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Luis Argüello explica las claves del tiempo de Pascua

El secretario general de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, ha explicado esta mañana las claves del tiempo de Pascua, ofreciendo las palabras más significativas que aparecen en el Evangelio en los cincuenta días hasta Pentecostés. Durante el programa de TRECE «Meditaciones de Pascua», el obispo auxiliar de Valladolid comenzó con la primera de las palabras, el saludo pascual del Señor: «Alegraos, la paz con vosotros, recibid el Espíritu Santo». «Era necesario que el Mesías padeciera», «acerca aquí tu dedo», «¿me amas?», «no temáis, yo estaré con vosotros», son otras de las palabras sobre las que profundiza hasta llegar al envío misionero: «id, salid, haced».

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Mensaje de Pascua de Luis Argüello, secretario general de la CEE y obispo auxiliar de Valladolid

Feliz Día de Pascua:

Este es el día en el que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Es día inmenso, un día para el que la Iglesia precisa de 50 días para acoger el acontecimiento. Y especialmente los ocho primeros días del tiempo de Pascua los vivimos como si fuera la primera hora, como si todavía fuese de noche. Es de noche, arde el fuego y arde con llama de amor viva. Sobre el cirio pascual una Cruz ensangrentada, se oye una voz. Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo en la eternidad, a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos, amén.

Ha aparecido la gracia, el Padre le resucitó de entre los muertos y le puso a su derecha y a la cabeza nuestra. Es el Señor, Jesús, Cristo, Señor. ¡O luz gozosa de la Santa Gloria del Padre Celeste e inmortal, santo y feliz Jesucristo, cantan de Oriente a Occidente! De uno a otro lugar. Y en él el Padre nos ha iluminado en su rostro, el que hizo pasar la nada al ser. Él mismo ha hecho brillar la luz de su gloria ante los ojos de nuestro corazón en el rostro del Hijo amado, crucificado y entronizado ahora. Su rostro arde, es la gloria de la gracia desde todos los confines de la Tierra, los ojos de todos le están aguardando.

La voz continúa gritando: «¡Luz de Cristo!». Y todos contestan a una: «Demos gracias a Dios». Como lo había anunciado, al tercer día resucitó. Y entre este día en que quien muere la muerte y el día de la Ascensión, Él se manifiesta aún en el espacio y el tiempo de la muerte, pero ya no sometido a ellos, sino abriéndolos a una inédita transformación. Las apariciones del resucitado son de una gran discreción que convoca a la fe, pero no la impone. Los testigos ven a un desconocido al que la Magdalena toma como un hortelano y los de Emaús como un viajero mal informado. Los discípulos vuelven a su vida de pescadores y, de pronto, la transformación. Algo pasó. Vieron y oyeron. Sus ojos acostumbrados a la vida muerta no pueden ver todavía la vida viviente, pero gestos y palabras ayudan al reconocimiento que estalla en alegría.

Escuchemos algunas de las palabras del resucitado que recogen los evangelios que se proclaman estos días. Siendo últimas en los relatos evangélicos, son primeras y fundantes de su nueva presencia. El Viernes Santo escuchábamos las Siete Palabras de Cristo en la Cruz. Siempre las escuchamos pensando que son las palabras de un moribundo, las últimas palabras de alguien que vive, pero en realidad Jesús, el Cristo, el resucitado de entre los muertos, en estas apariciones singulares que va a realizar a sus discípulos más queridos, va a pronunciarles algunas palabras que tocan su corazón. Vamos a acogerlas también nosotros para ser objeto de contemplación en este día de Pascua, para que nos acompañen a lo largo de la cincuentena.

He aquí la primera palabras: «Alegraos, la paz con vosotros, recibid el Espíritu Santo». En el saludo pascual el Señor resuena la energía de la creación en la que Dios nos comunica su plenitud. «Dios os guarde. Shalom. Ave. Salve». El Espíritu de la promesa sella la vida nueva. El Espíritu que aleteaba sobre las aguas en la primera creación, la paz mesiánica profetizada y esperada. Y el saludo del ángel a María «Ave, Salve, Dios te guarde», se hacen presentes ahora y para siempre.

También a nosotros se nos ofrece el Espíritu Santo para que digamos como María, «Hágase en mí»; para que ese hágase que resuena en la primera hora de la creación, el hágase que resuena en el momento de la encarnación sea también un “hágase” que renueve nuestra vida bautismal, que inaugure la nueva creación y haga posible que vivamos una vida nueva en Cristo. Estas palabras primeras de Jesús que hemos recopilado, «salve, alegraos, la paz, el espíritu», se engarzan ahora con tres preguntas: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas? ¿De que discutíais?». Su nueva presencia entra en diálogo con nuestras viejas inquietudes, los desalientos, el deseo posesivo y los conflictos, los desalientos y el Señor nos dice: «Ánimo, salve, anímate». El deseo posesivo preguntándonos qué buscamos cuál es el centro de nuestra vida, los conflictos, de qué discutíais por el camino. Para ofrecernos ahí la alegría y la paz, la reconciliación, y la posibilidad de descifrar el secreto de nuestro corazón. Porque como en la primera hora de Andrés y su amigo, Andrés el primero de los llamados que se dejan preguntar por Jesús «Qué buscáis» y esa pregunta les permite abrir su corazón. También

Nosotros podemos abrir nuestro corazón y descifrar nuestra necesidad de luz y de compañía. «Maestro, ¿dónde vives?», le dijo Andrés en la primera hora. También nosotros podemos decir ahora: ¿Dónde estás, Jesús resucitado? ¿Dónde encontrarnos contigo para poder hacer un corte en nuestra vida? Y podemos recordar así la hora que todo lo transforma. Queremos apuntar en el corazón la hora de nuestros encuentros con el resucitado, la hora que cambia nuestro rostro, que transforma nuestro corazón, que abre nuestras manos, que hace diligentes nuestros pies para salir y anunciar la alegría del Evangelio.

Pero esta alegría brota de un lugar misterioso. Por eso Jesús cuando se encuentra con aquellos dos de Emaús les dice: «Era necesario que el Mesías padeciera». Se hace presente el resucitado con las marcas de la cruz. El resucitado es el crucificado. Aquel madero de criminales sigue siendo la clave de su entrega. Por este leño ha llegado la alegría. ¡Qué extrañas son las necesidades del corazón de Dios! ¡No podría habernos salvado de otra manera! Pero así estaba trazado desde antiguo y la cruz sigue siendo camino callado y meta de nuestra peregrinación, pisando sus mismas huellas. Sí, la cruz, esa cruz gloriosa que venerábamos el Viernes Santo, que se ha transformado en luz y arde en el cirio pascual, esa cruz que el Señor nos invita a mirar y a llevarla, a descubrir que la cruz es como una llave que abre puertas del corazón. Amar la cruz y amar incluso a esas personas concretas de nuestra vida, que son nuestra cruz. Amar la cruz y descubrir su potencial redentor. Era necesario que el Mesías padeciera. ¡Qué extrañas son las necesidades del corazón de Dios!

Pero vayamos a otras palabras que podemos recoger en los relatos evangélicos de estos días de Pascua. María, Tomás, «acerca aquí tu dedo». Y pronuncia nuestros nombres. No lo conocemos pero él nos reconoce. Su voz despierta del sonambulismo en que introducen la tristeza y la desesperanza. Pero no es suficiente. Algunas de nuestras dudas reclaman tocar, comprobar, y Él abre su herida y experimentamos la misericordia. María, Tomás, podríamos ir diciendo cada uno de nuestros nombres para caer en la cuenta de que el Señor nos conoce desde siempre, desde la eternidad, y porque nos conoce nos ha llamado a la vida, nos ama, nos permite conocerle a Él, y ser sus discípulos, sus misioneros. Pero al dirigirse a nosotros, al llamarnos por el propio nombre despierta nuestra libertad, enciende nuestro amor y nos hace experimentar la alegría de que está a nuestro lado. Además podemos tocarle, escuchar sus mismas palabras, podemos comulgar su mismo cuerpo, coloquiar con Él y decirle «Jesús», al mismo tiempo que experimentamos que Él nos llama por el propio nombre. Como llamó a aquel a quien varias veces le cambió el nombre: «Simón, ¿me amas? ¿me amas? ¿me quieres? Apacienta mis ovejas». A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados. A Simón, un día le cambió el nombre y le llamó «piedra», piedra de cimiento, piedra que sostiene, piedra que reúne, que congrega. Cuando Pedro no quiso la cruz. cuando Jesús hace el primer anuncio de la Pasión en el camino con los Doce hace Jerusalén, Pedro rechaza la cruz y entonces el Señor le llama con un nombre terrible, le llama Satanás, que es el que disgrega, el que enfrenta, el que destruye. Pero Pedro va a tener una nueva oportunidad de seguir junto al Señor. Y Pedro le niega y a pesar de eso, le lavó los pies, como dio de comer a Judas, el que le entregó.

Y ahora, resucitado de entre los muertos, encontrándose con él, le da la oportunidad de afirmar donde antes negó. Por tres veces había negado al resucitado y ahora el resucitado le convoca al amor nuevo, que viene de «jaris», de cáritas, de caridad, del banquete donde se manifiesta el amor nuevo, del lavatorio de los pies. Pero Pedro es consciente de que no puede amar con ese amor. Por eso, Jesús, en la tercera de las invitaciones (de las llamadas) le dice ¿me quieres? Porque Pedro solo puede comprometerse con el amor de su corazón, que es como el nuestro: un amor que ama a los de la propia sangre, a los amigos, a los de la propia cuerda, pero que no tiene fuerzas para el amor excesivo, para el «ágape» que solo en su gracia y alimentados por su cuerpo podemos vivir. Por eso, Jesús se pone a su altura, a la altura del amor filial, al amor de la sangre, y acepta su amor humano y frágil. Le adentra en la misericordia y le propone ser cauce de la misma para todos los hombres. Desde este día, los apóstoles y sus sucesores, los colaboradores de los sucesores de los apóstoles en el nombre de Jesús dicen: Yo te perdono, yo te absuelvo de tus pecados. Es una novedad inédita.

El acontecimiento de la Cruz, la entrega del Señor para el perdón de los pecados se hace un acontecimiento real y concreto en el camino de nuestra vida, para ese tramo en el que hemos vuelto a nuestra condición de criaturas viejas, de cerrados sobre nosotros mismos, y Él nos da la oportunidad de perdonarnos y levantarnos. Se dirige a nuestros miedos, a nuestros desánimos, y se dirige a nosotros y nos dice: «No temáis, estaré con vosotros».

Su sola presencia expulsa a los miedos, que nos paralizan; esos respetos humanos que nos hacen callar, esos miedos que hacen que nuestra lengua no afirme, no diga, que nuestros oídos no quieran escuchar los gritos de aquellos que nos convocan, que nuestras piernas estén paralizadas para salir y anunciar el evangelio o ayudar a otros. Su presencia expulsa los miedos. Y es una presencia asegurada: «Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Porque asciende a la derecha de Dios Padre y Dios sostiene con su misteriosa presencia todo lo creado. Estando en el cielo está en cada lugar. Al irse, está más cerca de nosotros. Ya no solo en Jerusalén, sino aquí, entre nosotros, en cualquiera de los lugares de nuestra tierra española o cualquier otro lugar del mundo donde se parte el pan, donde nos reunimos en su nombre, donde se proclama la Palabra. Él esta a nuestro lado, con nosotros, porque es el Emmanuel, que significa «Dios con nosotros». Así, en la primera hora, cuando Jesús nace, cuando María le da a luz, cuando el ángel suscita el nombre que ha de ponerse a este niño, María le pondrá el nombre de Emmanuel y, fiel a ese nombre, ahora Jesús, cuando en tiempo de Pascua asciende a la derecha del Padre, nos recuerda que sigue siendo el Emmanuel, y por eso, sentado a la derecha del Padre, está en todo lugar. Porque su vida es Eterna, atraviesa toda la historia y se hace presente en cada momento de nuestra existencia. Es el Emmanuel, es el Dios con nosotros. Su presencia expulsa a los miedos.

Y por eso podemos escuchar esta palabra que nos dice «id», echad la red, haced discípulos. La alegría por su presencia derriba los temores que paralizan y es posible obedecer al mandato y salir. Estos imperativos, id, salid, haced, se acogen y no pesan pues van precedidos de un indicativo asombroso: Nos ha amado hasta el extremo, su amor vence nuestro rechazo y a la misma muerte, su victoria se llama misericordia. Y el domingo, domingo de la octava del Señor, a los ocho días, celebramos el domingo de la misericordia, el día del perdón decretado para siempre. Son palabras de Jesús que nos acompañan en el camino de la vida: Cristo, ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega, suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

¡Feliz día de Pascua, queridos amigos!



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