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Feliz día de la progenitora

Estamos llegando a unos límites a los que parecía que jamas llegaríamos. Pero aquí estamos. Y les auguro que no quedará así: iremos a nuevos y ridículos horizontes donde demostraremos una vez más que, en este momento de la historia, el ser humano carece de referentes morales y que vamos directos al precipicio como especie, sin paracaídas, sin cuerda y con una altura que será prácticamente imposible salir ileso. Pero seamos optimistas. Gracias a Dios, hay otro camino.

No es una cosa exclusiva de España. Por esta vez, pese a que creamos lo contrario, no somos los únicos suicidas. En este viaje nos acompaña Occidente, con pocas excepciones, quien camina hacia una falsa democracia donde la disidencia será perseguida y tildada de, en el mejor de los casos, fascismo. Estamos obviando un futuro prometedor, herencia de nuestros mayores, por una realidad forzada desde intereses creados –seguramente buscando su hueco desde los años 60 del pasado siglo– y vacía, impuesta ideológicamente y que quiere colarse en la sociedad para dinamitar sus pilares en pro de un estilo de vida falazmente vestido de progresismo, amoroso, inclusivo,  buenrollista, generoso y antibelicista. La cordura y el sentido común caen y parecen no tener armas suficientes para combatir, al menos léxica y moralmente, a esta oleada de ideas que uno no sabe bien por quién son apoyadas, aunque muchos oteemos su procedencia.

La última de ellas, nacida de ese colectivo que vino para acabar con la corrupción convirtiéndose en caballo de troya para otros fines como este, fue la de pedir que la palabra madre desparezca para reemplazarla por progenitora y se dejase de usar la palabra mujer para hablar de persona mestruante.  Se suma a las anteriores de eliminar la categorización por sexos en el DNI (fuera eso de hombre y mujer), llamar hijes a los más pequeños de la casa hasta que estos decidan su sexo, afirmar que hay mucho más que dos géneros, asegurar que los padres en nada tienen que tener autoridad sobre sus hijos o enfrentar continuamente al hombre contra la mujer y a la mujer contra el hombre en una especie de reality show que tanto entretiene y adormece hoy en día.

Podría hablar líneas y líneas sobre esto pero son muchos los argumentos de grandes pensadores –a los que por cierto poco se les lee y casi nada se les difunde– que se ocupan de hacernos ver la maldad y lo denigrante que son estas y otras muchas propuestas que llegan desde esos sectores, a los que yo directamente les pregunto: ¿Acaso no tuvisteis madre?, ¿fue un trauma tenerla o dirigirse a ella como mamá?, ¿os sentisteis mal porque vuestros padres os cuidaran, os proporcionara educación, techo, ropa, seguridad, comida, salud y ocio hasta vuestra mayoría de edad?, ¿percibisteis como un insulto que vuestro padre llamara madre a vuestra mamá o que alguien preguntase por ella sin usar la palabra progenitora?. En definitiva, leamos, formémonos, estudiemos, cultivemos el intelecto, usemos la razón, busquemos la belleza de las cosas y de la vida, trabajemos el interior y no dejemos que se muera nuestra alma por abandonar todo esto. Vivir así nos obligará a no sucumbir a estas sandeces que solo buscan torpedear el pilar más básico sobre el que se sustenta nuestra civilización: la familia.



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