Internacional

Luis Marín de San Martín, un agustino ilusionado con su carisma: “Soy muy feliz siendo sacerdote, siendo religioso, siendo agustino”

Entrevista de José Alberto Rugeles con el archivero general de la Orden de San Agustín, Luis Marín de San Martín, colaborador de ECCLESIA y de ECCLESIA DIGITAL

Vive en un lugar privilegiado, a pocos, poquísimos metros, de la Ciudad del Vaticano. Solo cruzar la calle y ya entramos en la Columnata de Bernini. Desde su Despacho reza los domingos el Angelus con el Papa, y para eso no necesita ni pantalla de TV ni conectarse a la red. Es testigo directo de lo que acontece en esa Plaza de San Pedro, diariamente visitada por miles de peregrinos. Siempre lo tuvo claro: quería ser sacerdote de Cristo, para lo cual le ayudó la intensa Fe vivida por sus padres, José Luis y Pilar. Ella, ahora -desde este año- vela en el Cielo por sus hijos, dos de los cuales sacerdotes, Luis y Javier.

El padre Luis Marín de San Martín, OSA estudió en el Colegio San Agustín de Madrid. Allí nació su amor por el Santo Obispo de Hipona y por la Orden de San Agustín. Allí fue condiscípulo de otro sacerdote, muy amigo suyo, que también hoy vive y trabaja en Roma, casualmente a poca distancia de su casa, Mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche.

El padre Marín hizo su tesis doctoral sobre el Beato Juan XXIII para lo cual conversó largas horas con Mons. Loris Capovilla , el secretario del Pontífice. Ha escrito varios libros y una enorme cantidad de artículos sobre historia, teología y otros temas.

Sobre lo humano y lo divino conversamos una tarde en su despacho de la Casa Generalicia de Roma, con el Archivero de la Orden, con este religioso agustiniano que llegando a los cincuenta años se mantiene joven y lleno de entusiasmo e ilusión, después de haber sido profesor, párroco en Moratalaz en Madrid, Prior del Monasterio de la Vid en Burgos y que continua escribiendo libros y artículos. Una pasión -la de escribir- que comparte con su pasión máxima: el amor a Cristo y a su Iglesia.

P.- Padre Luis Uds. han realizado aquí en Roma un congreso muy importante, “El resurgir de la Orden, los agustinos entre 1850 y 1920? convocado por el Instituto Histórico Agustiniano y cuyas actas además ya están a disposición. Ha sido un congreso cuya nota dominante ha sido la esperanza. ¿Qué nos puede comentar a ese respecto?

P. Luis Marín de San Martín.- “Es una alegría poder conversar sobre el reciente Congreso del Instituto Histórico Agustiniano. Efectivamente hace tres años, el anterior congreso estudió el tema de las desamortizaciones. Fue una época muy dura, tremenda, para la Orden. En algunos países de Europa, la disminución de miembros y de propiedades colocó a la Orden en una situación casi de extinción. También teníamos todo el tema de la independencia latinoamericana, de todas estas luchas y lo que trajeron consigo. Y evidentemente muchos de los componentes del Instituto Histórico Agustiniano manifestamos nuestra voluntad de continuar la Historia. De profundizar. No quedarnos solamente en esa época oscura y triste para la Orden de San Agustín sino avanzar en el estudio del resurgir de la Orden: en ese momento de esperanza, que comienza a finales del siglo XIX y que se prolonga en las primeras décadas del siglo XX. El tema del Congreso ha sido por tanto el “Resurgir de la Orden, los Agustinos entre 1850 y 1920?, este nuevo florecer de la Orden de San Agustín, que se ha prolongado durante todo el siglo XX hasta nuestros días.

P.- ¿Hacia quienes se dirigió el Congreso?

LMdS.- El Congreso fundamentalmente se dirigió a la Orden de San Agustín. Fue organizado por el Instituto Histórico Agustiniano. Los ponentes –la gran mayoría- han sido miembros del Instituto Histórico. Pero al mismo tiempo, estaba abierto a los estudiosos. Hemos contado con la valiosa presencia de varios estudiosos. Destaco al Prof. Gianpaolo Romanato, de la Universidad de Padua, o a Don Cosimo Semeraro, secretario del Pontificio Comité de Ciencias Históricas. Y han sido muchos los participantes venidos de Europa y América Latina. El Congreso quiso ser una contribución no solamente al estudio de la Orden, a un mejor y más profundo conocimiento de la Orden de San Agustín, sino también al conocimiento de la historia de la Iglesia en este periodo. Una época tan interesante como es el siglo XIX y los inicios del siglo XX.

P.- El Congreso ha coincido durante el inicio del Año de la fe.

LMdS.- Ha sido una oportunidad extraordinaria esta relación entre el Año de la Fe y nuestro Congreso del Instituto Histórico. La Fe cristiana es -sin duda alguna- esperanza, es gozo, es alegría, es testimonio. En este Congreso, en muchas de las ponencias, de las relaciones, y de los estudios que se han presentado, late y está presente, esta realidad de la fe cristiana como testimonio de vida y de esperanza ofrecido al mundo.

P.- ¿Cuál es la vigencia del mensaje de San Agustín en nuestros días?

LMdS.- San Agustín es un hombre actual. Basta recorrer sus obras y sus escritos. También a esto ha hecho referencia el Santo Padre Benedicto XVI en múltiples ocasiones. Uno de los rasgos de San Agustín es su radical novedad y su profunda actualidad. Es un hombre cuya búsqueda, cuya lucha y cuyo testimonio, enlazan perfectamente con la realidad del hombre de hoy. San Agustín como hombre actual puede ser una bonita forma de acercarnos a él. Harnack ya hablaba de él como“el primer hombre moderno”. Y Benedicto XVI lo ha repetido de una forma todavía mucho

más bella: “San Agustín enlaza con las angustias, las esperanzas, las tristezas y con las ilusiones del mundo moderno”. Un mensaje también netamente conciliar.

P.- Benedicto XVI desde la ventana de su Biblioteca hizo en el día en que se conmemoraba el 50 aniversario del inicio del Concilio Vaticano II un balance de los Cincuenta años del Concilio en palabras que algunos consideraron bastante duras. Ud. hizo su Tesis Doctoral sobre la figura y el magisterio del Beato Papa Juan XXIII y por tanto ha estudiado mucho este período. ¿Cómo ve desde la Orden de San Agustín el momento actual de una Nueva Evangelización en Europa?

LMdS.- Yo estuve esa noche del 11 de octubre en la Plaza de San Pedro, conmemorando aquella otra noche de la inauguración del Concilio, hace 50 años. Respecto al discurso del Santo Padre evocando el “Discurso de la luna” del Papa Juan XXIII, tal vez algunos lo hayan considerado duro o pesimista. Yo hablaría mejor de un discurso realista. Vivir la esperanza no significa vivirla desde la irrealidad, sino desde el realismo. Y un realismo digamos, crítico. Para evangelizar, es decir, para llevar a todos los rincones del mundo el testimonio de Cristo, y hacerlo de forma creíble, sin duda alguna debemos asumir la realidad tal cual es, aunque iluminándola con la luz de Cristo, que nos trae la verdadera esperanza y la auténtica alegría. A eso se refirió el Santo Padre.

Evidentemente en nuestro mundo, en nuestra realidad, como en la realidad personal de cada uno de todos nosotros, hay luces y sombras. Lo que debemos hacer es colocarnos delante de Cristo, para que Cristo y su Evangelio y su Buena Noticia ahuyenten las sombras y hagan resplandecer la luz. También es una idea de Pablo VI repetida en diferentes ocasiones.

Quiero hacer una referencia explícita al discurso de inauguración del Concilio Vaticano II del Papa Juan XXIII, que viene muy en línea con la realidad que estamos viviendo en estos momentos. Aquél discurso memorable comenzaba con tres palabras bellísimas: Gaudet mater Ecclesia.

En primer lugar el gozo y la alegría. Porque aun desde el realismo crítico, desde la realidad del mundo hecha de luces y sombras, que decíamos antes, la mirada del cristiano debe ser fundamentalmente optimista, porque Cristo vence a las tinieblas. Él es esperanza y gozo profundo. Y nosotros somos sus testigos. Gaudet Mater. En segundo lugar la maternidad. La presencia en el mundo, la apertura a las necesidades ajenas, el servicio de caridad, el testimonio de amor. También el Papa se ha referido a esto. No somos meramente espectadores de una realidad que no nos gusta, de una realidad negativa, del pecado. No podemos limitarnos a la queja estéril. Somos presencia viva de Cristo. Somos presencia pascual, somos esperanza porque trasmitimos a Cristo. Y, por tanto, estamos abiertos a todos los hombres y mujeres que sufren. Cristo es la respuesta a todos los males que nos afligen y nosotros somos su presencia y su testimonio al mundo. Gaudet Mater Ecclesia. En tercer lugar y unido a lo anterior, la comunidad, la ecclesia. No vivimos la fe desde el individualismo sino desde la comunidad. Se ha tratado el tema en el Sínodo de la Nueva Evangelización. Se ha hecho referencia explícita. No se vive la fe desde la individualidad, ni desde la soledad, sino desde la presencia eclesial, desde la Comunidad Cristiana. Entonces como Comunidad Cristiana sí podremos dar una respuesta creíble.

La Orden de San Agustín, gracias a Dios, se inscribe en estas coordenadas. Evidentemente vivimos momentos difíciles. Se dice que en nuestra Orden y en muchas otras familias religiosas la realidad europea es una realidad difícil y complicada: disminución de vocaciones, el laicismo agresivo en muchos lugares, la dificultad en evangelizar… Es, sin duda, un reto.

¿Cómo debemos y cómo queremos responder desde la Orden de San Agustín a ese reto?. Como nos ha indicado el Concilio Vaticano II: viviendo intensamente nuestro carisma. Yo diría incluso más: viviéndolo apasionadamente. Viviendo el Don de Dios, el regalo que debe ser para Iglesia la Orden de San Agustín. Y para ello habrá que reformar cosas, habrá que cambiar algunos elementos. Evidentemente no por el mero hecho de cambiar, sino para vivir mejor lo esencial, buscando siempre la autenticidad en la fidelidad.

Es lo que en este Congreso hemos visto como coordenadas en tantas regiones, en tantos países en donde la Orden resurgió después de la enorme crisis del siglo XIX, siempre desde la fidelidad al carisma. Ha quedado claro que todo proceso renovador debe cuidar siempre tres aspectos fundamentales: la prioridad del aspecto religioso y el cuidado de la vida interior; la fuerte vivencia comunitaria; la apertura a las necesidades del mundo y a la Evangelización. Y un aspecto muy interesante es que el proceso renovador y la recuperación de la Orden comenzó con el cuidado esmerado de la formación de los nuevos miembros.

Ha sido pues una gracia de Dios el haber podido inscribir el Congreso del Instituto Histórico en el contexto del Sínodo de la Nueva Evangelización y en el inicio, en la apertura del Año de la Fe.

P.- Ud. ha sido profesor, ha sido Prior de un monasterio, ha sido párroco, ahora está aquí en el gobierno de la Orden. Son ya casi 25 años de sacerdocio….

LMdS.- ! Veinticinco años gracias a Dios !

P.- … cuando se mira para atrás y ve ese recorrido en esos casi 25 años, ¿qué balance hacer y si pudiera comenzar de nuevo, iniciaría esta misma singladura?, ¿Cuál es el balance?. ¿Se siente feliz?.

LMdS.- Bien, comenzamos por esto último: yo soy feliz. Evidentemente. Soy muy feliz siendo sacerdote, siendo religioso, siendo agustino. Porque realmente es mi vocación. Es responder a una llamada de Dios. Mirando hacia atrás y reflexionando en estos casi veinticinco años -los cumpliré en junio, pues fui ordenado por Mons. Francisco José Pérez y Fernández Golfín el 4 de junio de 1988 en el Colegio San Agustín de Madrid en un día maravilloso- mirando hacia atrás, surgían en mí tres sentimientos fundamentales En primer lugar, una enorme gratitud. Inmensa y desbordante. Casi me dan ganas de saltar de alegría. Realmente el Señor ha hecho obras grandes en mí. En segundo lugar un sentimiento de humildad, sabiendo que esto es inmerecido. Yo no hecho absolutamente nada, solo dejarme llevar. Es aquel lema de Juan XXIII que, en parte, también preside mi vida: “Obediencia y Paz”. Se trata sencillamente de dejarme en las manos de Dios. Él, sin duda alguna me lleva a pesar de mi fragilidad o, tal vez, precisamente por eso. En primer lugar, pues, ese profundo agradecimiento; en segundo lugar el sentimiento de ser todo inmerecido, de ser sentirme absolutamente superado.

El Señor ha hecho obras grandes con lo que es frágil en el mundo, con lo que no sirve. Yo estoy lleno de defectos. Así que ojalá la oración de todos me ayude a mantenerme siempre tranquilo, confiado, disponible y alegre.

Y, tal vez, también puedo añadir un tercer sentimiento: una gran esperanza. Al mirar hacia atrás, la mirada se vuelve en seguida hacia el futuro. Yo, curiosamente, siento también un claro y fuerte empuje hacia el futuro. El saberme en las manos de Dios que me quiere inmensamente, el ponerme en sus manos con mucha sencillez para lo que Él quiera, me impulsa al apostolado, a soñar un tiempo mejor y más pleno. El saber que el mundo es amplio y que las necesidades son grandes hace que la responsabilidad sea también grande.

En este momento creo, sinceramente, que debemos despertar de ese letargo en el que a veces nos encontramos. Debemos vivir la vida religiosa y nuestro propio sacerdocio desde la belleza y la fuerza del día de nuestra ordenación. Muchas veces parece que el paso del tiempo, va cubriendo nuestra vocación de una capa de polvo, parece que nos hace mucho más acomodaticios, con menos resortes, con menos ilusión… Debe ser todo lo contrario. Mirar hacia atrás nos empuja hacia el futuro. Con mucha mayor ilusión, con mucha mayor esperanza. Sabiendo que realmente somos, por así decir, las manos de Dios en el mundo. Como diría San Pablo –casi el repetirlo hace temblar de conmoción- “no soy yo sino que es Cristo que vive en mí”. Esto que él dice para cualquier cristiano, mucho más debe serlo para un religioso y un sacerdote. Por eso debemos recuperar el amor primero…

 

P.- De ahí el lema de San Agustín “ama y haz lo que quieras”…

LMdS.- Sí, se ha repetido muchas veces esa frase de San Agustín: “ama y haz lo que quieras”, que evidentemente no puede explicarse ni entenderse de forma contraria: “haz lo que quieras y luego ama”, no. Si amas, puedes hacer lo que quieres, porque todo estará bien. Se trata del amor verdadero, no de sus caricaturas ni de sus negaciones.

Así comienzo también el curso a mis alumnos de la Facultad de Teología de Burgos. El curso de este año será sobre la espiritualidad de San Agustín, que fue fundamentalmente y esencialmente un hombre que se encontró con Dios y que encontró a Dios: el Dios revelado en Cristo. Desde ahí entendemos su vida. Pero el Dios que se revela en Cristo es el Dios amor, el Dios Padre. Cristo es el amor encarnado como recordará el Papa Benedicto XVI en su bellísima encíclica Deus Caritas est. Esa es la clave de San Agustín y es la clave de todo cristiano. Tal vez haya que comenzar por aquí.

P.- Para terminar Padre Luis ¿cuál es el papel de la devoción a la Virgen, en su vida sacerdotal, en su vida religiosa como agustino?

LMdS.- Es esencial. Yo siempre he sido un hombre muy mariano. Por ejemplo, en mi vida sacerdotal encuentro una gran fuerza en el rezo cotidiano del Santo Rosario. Ya sé que para algunos no está de moda. Pero a mí el rezo cotidiano del Rosario me da mucha fuerza y mucha serenidad. Mi Madre me acompaña; María está conmigo en mí actividad cotidiana. Cuando yo era niño y vivía en Granada con mis padres y con mis hermanos, entré en la Legión de María y participé muchos años de este movimiento. Y creo que la piedad mariana ha marcado mi vida.

María es mi madre. Así lo siento y así procuro vivir.  En la Orden de San Agustín encontré también una gran devoción a la Virgen, con advocaciones muy bonitas en su expresión y de una gran profundidad: la Madre del Buen Consejo, la Madre de la Consolación, la Madre del Perpetuo Socorro, Nuestra Señora de Gracia. Cuando tuve la gran dicha y la enorme responsabilidad de participar en la reelaboración y revisión de las Constituciones de mi Orden, que presentamos en el Capítulo del año 2007, introdujimos en un número y mencionamos expresamente estas advocaciones marianas. Así las todos los títulos marianos propios de la Orden, de gran tradición histórica, están recogidos en nuestras Constituciones como un elemento, no solamente de nuestra estructura de gobierno, sino de nuestra espiritualidad. Fundamentalmente de nuestra espiritualidad”.

El reloj de pared –vecino de un espléndido cuadro al oleo de León XIII- indicaba ya que el tiempo de nuestra entrevista había terminado. Dejamos al padre Luis Marín de San Martín entre sus papeles, sus libros, sus responsabilidades, sus esperanzas y sus retos. Es, sin duda, un sacerdote que transmite la alegría de la Fe.

 

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José Alberto Rugeles Martínez

José Alberto Rugeles Martínez pertenece a los Heraldos del Evangelio.
Es abogado egresado de la Universidad Católica Andres Bello de Caracas.
Miembro del Consejo Diocesano de Pastoral de la Archidiócesis de Madrid.
Hace parte de la Comisión Permanente del Foro de Laicos de España, es consejero de la Federación Mundial de Obras Eucaristicas de la Iglesia y es encargado de Medios de Comunicación Social de la Delegación Diocesana de Apostolado Seglar de Madrid.

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