Al abrir la puerta

Mañana de Reyes

  1. Por más que sean figuras teológicas del evangelio, los Reyes Magos llevan consigo una fascinante carga cultural que se ha convertido en símbolo de la Europa más hermosa de las leyendas cristianas, casi que al par con san Jorge, José de Arimatea y la Magdalena. Melchor, Gaspar y Baltasar, los sabios astrólogos que reconocen y conocen el destino del salvador y que esperan toda su vida para reencontrarlo, en un camino de seguimiento y santidad propio, en fe, esperanza, voluntad, memoria y amor, hablan de lo mejor de Europa. Vinculados a sus reliquias y a ese viaje fascinante que tan bien cuenta Gonzalo Altozano de Jerusalén a Constantinopla, de Constantinopla a Milán y de Milán a Colonia, son la imagen de cómo Europa se construyó desde la fe y la herencia, con un mucho de imaginación y un aún más de tradición.
  2. La magia de los Reyes Magos es la de la ilusión de la infancia, devenida en memoria y voluntad en los adultos. Cuando uno deja atrás las limpias emociones de la niñez, le queda aún algo del brillo de su magia, a medias en empeño y a medias sorprendido aún de que dentro de todos queda algo del rescoldo de aquellos lejanos tiempos. Esa noche y esa mañana de Reyes son el momento, el tiempo, el espacio, de cómo a través de los deseos de cosas –juguetes, bicicletas, libros, lápices, muñecos… corbatas, colonias, pañuelos, más libros, sombreros… cachivaches, vinos, paraguas, ropas, tabaco…- se abre el deseo a vidas llenas, logradas, soñadas. Cada regalo pedido, cada regalo recibido, es imagen de los deseos y los sueños por colmar. Esa Noche de Reyes es la noche en la que todo puede pasar.
  3. La mañana de Reyes es la mañana en la que –más o menos conscientes- volvemos a reafirmar que soñamos con vidas llenas, con que creemos que la vida podría –y debería- ser algo que cubra todos nuestros sueños, nuestros deseos y nuestras expectativas. Y que además solo es posible alcanzarla por pura gracia, ni por nuestros méritos, ni por nuestras acciones, sino como un regalo… si acaso como una lejana consecuencia de querer vivir bien, no por tal causa de vivir bien es que se alcanzan las gracias. Es, en definitiva, el deseo de alcanzar la plenitud sabiendo que ésta sólo se puede obtener por puro don. Es reconocer que la vida –la que tenemos y la soñada- siempre es un regalo. Y que a nosotros nos queda acogerla agradecidos, iulusionados, contentos y emocionados. Hay que volver a hacerse como niños.

 

Vicente Niño Orti. @vicenior

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME