Tiempo de caminar

Los otros muertos del COVID

Hace unos días falleció la abuela de una de mis mejores amigas. Ella no aparecerá en esas listas numéricas y frías que se comparten cada día en informativos de televisión y páginas de periódicos. No, porque no ha muerto por COVID19. Al menos, no directamente. Pero sí es víctima de una pandemia que está causando un mal terrible entre los ancianos y las personas más vulnerables. Porque a veces la soledad también es una condena a muerte.

Ella vivía en una residencia. Ya era mayor, y necesitaba cuidados. Allí se contagió el virus, como unos cuantos ancianos más con los que compartía estancias. Sin entrar a valorar si tenía que haber ido antes o después al hospital, el caso es que esta nonagenaria, milagrosamente, se salvó. Superó la enfermedad. Pero ahí comenzó un sufrimiento paralelo. Porque se sintió tan sola que pensó que su familia la había abandonado. No entendía que no estuvieran con ella, que no la cuidaran, que entraran señores vestidos con «trajes de astronautas» para atenderla. Y, poco a poco, se dejó ir.

La abuela de mi amiga había sido una mujer con una familia muy grande, y con una unión entre ellos de las que dan envidia de las sanas. No había día en que, bien un hijo, bien un nieto o una nuera, no fueran a visitarla mientras estaba en la residencia, antes de toda esta pesadilla. Hablaban con ella, y la llevaban casi a escondidas raspitas de jamón «del bueno», que saboreaba como si fuese el mejor de los manjares. Les contaba su día a día con sus compañeros, sus amores de juventud, su vida llena de historias y sabiduría. Jamás pasó un día sin estar acompañada. Pero los protocolos sanitarios impuestos durante esta crisis acabaron con su rutina de familia. Con su vida. Nunca llegó a comprenderlo. O quizá sí, al final, en esos momentos de lucidez que llegan en el final de la vida, cuando una lágrima bajaba por su mejilla frente a su nieta. que finalmente había podido entrar en la habitación de paliativos donde había llegado días antes.

Los que estamos fuera de las residencias, fuera de los hospitales, comprendemos los sacrificios que hay que pasar por el bien del común de la sociedad. Pero, ¿quién le explicaba a ella que su familia no la había abandonado, que simplemente no podían entrar a verla porque así lo estipulaban quienes se supone que más saben de esto? Al final, estamos haciendo frente a un virus, pero descuidando también otros aspectos sociales, emocionales y psicológicos que tanto daño están haciendo.

No me valen argumentos simplistas de quienes dicen que con 90 años ya había vivido suficiente. No. Ese reduccionismo cínico hace daño. Era una abuela, una madre, una suegra, una mujer que no merecía acabar así. No sola, realmente. Pero sí sintiéndose sola. Que es aún peor.

Ahora, cuando nos levantamos este lunes pensando en qué terraza me tomaré hoy mi primer café post-cuarentena, y planificamos fiestas, viajes, retomar nuestros proyectos, pienso con pena lo rápido que nos olvidamos de esos miles, ¡miles! de personas que se han quedado por el camino. Las oficiales, y las que no. Las del COVID, y las que se derivan de él. Y me pregunto si esas portadas de hoy en todos los periódicos, con la consigna gubernamental de que «saldremos más fuertes», han reflexionado lo suficiente sobre quién «sale», y de qué manera.

Y a ti, querida amiga, quedan pendientes los abrazos y los besos. Y la rabia contenida por no haber podido siquiera prestarte un hombro para llorar, ni acompañarte en el funeral, se transformarán en cercanía y ese cariño mutuo en cuanto podamos. Descanse en paz.

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