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Luis Marín, subsecretario del Sínodo, ordenado obispo en Madrid

La Iglesia española está de celebración en este periodo pascual.

Si bien ayer asistimos a la ordenación de Francisco José Prieto Fernández como obispo auxiliar de Santiago de Compostela, esta mañana, desde la catedral de la Almudena de Madrid, el agustino Luis Marín, subsecretario del Sínodo, ha sido ordenado obispo (titular Suliana) de manos del cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid.

Una celebración que ha contado con la presencia de Bernardito Auza, nuncio apostólico en España; y de más de una treintena de prelados, entre los que estaba el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal Española; el cardenal Carlos Amigo, arzobispo emérito de Sevilla; Luis Argüello, obispo auxiliar de Valladolid y secretario general de la CEE; Mario Iceta, arzobispo de Burgos; Ginés García Beltrán, obispo de Getafe; José María Gil Tamayo, obispo de Ávila; Manuel Herrero, también agustino y obispo de Palencia; Luis Ángel de las Heras CMF, obispo de León; los obispos auxiliares de Madrid; Ángel Rubio, obispo emérito de Segovia; y el superior general de los agustinos, Alejandro Moral Antón.

Luis Marín, que hasta la fecha ostentaba el cargo de asistente general del general de los Agustinos, asume esta nueva tarea con profunda gratitud, aceptando el regalo, tal y como dijo en su alocución final,  de la «plenitud del sacerdocio, la plenitud del servicio»; asumiendo el deber de servir al Pueblo de Dios «en humildad y fidelidad».

Con el acto de hoy, Luis Marín queda insertado en la sucesión apostólica, en el Colegio Episcopal. «Soy obispo titular y esto me abre a la universalidad de la Iglesia».

Carlos Osoro: «El Señor te manda que repares su casa»

Osoro, al comienzo de su homilía, ha repasado de forma sucinta la trayectoria del nuevo prelado.

Con formación en los Agustinos de Madrid, su ciudad natal, desde muy joven sintió la llamada al sacerdocio, consagrando su vida al Señor en 1988. Durante dos años trabajó al servicio de esta archidiócesis como párroco.

Acto seguido, el arzobispo de Madrid, le ha hablado de la tarea que le encomienda el Papa Francisco. «Te ha llamado para que seas obispo y asumas la tarea de ser subsecretario del Sínodo de Obispos». Y es en este momento cuando Osoro ha querido recordar, precisamente, las palabras de san Agustín en uno de sus sermones: “Yo hice todo lo posible por asegurar mi salvación en una posición humilde para no incurrir en el grave riesgo de una más elevada. Pero como ya os dije, el siervo no debe oponerse a su Señor” (Sermones 355, 2). “El Señor me ha dado un cargo que me impone una estricta rendición de cuentas, un cargo basado en la grandeza del Señor y no en el mérito mío” (Sermones 46, 2).

El cardenal Osoro le ha recordado a Marín tres aspectos fundamentales de la nueva tarea que tiene por delante: ser pastor de su pueblo, reparar la Iglesia de Dios y caminar hacia la sinodalidad.

El arzobispo ha remarcado, asimismo, que «el Papa Francisco ha puesto en el centro de su ministerio la apasionada unión que hemos de tener y vivir con Jesucristo», que «lleva al amor a los más pobres, a los últimos de la sociedad», y ha destacado que «la sinodalidad es el marco interpretativo más adecuado para comprender el ejercicio del ministerio jerárquico en todos los niveles de la vida eclesial». «Debemos caminar juntos, laicos, pastores y Papa. Y esto tiene que predicar la Iglesia».

«¡Qué belleza adquiere la Iglesia cuando nos sentimos todos parte del pueblo santo! Para ello el Señor nos da tres tareas: escuchar con constancia la enseñanza de los apóstoles, vivir con intensidad la vida en común, y celebrar la Eucaristía alimentándonos del mismo Señor y firmes en la oración. En estas tareas ha de estar el obispo con el pueblo, con el rostro que este tenga», ha añadido antes de dar paso a los ritos propios de la ordenación episcopal.

Luis Marín: «De esto se trata, de dar la vida como Tú, en amor y libertad»

Visiblemente emocionado, Luis Marín se ha dirigido en la alocución, ya concluida la Misa, en primer lugar a sus dos compañeros de la Secretaría del Sínodo de los Obispos. El cardenal y secretario general Mario Grech, en cuarentena preventiva, y la subsecretaria Nathalie Becquart, positivo por coronavirus desde el pasado jueves, que no han podido asistir presencialmente a la ordenación de Marín pero sí, tal y como declaran desde la Secretaría General, de manera espiritual.

Acto seguido, ha recordado a sus padres, a su orden; los agustinos, a su general, por su acompañamiento efectivo en el día de hoy y a todos los allí presentes, que han intercedido por él para su nueva tarea como pastor de la Iglesia universal.

«Son, sin duda, tiempos complicados, pero encontramos también muchos signos de  vida, muchos motivos por los que dar gracias hoy, ahora. Por eso, estas palabras quieren ser un himno de agradecimiento a Dios; no un discurso, sino una oración sencilla, confiada, con la que dar voz a los muchos sentimientos que brotan del alma,  en este momento tan importante para mí, vivido con profundo agradecimiento».

A continuación, ha querido reconocer su lugar en relación con Dios, haciéndose pequeño: «Soy consciente de que nada de lo que he recibido es mérito mío. Nada.  Todo es regalo tuyo, todo es gracia».

Durante su alocución, Marín ha sentido la pregunta que Jesús le hizo a Pedro, cambiando el nombre propio. «”Luis, ¿me amas?”. Porque solo el  amor es importante, solo el amor es la respuesta, solo el amor permanece. Deus caritas  est (cf. 1 Jn 4, 16). Por eso mi vida y mi servicio episcopal no son sino una historia de  amor. “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21, 17)». «Hubo un tiempo en el que te preguntaba: ¿Por qué me has elegido? ¿Por qué yo? Tan  frágil e insuficiente. No te pregunto ya. Solo te sigo. Pero no en la distancia, sino a tu  lado. Por favor, pon tu mano en la mía, pon tu brazo sobre mis hombros. Vamos  juntos. Tengo necesidad de ti, porque tú eres el centro. “Esto sólo sé: que me va mal  lejos de ti, no solamente fuera de mí, sino aun en mí mismo; y que toda abundancia mía que no es mi Dios, es indigencia” (San Agustín, Confesiones 13, 8, 9). Siempre  juntos, Señor; siempre contigo»



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