Zona Cero

Los pobres hoy, son ellos

San Mateo nos dejó estas palabras de Jesús en su Evangelio: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me alojaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. La Iglesia siempre ha optado preferentemente por los pobres. El Señor así quiso que cuidáramos de ellos, porque en este mundo de monedas y mercados, muchas veces el ser humano es relegado a una mera cifra, a un porcentaje. Y no, el hombre y la mujer son mucho más que un mero número.

Desde bien pequeño en mi casa me han enseñado a ser empático. A compartir con quien lo necesita sin reparar mucho en el coste personal. La concepción cristiana de la solidaridad pone el acento en esto mismo. Saber sacrificar lo propio en beneficio del prójimo. Durante décadas, mediante organismos eclesiales como Cáritas –y también muchos otros menos conocidos pero cuya labor social es enorme–, los católicos hemos canalizado esa ayuda a quienes más lo necesitaban. Vecinos de nuestro barrio, pobres o marginados de nuestra ciudad e incluso a zonas en guerra o sin agua potable o alimentos. La situación a día de hoy ha cambiado, en pleno 2020 y con una pandemia condicionando absolutamente todo, tenemos un nuevo reto como Iglesia y como sociedad, que lo sumamos a las bolsas de pobreza que ya teníamos aquí y que arrastramos desde hace tiempo.

El domingo es la Jornada Mundial por los Migrantes y Refugiados. Personas muy necesitadas, los últimos, los más vulnerables, los que dejan su vida atrás y, lo poco que pueden, lo meten en una bolsa para cruzar países y echarse a un mar, no siempre en calma, y poder llegar a un nuevo amanecer con nuevas oportunidades lejos del sufrimiento que en sus hogares padecían. ¿No es eso lo que todos haríamos en su situación? Ojalá no emigrasen ni huyesen porque en sus países de origen hay condiciones que permitiesen el desarrollo y garantizasen la salud y el progreso. Pero no es así. A ellos nos toca ayudar, sin mirar el color de la piel o su credo. Ellos son los pobres de hoy. Nos toca estar a la altura, cerca de ellos, acogiendo y promoviendo, mostrándoles lo que el cristianismo es capaz de dar. Cuidarles es cuidar a los preferidos del Señor. Que estas personas que pisaron suelo español puedan decir algún día: Era forastero y me acogisteis.

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