Cartas de los obispos Última hora

Los viñadores ciegos

Cuando escuchamos el mensaje de los evangelios de estos domingos no podemos quedarnos de brazos cruzados, porque Jesús está denunciando la falta de confianza de los fieles a lo largo de la historia de la humanidad y, en consecuencia, nuestra propia realidad concreta ante Dios. El Señor hace un repaso del cuidado y de las atenciones que Dios ha tenido con nosotros; resalta la preocupación por todos y cada uno de los miembros de su pueblo, pero no oculta cómo hemos respondido nosotros, a pesar de habernos beneficiado de la grandeza de su corazón. Ha bastado una chispa para que salte por los aires la armonía de la comunión y de la amistad; ha bastado solo un olvido, se olvidaron los viñadores que la viña-jardín no era suya, sino de Dios, que la creó perfecta y la puso en sus manos con generosidad para que la gestionaran y diera frutos abundantes. Pero, la ambición de estos labradores los llevó al olvido de quienes eran, a la pérdida del sentido común, una gran falta de responsabilidad que no merecía Dios; estas personas se llenaron de soberbia y la locura les hizo perder la memoria. Estas son las consecuencias del pecado, la ceguera y el olvido. Al final, cargados de orgullo, centrados en sí mismos, estos viñadores infieles, dijeron: «Matemos a Dios».

La aventura de estos insensatos es dramática, porque conocían que Dios comenzó con su pueblo una obra buena, en fértil viña, que la «entrecavó, le quitó las piedras y plantó buenas cepas, construyó en medio una torre y cavó un lagar», vamos, construyó un jardín. «Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones». El juicio de los profetas mayores era claro, porque desaprobaban esa conducta y la denunciaban; ellos vieron natural que esa viña fuera arrasada (cf. Is 5, 1-7). Pero el corazón de Dios deja paso a la esperanza, al día en que la viña prosperará bajo su cuidado vigilante (Is 27, 2s); el Señor quiere salvar su viña, la que Él plantó y cuidó con exquisito esmero. La solución de la bondad del corazón de Dios fue mandar a su Hijo.

La esperanza tiene su respuesta en Jesús, enviado por el Padre a salvar su viña. Pero ya hemos visto las consecuencias del pecado, se pretende matar a Dios, pero se equivocan, porque con la muerte del Hijo en la cruz se abrirá una nueva etapa en el designio de Dios: una viña confiada a viñadores fieles, que dará finalmente su fruto bueno. Jesús es la viña verdadera, cuya imagen visible, es la Iglesia. Él es la vid, nosotros los sarmientos, que recibimos la vida de Él. La venida del Hijo y su entrega total nos ha enseñado el valor del amor, la necesidad de estar unidos, en comunión con el Señor; sin esa comunión con Él somos sarmientos desgajados, privados de savia y estériles. La bondad de Dios hace que su amor y su misericordia se renueven incansablemente cada mañana y siga fiándose de nosotros para la misión de anunciar su reino.

En la segunda lectura, san Pablo nos exhorta vivamente a aspirar a todo lo bueno, a todo lo que agrada a Dios, a lo noble, puro, justo y laudable; todo lo que es virtud o mérito, para ponerlo en práctica. Esto es fantástico, ¿verdad?, pues ya sabéis, solo se necesita una verdadera conversión, volver el rostro a Dios para pedir perdón de nuestros olvidos y cegueras y, entonces, alcanzar su misericordia.

+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

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