El Padre Maccalli, de azul en primer término, y el también rehén italiano Nicola Chiacchio, a su llegada al aeropuerto de Ciampino, junto al primer ministro Giuseppe Conte y el ministro de Exteriores Luigi Di Magio / EFE.
Internacional Última hora

Maccalli: «No guardo rencor a mis secuestradores, he rezado y sigo rezando por ellos»

Impresionante e impactante testimonio cristiano de Pier Luigi Maccalli, el religioso italiano que ha pasado más de dos años secuestrado por Al Qaeda en el Sahel y que fue liberado, en un canje por prisioneros yihadistas, el pasado 8 de octubre junto a otras tres personas más: el exministro maliense Soumaïla Cissé, el turista italiano Nicola Chiacchio y la cooperante francesa Sophie Petronin. En una entrevista concedida a la agencia Fides, la primera tras su liberación, el misionero de la Sociedad de Misiones Africanas confiesa: «No tengo rencor contra mis captores y carceleros, he orado por ellos y sigo haciéndolo». Maccalli, de 59 años, desvela en ella cómo ha sobrellevado esta dura prueba, que ha vivido como «un tiempo de gran silencio, purificación y regreso a los orígenes, a lo esencial».

Natural de Madignano, en la provincia italiana de Crema, el religioso fue secuestrado en Níger, cerca ya de la frontera de Burkina Faso, en la noche del 17 al 18 de septiembre de 2018. Ahora, tras la liberación, ha regresado a Italia. Esta son sus palabras en la publicación de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos:

—¿Con qué espíritu ha vivido este tiempo de encarcelamiento y qué significará para su vida como misionero?

—Resistir para existir. Es la palabra que me acompañó y me animó a seguir día tras día. Me secuestraron en pijama y pantuflas; no tenía nada y era visto como un don nadie por estos fanáticos musulmanes yihadistas que me consideraban un «kafir» impuro y condenado al infierno. Mi único apoyo era la oración sencilla matutina y vespertina que aprendí en familia de mi madre, y el rosario de mi abuela como oración contemplativa. El desierto fue una época de gran silencio, de purificación, de retorno a los orígenes y a lo esencial. Una oportunidad para revisar la película de mi vida que ahora entra en su tercera edad. Son muchas las preguntas que me hice y clamé como un desahogo y lamento a Dios: ¿dónde estás? ¿por qué me has abandonado? ¿Hasta cuándo Señor? ¡Sabía y sé que Él está ahí! Pero sé que a Dios se le ve de espaldas; ahora que soy libre, en casa empiezo a entender. Veo los testimonios de cuánta gente ha rezado, marchado y realizado vigilias para pedir mi liberación… Estoy sorprendido y asombrado. Lo que esta historia significará para mi vida como misionero, no lo sé ahora. Necesito tiempo.

—¿Ha crecido su relación con Jesús a pesar de no tener la Eucaristía, el consuelo de la Palabra y de los hermanos?

—Todos los días y especialmente todos los domingos decía las palabras de consagración «este es mi cuerpo ofrecido», pan partido por el mundo y África. En la oración de la mañana rezaba un himno francés: «un jour nouveau commence, un jour reçu de toi … nous le remettons davance entre tes mains tel qu’il será…» y —terminaba agregando— «no tengo otra ofrenda que la de mi vida». Pedí una Biblia, pero no me la dieron. Todos los domingos me regalaba un pasaje evangélico para meditar, sobre todo con motivo de los tiempos fuertes de Adviento-Navidad y Cuaresma-Pascua. Pero desde el 20 de mayo, el día en que nos trajeron una radio de onda corta, que había pedido repetidamente, al menos para escuchar las noticias del mundo (Radio France International y BBC), pude escuchar el comentario sobre el Evangelio dominical de Radio Vaticano todos los sábados. Una vez incluso la misa en directo… fue precisamente la misa de Pentecostés 2020. Esa mañana, después de escuchar las noticias de RFI, cambiando de frecuencia, para mi gran sorpresa escuche al Papa Francisco en italiano, me acerque al oído y sintonice mejor la radio, encontrándome al comienzo de la misa de Pentecostés en comunión con el Papa, la Iglesia y el mundo. Me dije a mí mismo: «Hoy estoy en la Basílica de San Pedro en Roma y al mismo tiempo en misión en África». Escuché con cierta emoción las lecturas y el Evangelio que me recuerdan el lema de mi ordenación sacerdotal, el pasaje del Evangelio de Juan (Jn 20): «Como el Padre me envió, yo también os envío. Recibid el Espíritu Santo». ¿Coincidencias? La homilía del Papa Francisco fue un soplo de aire fresco. Después de dos años de sequía espiritual y de ausencia de la Palabra de Dios, me sentí renacido y acogí este don como un soplo del Espíritu Santo que quiso empujar las ondas de radio hasta el Sáhara. Disfruté como nunca del Evangelio y de las palabras del Papa, tenían un sabor y un gusto especial en ese contexto.

—¿Cuánto ha cambiado su relación con la muerte y qué relación siente tener ahora con la misión ad gentes?

—En el primer video que me hicieron grabar el 28 de octubre de 2018 decían que el gobierno italiano quería pruebas de que estaba vivo, me dijeron que me dirigiera libremente al gobierno, al Papa y a la familia. Empecé con mi familia a decirles «sean fuertes, recen por mí, estoy listo para cualquier cosa»; y al Papa Francisco, «recuerden rezar por mí». Solo una vez recibí expresamente una amenaza o incluso una promesa de un muyahidin de dispararme una bala en la primera oportunidad. Estaba molesto e irritado por otro episodio que no voy a contar. A sus ojos yo era un sucio «kafir» y además un predicador de una fe herética y condenado por el Corán que, según él, se permitía desacreditar el Libro Sagrado. Ese día vi la espada de Damocles colgando amenazadoramente sobre mi cabeza. Pero cuantos más días y meses pasaban, menos temía una conclusión trágica: éramos un bien precioso para ellos y por eso siempre nos trataban bien en general.

Siempre me he sentido misionero, incluso con los pies encadenados; diría «misionero desde el fondo de mi corazón», como solía decir nuestro fundador (Melchior de Marion Bresillac, fundador de S.M.A.). A menudo caminaba por las laderas de Bomoanga-Níger (la misión de la que me arrancaron). Mi cuerpo era prisionero de las dunas de arena, pero mi espíritu viajaba a los pueblos que mencionaba en mi oración y también repetía los nombres de mis colaboradores y de muchas personas y jóvenes que llevo en mi corazón, especialmente los niños desnutridos y enfermos de los cuales me ocupaba, y muchos, muchos rostros que son una presencia viva en mi corazón herido. Me di cuenta de que la misión no es solo «hacer», sino silencio y fundamentalmente es Missio Dei, es obra del Señor. El gran activismo que caracterizaba mis días, ahora no era más que recuerdo y oración. Pero la misión continúa y siempre está en buenas manos, las manos de Dios, de hecho, es la Missio Dei. Los testimonios de personas, amigos y extraños que participaron en vigilias de oración, marchas, etc. para implorar mi liberación, que recibo en estos días como un eco, me confirman lo poderosa que es la Missio Dei. Todos me dicen que oraron mucho, incluso alguien dijo «tú llenaste las iglesias»… No yo, ¡esta es la obra de Dios!

— ¿Cuál era la relación y cuáles son sus sentimientos hoy hacia los secuestradores y carceleros?

—Siempre me respetaron en general. Mi larga barba blanca debió crear su efecto entre los jóvenes sin barba que me custodiaban, me llamaban en árabe o tamaceq «shebani» (anciano). Todavía siento mucha tristeza hacia estos jóvenes adoctrinados por videos de propaganda que escuchaban todo el día. ¡No saben lo que están haciendo! No tengo rencor contra mis captores y carceleros, he orado por ellos y sigo haciéndolo. También deseé al hombre que dirigía todo durante mi último año de prisión, mientras el coche nos llevaba a la cita para la liberación, el pasado jueves 8 de octubre: «que Dieu nous donne de comprendre un jour que nous sommes tous frères» (Que Dios nos conceda un día entender que somos todos hermanos).

—¿Cuáles son sus deseos e intenciones para el futuro?

—Estos dos años han sido escuela del presente. Quería que terminara pronto, cada atardecer decía «ojalá mañana». Luego, cuando salía el sol, tomaba mi rosario y seguía el ritmo de mi día con los habituales gestos cotidianos día tras día. El futuro es de Dios, ahora disfruto de volver a casa, este es mi presente. El futuro cercano es encontrarme con los hermanos de Génova y Padua que aún no he abrazado físicamente, y luego los monasterios de clausura que han orado incansablemente por mí y visitar a los muchos amigos en Italia y más allá. El futuro será como Dios quiera.

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME