáritas está muy diversificada y va mucho más allá de la alimentación, aunque es verdad que en estos últimos meses ese ha sido uno de los principales ámbitos de actuación. Pero es importante también el trabajo que venimos haciendo para garantizar los gastos de alquiler, de salud, de educación o de recibos de suministros domésticos de muchas familias que vienen pidiendo ayuda urgente.
Dicho esto, responder (…) a esa pregunta no es sencillo, al menos en estos momentos. En la consulta que acabamos de hacer a las Cáritas Diocesanas para conocer cuál está siendo el impacto del coronavirus en sus recursos de acogida y asistencia, no hemos manejado números absolutos. Eso es algo que podremos hacer una vez que acabe el año (…). Por ahora, solo podemos ofrecer datos de evolución en las atenciones, tanto en porcentajes de solicitudes de ayuda y personas atendidas, como en el aumento de los recursos destinados a paliar esas necesidades urgentes.
Así, los datos de actividad que se recogen en la Memoria confederal 2019 que presentamos el pasado 25 de junio constatan que el conjunto de las 70 Cáritas diocesanas prestaron apoyo a casi 1,4 millones de personas dentro de España y a más de 900.000 en proyectos de cooperación internacional. Y, ciñéndonos a lo que usted plantea, por capítulos de intervención, ha sido en el apartado de Acogida y Asistencia donde se acumula en mayor porcentaje de participantes, el 72,7% del total.

—Decía Natalia Peiro, la secretaria general, que el informe Foessa del año pasado había detectado una «fatiga de la solidaridad», pero que ahora, con la pandemia, se había producido «un rebrote» de la misma. ¿Han aumentado en estos últimos meses las donaciones, los socios o las personas dispuestas a ejercer como voluntarios en Cáritas?
—Los datos que manejamos así lo indican, tanto en la respuesta ciudadana a la campaña de emergencia que lanzamos en los primeros días de la pandemia y que, solo a través de nuestros canales, sin incluir las aportaciones a las distintas Cáritas diocesanas, superan ya los 11 millones de euros, como en la colaboración con empresas e instituciones, que no ha dejado de multiplicarse desde el primer momento. ¡No se puede imaginar la cantidad de preciosas iniciativas que han surgido por todas partes para apoyar nuestra actividad! Estamos siendo canalizadores de una corriente social de solidaridad pocas veces experimentada antes, que añade mayor responsabilidad si cabe a la hora de gestionar los recursos de esos donantes privados y empresas colaboradoras (…).
Lo mismo cabe decir de los voluntarios. El coronavirus está poniendo de manifiesto la naturaleza eminentemente voluntaria de Cáritas y su misión samaritana como servicio organizado de la caridad, que, como no hemos dejado de repetir a lo largo de estos meses, «no cierra nunca». Han sabido conjugar de manera admirable la calidez con la calidad para multiplicarse en unas acciones de acogida, escucha y respuesta cada vez mayores y más exigentes. Su dedicación impagable merece nuestro reconocimiento profundo y gratitud.

—Don Manuel, ¿cuál es la magnitud de esta crisis? ¿Se puede hablar de una emergencia social?
—Sin ninguna duda. Y no solo social, económica y sanitaria, sino también global. La dimensión es de tan calibre que esta pandemia ha situado a Cáritas, por primera vez en su historia, ante la necesidad de responder de manera simultánea a los efectos de una emergencia dentro y fuera de nuestro país. El coronavirus está poniendo a prueba nuestras estrategias de cooperación fraterna y la capacidad de nuestra Confederación para visibilizar las llamadas de ayuda que muchas Cáritas del Sur nos lanzan para afrontar el impacto que el COVID-19 está teniendo en otros países y en comunidades mucho más vulnerables que las nuestras. Estoy orgulloso de la capacidad de respuesta solidaria que Cáritas Española está liderando dentro de la red internacional de Cáritas para acudir en auxilio de las Cáritas hermanas del Sur.

—¿Hemos pagado ahora los recortes en políticas sociales que se aplicaron en la anterior crisis?
—No sé si esos recortes han tenido que ver en la dimensión de esta pandemia o más bien con su carácter imprevisto y la demora en la toma de medidas preventivas de la que han adolecido la mayoría de los países. Ha habido imprevisión y, fruto de ello, falta de visión logística para hacer acopio del material necesario y de protocolos claros de respuesta. De hecho, creo que la actuación del sistema sanitario de nuestro país ha sido admirable y, en muchos casos, heroico.
Otro tema es la intensidad de la protección social en España, sobre la que venimos diciendo desde hace mucho que no está a la altura de la capacidad económica de un país como el nuestro (…). Queda mucho por recorrer en el ámbito laboral, en la garantía de ingresos mínimos para las personas en situación más precaria, en la igualdad de acceso a la educación, en la política de cuidados, etc. España necesita más medias protectoras de los derechos básicos que hagan realidad un estado social de derecho donde el bien común esté garantizado.

—Hablando de ingresos mínimos. Ustedes, en Cáritas, llevaban mucho tiempo pidiendo el Ingreso Mínimo Vital. ¿Cómo valoran su aprobación por el Gobierno? ¿Ha sido concebido tal y como lo pedían ustedes? ¿Responde este a sus expectativas?
—La aprobación de esta medida supone un paso decisivo en la lucha contra la pobreza severa, y creemos que nos dignifica como país (al reforzar nuestros sistemas de garantías sociales para las personas excluidas) y nos acerca a la media europea en esta materia. Como bien indica, la necesidad de una renta mínima estatal era una medida demandada por Cáritas desde hace años y es una de las ocho propuestas políticas presentadas ante las últimas elecciones legislativas. Por propia experiencia, sabemos el alivio que esta medida va a suponer para las extremas condiciones de vida de cientos de miles de hogares españoles —muchos de ellos acompañados por Cáritas— que carecen de ingresos y que a partir de ahora van a poder acceder a una medida protectora capaz de garantizar sus derechos básicos. Como se señala expresamente en la Exposición de Motivos del decreto, «actuará como un seguro colectivo frente a los retos que nuestras sociedades enfrentarán en un futuro próximo».
En la experiencia de Cáritas, una de las metas de las personas en situación de vulnerabilidad es poder acceder al mercado de trabajo porque para ellas no es solo cuestión de supervivencia sino también y fundamentalmente, de dignidad. Y creo que esta es una de las claves, es imprescindible que permita la complementariedad con el empleo. Sería contradictorio querer construir una sociedad más prospera y justa, dejando a una parte importante en una situación de desigualdad insoportable para su dignidad y desarrollo humano integral. Y algo sumamente importante para Cáritas es que este recurso trata de evitar la pobreza severa, dando una especial atención a los hogares con hijos.

—Ustedes están al margen de la disputa política, pues la hoja de ruta de Cáritas, como usted suele decir, son las Bienaventuranzas. ¿Cómo es su relación con este gobierno, el primero de una coalición de izquierdas en el periodo constitucional?
—La mano tendida, la apertura al diálogo y a la colaboración leal es una de las señas de identidad de Cáritas desde su fundación. Siempre ha sido así, por encima de ideologías, porque entendemos que la construcción del bien común pasa por sumar voluntades, explorar puntos de encuentro e identificar objetivos para colaborar de manera leal en la mejora de las condiciones de vida de las personas excluidas y defender su dignidad. En Cáritas cualquier gobierno ha encontrado siempre un interlocutor fiable, dispuesto a aportar su conocimiento de la realidad para transformar las políticas y promover la justicia social.
Dicho esto, nosotros no vamos a renunciar nunca a nuestra independencia institucional ni a rebajar la crítica legítima a las decisiones erróneas o a la falta de determinación de los poderes públicos a la hora de defender a los más débiles.

—Estos días se están viviendo muchos dramas. Hace un par de meses supimos del caso de una familia que pasó parte de la cuarentena en un coche porque se había quedado sin piso. ¿Se trata de un caso aislado o hay más como este? ¿Me puede referir algún caso concreto de precariedad o necesidad del que haya tenido conocimiento y que le haya causado particular desazón?
—La realidad de la exclusión está repleta de historias desgarradoras como esta, que no son visibles para la mayoría de los ciudadanos. En la retina guardo el tremendo impacto que me causó, por ejemplo, la visita que tuve la oportunidad de hacer a los asentamientos de temporeros en Huelva, donde fui testigo de las condiciones de extrema precariedad y hacinamiento en la que están esas personas. Su situación dista poco de la que tienen los miles de refugiados rohingyas en Cox´ Bazar (Bangladesh), o de la de los miles de refugiados de Venezuela que cruzan a diario la frontera en Cúcuta (…). Ahí entendí realmente a quiénes se refiere el Papa Francisco cuando habla de los descartados de nuestra sociedad, los que no cuentan, esos «nadies» entre los que Cáritas intenta cumplir a duras penas su misión.

—Las personas sin hogar están especialmente expuestas al coronavirus. ¿Qué ha hecho Cáritas por ellas?
—Con el estado de alarma aumentamos la actividad dirigida hacia ellas, adaptando recursos existentes y, sobre todo, creando nuevos centros y plazas. En total, en los últimos tres meses se han creado más de 1.300 nuevas plazas complementarias que están gestionando las Cáritas Diocesanas en toda España y que se han concentrado principalmente en albergues, residencias o centros de acogida, centros de día, polideportivos, y seminarios. En la respuesta a este reto quiero destacar el papel fundamental que han jugado las Diócesis y la implicación personal de los obispos a la hora de movilizar los recursos necesarios para crear estas nuevas plazas.

—Los migrantes han sido también uno de lo colectivos más vulnerables estos días. ¿Han pedido ustedes una regularización extraordinaria para ellos similar a la que han hecho otros países de nuestro entorno?
—El tema de la inmigración lo vivimos en este país de manera contradictoria. Nos empeñamos en invisibilizar la realidad de estas personas, aunque son muchos los hogares que confían a una persona inmigrante el cuidado de la casa y de las personas más vulnerables de la familia. Nos quejamos del colapso de la natalidad en España, pero no queremos que las personas inmigrantes puedan contribuir a salir de ese invierno demográfico. Estamos preocupados por la sostenibilidad del sistema de pensiones y no dejamos de poner dificultades para que los inmigrantes regularicen su situación, puedan incorporarse al mercado de trabajo y, por tanto, contribuir con sus impuestos a financiar la Seguridad Social. Son personas que viven con nosotros, que nos cuidan y que trabajan en la economía informal. Elementos todos ellos que los convierten en candidatos idóneos para la exclusión social.
Por esa razón, poníamos también sobre estas personas el foco en el documento de propuestas remitido al Gobierno en los primeros días de la pandemia para «no dejar a nadie atrás». Y en concreto, proponíamos medidas como la prórroga de las autorizaciones de extranjería sujetas a renovación, la suspensión de los procedimientos de expulsión, la prórroga de las renovaciones de familiares de ciudadanos comunitarios y españoles de forma automática, así como la de las tarjetas de solicitantes de asilo caducadas o pendientes de renovación.

—¿Qué estamos haciendo mal para que cada vez haya más personas vulnerables y en situación de precariedad?
—Pues rendirnos a las pautas de la sociedad de consumo y a los principios del «santo crecimiento», sin poner a las personas en el centro y postergando una vez tras otra las prioridades reales de los más desfavorecidos. El crecimiento solo puede ser legítimo si la riqueza generada se reparte de manera equitativamente entre todos y se destina a sostener una red pública de protección social que garantice los derechos de todos. Creíamos que la crisis de 2008 nos había enseñado esta lección, pero la presión de los mercados financieros es mucha y corremos de nuevo el riesgo de que el crecimiento a cualquier precio vuelva por sus fueros. Dios quiera que el coronavirus nos haya enfrentado a nuestras propias incoherencias y que esta crisis sea una oportunidad y no, como en casos precedentes, una ocasión perdida para sentar las bases de un Estado al servicio del bien común, que incorpore de una vez por todas a los descartados como ciudadanos en plenitud de derechos y dignidad.
Como Cáritas, en medio de esta situación tan dolorosa que estamos atravesando, tenemos que escuchar con atención la llamada que nos hacían los obispos en su mensaje del Día de Caridad a «ser testigos de la fe, constructores de solidaridad, promotores de fraternidad y forjadores de esperanza».

—Aunque en España hay mucho anticlericalismo, la opinión de los españoles sobre Cáritas —una entidad de la Iglesia— es muy buena. ¿No es una contradicción? ¿A qué cree que es debido?
—Y es una contradicción que se da incluso entre católicos de a pie, que no acaban de percibir que la Iglesia es una, en lo celebrativo y lo pastoral. Una fe sin caridad y una vida comunitaria que no integra en su ser y hacer ese servicio organizado de la caridad que es Cáritas no deja de ser una fe a medio gas, hemipléjica. Nunca hemos disimulado nuestra dimensión eclesial, que es un rasgo esencial de nuestra visión y de nuestra misión. Y bienvenido sea si a la credibilidad de la Iglesia, Cáritas puede aportar algo como servicio organizado de la caridad y como instrumento de evangelización. Cáritas no podría existir fuera de la Iglesia. Si así fuera, sería otra cosa. Conviene tener siempre presente que donde está la caridad y el amor, allí está Dios.

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