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Mª Teresa Compte: «La Doctrina Social de la Iglesia es el Evangelio en su encuentro con la vida»

La puesta en práctica del Evangelio tiene mucho que ver con un encuentro real con Jesús, sobre todo en este tiempo que se alimenta de verdades permanentes de la concepción sagrada que tiene el cristianismo sobre el ser humano. Es la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que más que nunca, ahora, tiene que ver con las relaciones humanas, con los derechos y los deberes de todos y «para con» todos en tiempos de coronavirus. María Teresa Compte Grau, directora del Máster en DSI de la Universidad Pontificia de Salamanca, en convenio con la Fundación Pablo VI, invita a que «eduquemos la mirada» hacia esta realidad que profundiza en el rico patrimonio magisterial sobre el servicio y el compromiso al bien común de la sociedad.

—¿Nos hemos olvidado de la DSI justo en el momento en el que es más necesaria para nuestra sociedad?
—Es un tesoro que no acabamos de descubrir; no abrimos la caja y no sabemos en realidad lo que contiene. La formación de la conciencia social del catolicismo español era algo que al cardenal Herrera Oria le preocupaba enormemente, escribió mucho y le dedicó buena parte de su vida, primero como laico, después como sacerdote. Pero sí, la formación de la conciencia social sigue siendo una asignatura pendiente y resulta que es la dimensión social de nuestra fe. Es una gran asignatura pendiente. La DSI lo es porque no se trabaja, no se difunde, no se estudia, no se habla de ella.

—Quizá es que necesitamos aterrizarla un poco más en la vida diaria de cada uno.
—La vinculamos a unos pronunciamientos papales, nos adherimos según las simpatías. Ahora hablamos mucho de la Laudato si´, pero desconocemos la Tradición y la LS no es una ruptura, no es el punto cero. El origen de la DSI es el Evangelio en su encuentro con la vida. Los católicos españoles somos muy propensos a olvidar de dónde venimos.

—Pero siempre es un buen momento para aterrizarla. Porque ha llegado una pandemia a Europa y nos ha descolocado, creíamos que esto era imposible en el siglo XXI en una sociedad como la nuestra.
—Salvando las distancias, nos ha pasado un poco como Juan Pablo II decía en Sollicitudo rei socialis cuando hablaba de las causas políticas del subdesarrollo. Él llamaba la atención sobre las guerras, porque las habíamos externalizado, sobre todo, Europa. Llevábamos desde el 1945 sin conocer las guerras, habían desaparecido de nuestra cultura. Pero en realidad no era cierto porque en África se seguía matando, había habido numerosos conflictos muy violentos como consecuencia de la Guerra Fría en América Latina. Con la pandemia pasa igual. Las grandes epidemias las hemos trasladado al mundo pobre y nosotros nos hemos dotado de unos servicios sociales y sanitarios que actúan de cordón sanitario.

—Claro, al desaparecer de nuestro entorno creemos que no existen.
—Eso es. Al desaparecer de nuestras fronteras desaparecen de nuestro horizonte, pero no es así. Nos sorprenden doblemente, no solo porque técnicamente no estábamos preparados como creíamos, sino porque para nuestra mentalidad era algo que a nosotros no nos podía pasar. Por eso, la primera pregunta que nos surgía era: Pero ¿cómo nos puede estar pasando esto? Las epidemias no han desaparecido. Todos los expertos dicen que existen muchos virus entre nosotros, pero no se había desatado una epidemia como en otros lugares.

—Es que fue un verdadero shock.
—Fue el primer gran shock. Por otra parte, inmunólogos, virólogos dicen que en el fondo los grandes remedios siguen siendo los mismos que hace cien años: confinamiento, mascarilla y distancia social. Porque la vacuna no aparece dándole a un botón… Así que hemos tomado conciencia de nuestra vulnerabilidad.

—Habíamos sacado de nuestra mente el dolor, la muerte, la soledad… la pandemia nos ha traído todo lo que tiene que ver con la salud, residencias… desigualdad…
—Yo creo que el dolor y el sufrimiento quizá se traslada menos a la vida pública porque los medios de comunicación no suelen hablar de ellos y no hay una reflexión profunda. Pero todos lo vivimos en nuestras familias, otra cosa es que no tiene un lugar en la vida pública, por decirlo de alguna manera.
Lo que sí ha sido algo más nuevo es el descubrir que nos habíamos olvidado de las residencias de ancianos. Y nos habíamos olvidado hasta tal punto que al final las residencias se habían convertido en un espacio, en un lugar del que no teníamos mucho conocimiento. Y ahora nos hemos dado cuenta que la atención sanitaria que tienen no es la que debiera ser. Muchos españoles han descubierto que hay comunidades autónomas en las que no existe la especialidad de geriatría, que es absolutamente necesaria.
Es un momento para replantearnos seriamente cuáles son las necesidades reales de la Tercera Edad. Llevamos mucho tiempo sin preguntarles qué es lo que necesitan. Hemos creado centros residenciales, algunos carísimos, otros infradotados, no es cuestión de privados o públicos… pero lo que no hemos hecho es preguntar lo que necesitan. Hay una cooperativa en Torremocha del Jarama que es un respuesta a esto, propone un proyecto de vida común entre personas que se han jubilado y que entran en otra etapa de sus vidas. Porque las residencias se han convertido como en las guarderías. Personas que necesitan un cuidado, como una vida urbana no permite cuidar en casa, buscamos un lugar: al principio de la vida y al final de la vida. Habría que ser más creativo. Si hablamos de ser creativos desde la DSI igual nosotros mismos tenemos que plantearnos propuestas y respuestas. Yo creo que si queremos concretar la DSI tenemos que tomar conciencia de que esta orienta la acción y que tenemos que tomar decisiones.

—Los políticos discuten ahora si se había dado la orden de no llevar a los hospitales a los ancianos de las residencias. Es cierto que el sistema sanitario estaba saturado, que se elegían a las personas por su edad para entrar en las UCI…
—Discriminar por la edad en la atención médica es inaceptable. Se ha escrito mucho sobre esto y hay que demostrar si realmente ha habido órdenes escritas de ese triaje por razones de edad. Para mí la pregunta es previa, yo lo que quiero saber es si eso sucedía ya antes de la pandemia. Hoy la esperanza de vida se alarga enormemente, cuidar de las personas mayores es un coste económico y social. ¿Estamos dispuestos a asumirlo? Me gustaría preguntar a los geriatras que trabajan en el sistema público de salud, cuánto les cuesta a ellos que un anciano ingrese en una UVI en condiciones normales. Porque parece que de repente nos hemos dado cuenta de que había muchos ancianos en España, que eso es un bien, pero significa tomar otro tipo de decisiones. Hay muchas residencias y muchos ancianos, y nos duelen las carnes porque han muerto muchos. Pero es que una residencia no está preparada para una pandemia, no es un centro sanitario. Invertir en atención geriátrica es invertir en una parte muy importante de la población española y quizás no se haga. El tema es, ¿vamos a tomar otras decisiones a partir de ahora? Lo dudo, porque las urgencias son otras.

—Cuando nosotros ponemos en una mano la DSI es cuando pedimos a los políticos que tomen decisiones.
—Sí, pero hay que distinguir porque la DSI es un imperativo para los católicos, para nuestra conciencia, pero no para el Estado. El Estado es una institución creada para garantizar determinadas medidas, pero la DSI nos llama a una iniciativa personal, de cada uno de nosotros, y comunitaria. Y esto es lo que nos falta. No se cuestiona la legitimidad del Estado ni el valor de las instituciones, lo que se reivindica desde la DSI es un imperativo para nosotros, para ser creativos independientemente de que el Estado haga mucho o poco. El Estado es subsidiario de la sociedad. Ya va siendo hora de que asumamos nuestros deberes.

—¿Pero todos nos unimos en la consecución del bien común?
—Sí, de hecho la reconstrucción social económica y política es un compromiso de todos. Pero tenemos que estar implicados en el diseño de una política al servicio de todos para mayor bien de todos. Lo que ahora hay que hacer es darle valor, interiorizar ese punto de encuentro para la cooperación, pero mostrando la dimensión social de nuestra fe. Son niveles distintos, pero complementarios. Hay que reforzar la institución Estado pero no a costa de que los católicos olvidemos cuáles son nuestros deberes sociales como ciudadanos que somos.
Se trata de asumir el deber de cuidado con relación al otro. Tiene un fundamento bíblico inapelable, la gran pregunta que Dios le hace a Caín: «¿Dónde está tu hermano?» y Caín, que es un asesino y además un «gorrón», contesta: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? Esta es la pregunta que todos debemos guardarnos en el corazón y hacernos a nosotros mismos. ¿Dónde está nuestro hermano? ¿Qué respuesta damos a esa pregunta? ¿Qué tengo yo que ver con el otro? Que cada uno examine su conciencia y se haga esa pregunta porque de esa respuesta derivarán unas consecuencias u otras.

—Todo está interconectado: en la DSI, en nuestra sociedad también.
—Por eso, la solidaridad se expresa en esta crisis también en nuestro compromiso y responsabilidad ciudadana: salir a la calle a la hora que nos corresponde, llevar mascarilla, la distancia social… son cosas sencillas pero que podemos concretar. Es asumir esa responsabilidad social que nos protege. Cuando se dice que «mi libertad acaba cuando empieza la del otro», nos equivocamos. Nuestras libertades ahora se la juegan conjuntamente para que no haya rebrotes. Son actitudes que tienen que ver con nuestra conducta que no va solo de derechos, sino deberes.

—¿Nunca antes hemos sido tan conscientes de que nuestra actitud ayuda al otro?
—Hemos salido de nuestros compartimentos estancos y esto nos ha ayudado a reflexionar sobre la dimensión social de nuestras conductas. Esto hay que enseñarlo desde el colegio, y así, independientemente de memorias recientes que tengamos o de flecos ideológicos, nuestras centros educativos formarán a buenos ciudadanos del mundo. Ojo, no buenos ciudadanos como seres dóciles, sino buenos ciudadanos de lo Común, que asumen la dimensión social de sus conductas y descubran que lo que hacen tiene una repercusión positiva en la sociedad. Este es otro de los grandes desafíos.

—En esta nueva normalidad de la que tanto se habla ¿se podría dar una nueva forma de economía?
—Sí. Igual no de macroeconomía que implique implantar un nuevo sistema, pero sí de tomar decisiones distintas, porque en el fondo podemos actuar de otra manera económicamente. Podemos y deberíamos consumir y producir de otra manera.

—Pero en la desescalada se nos está invitando a consumir para que circule el dinero y los comercios no tengan que cerrar.
—Claro, pero podemos consumir de otra manera. Hay algo que sí entiendo. En Caritas in Veritate, Benedicto XVI habla de ser creativos en el ámbito de lo económico. Y dice en algún momento que vivimos en un mundo libre que nos permite jugar dentro del modelo económico en una clave distinta. Pues juguemos, si es que vivimos en un modelo económico que fomenta la libertad y cabe el pluralismo. Hagámoslo desde la lógica del servicio y no solo del beneficio, sabiendo que tienen que haber beneficio. Trabajemos desde la lógica del don, pero dentro del sistema, aprovechándonos de las cosas buenas que tiene cuando respeta la libre iniciativa, y permite el pluralismo. Seamos creativos, manejémonos en una lógica distinta.

Por Sara de la Torre y Silvia Rozas FI

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