Carta del Obispo Iglesia en España

Los Santos y los Difuntos en el Año de la Fe, por Julián López Martín, obispo de León

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El recién inaugurado Año de la Fe, entre otras propuestas, nos invita a “recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado” (Carta Apost. Porta Fidei, 13), una historia que, pese a nuestros fallos y debilidades que exigen nuestra conversión, está llena del testimonio cristiano que han ofrecido incontables hombres y mujeres “que nos han precedido con la señal de la fe”.

La solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos que tienen lugar, respectivamente, los días uno y dos de noviembre cobran este año un relieve especial. No sólo porque los que nos precedieron han formado parte de la historia de nuestras comunidades y de la Iglesia tanto universal como local, sino también porque, gracias a la fe cristiana que profesamos y celebramos, podemos vivir el misterio o acontecimiento de la comunión de los santos al que alude el Credo. Esta comunión consiste en la realidad más íntima de la Iglesia, es decir, en la participación de todos los bautizados en los bienes espirituales que Cristo, nuestra cabeza, nos transmite en la palabra de Dios, en los sacramentos y en otros medios de santificación.

 

La comunión de los santos es un “fondo común” maravilloso e inagotable del que disponen en plenitud los bienaventurados en el cielo, que puede ayudar a los difuntos que aún se purifican para gozar de la felicidad eterna y que está también al alcance de los que aún peregrinamos en este mundo. Un aspecto de ese “fondo común” consiste en la fe que hemos recibido como un don en el bautismo y que podemos rentabilizar al máximo si queremos. Por eso, como ha recordado el Papa a propósito del Año de la Fe, durante el tiempo de nuestra existencia terrena, debemos tener la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2) y en el que “encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección” (PF 13).

 

Por eso, especialmente la fiesta de Todos los Santos, ilumina y alegra nuestro presente con los “los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación” (ib.). Nos acompañan, pues, la Stma. Virgen María, los Apóstoles, los mártires y los demás testigos de la fe cuyos nombres están escritos en el Libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8) que pertenecieron a nuestra Iglesia local. De algunos sabemos sus nombres: S. Marcelo y sus hijos (s. III), SS. Facundo y Primitivo (s. III), SS. Vicente y Ramiro (s. VI), S. Froilán (s. X), Sto. Martino (s. XII), S. Fernando rey (s. XII), Sta. Teresa de León reina (s. XIII), Sto. Toribio de Mogrovejo (s. XVI), S. Antonio González (s. XVII), S. Julián-Alfredo, el beato Antero y todos los mártires del s. XX ya glorificados. Todos, los conocidos y los que no conocemos, “han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban” (ib.).

 

La conclusión parece obvia: el Año de la Fe nos da la oportunidad y el valor de ser y actuar como verdaderos discípulos de Jesucristo, reconociéndole vivo y presente en nuestras vidas para transformarlas y ayudarnos a seguirle por las sendas de la verdad y de la justicia. Con mi cordial saludo y bendición.

 

León, 29 de octubre de 2012. Solemnidad de San Marcelo, Patrono de la ciudad.

 

+ Julián, Obispo de León

 

 

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