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Los obispos de la UE, preocupados por la situación en el Cáucaso

La Conferencia de Obispos de la Unión Europea (COMECE) ha expresado su preocupación por la situación en el Cáucaso, donde desde finales del pasado mes de septiembre se suceden los enfrentamientos y frágiles treguas entre Armenia y Azerbaiyán en su disputa por el enclave de Nagorno-Karabaj. El pasado 8 de octubre, como ya informó ECCLESIA, varios proyectiles azeríes llegaron a impactar en la catedral armenia de Cristo Salvador, en la localidad de Shushi, la segunda más importante del enclave, hiriendo a tres informadores y causando importantes daños materiales.

El organismo episcopal europeo recuerda los reiterados llamamientos efectuados en este tiempo por el Papa Francisco a ambas partes «para que detengan el derramamiento de sangre inocente y entablen negociaciones sinceras con la ayuda de la comunidad internacional». Estas se están llevando a cabo bajo mediación del llamado «Grupo de Minsk» de la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE). Tras reunirse el 30 de octubre con los ministros de Exteriores de ambos países, los copresidentes del Grupo —Igor Popov por parte de la Federación Rusa, Stéphane Visconti, de Francia, y Andrew Schofer, de Estados Unidos— hicieron pública una declaración en la que indican que ambos países se han comprometido a cumplir con el cese de alto el fuego, a no atacar «deliberadamente a las poblaciones civiles ni a los objetos no militares de conformidad con el derecho internacional humanitario», y a colaborar con la Cruz Roja Internacional y la Media Luna Roja facilitando a estos organismos en el plazo de una semana una lista de prisioneros de guerra para un eventual intercambio.

Los combates han causado la muerte de numerosos civiles, decenas de miles de desplazados y la destrucción de viviendas, infraestructuras y lugares de culto. En una nota de prensa del 5 de noviembre, la COMECE agradece la ayuda humanitaria proporcionada por la Comisión Europea a la población civil, al tiempo que solicita a la UE que garantice la protección de los lugares de culto y la seguridad de las comunidades locales.

40 años

La Comisión de Episcopados de la Unión Europea, creada en 1980, cumplió 40 años de vida el pasado mes de octubre. Esta efeméride, y los cincuenta años de establecimiento de relaciones diplomáticas entre la UE y la Santa Sede, fueron recordados en la asamblea plenaria celebrada los días 28 y 29 de octubre, en la que se hizo presente on line el secretario de Estado de la Santa Sede, cardenal Pietro Parolin. El «número dos» vaticano tenía previsto visitar Bruselas para reunirse con las autoridades eclesiales europeas, pero no pudo hacerlo por mor de la pandemia. No obstante, transmitió por videoconferencia a sus hermanos obispos el mensaje que el Papa Francisco les dirigió para la ocasión, en el que les pide que trabajen —ahora más que nunca, en estos tiempos de covid— por una Europa unida y solidaria.

«En nuestro tiempo, que “da muestras de estar volviendo atrás”, en el que prevalece la idea de ir cada uno por su cuenta —advierte el Papa—, la pandemia constituye como una línea divisoria que obliga a hacer una elección: o se sigue el camino tomado en el último decenio, alentado por la tentación de la autonomía, enfrentando crecientes incomprensiones, contraposiciones y conflictos; o bien se redescubre ese camino de la fraternidad, que sin duda fue el que inspiró y animó a los Padres fundadores de la Europa moderna, a partir justamente de Robert Schuman».

El mensaje que Francisco dirigió a los obispos de la Europa unida dice también: «Sueño una Europa solidaria y generosa. Un lugar acogedor y hospitalario, donde la caridad —que es la mayor virtud cristiana— venza toda forma de indiferencia y egoísmo. (…) Es evidente, en efecto, que la necesaria acogida de los migrantes no puede limitarse a simples operaciones de asistencia al que llega, a menudo escapando de conflictos, hambre o desastres naturales, sino que debe consentir su integración para que puedan conocer, respetar y también asimilar la cultura y las tradiciones de la nación que los acoge».

Y añade: «Sueño una Europa sanamente laica, donde Dios y el César sean distintos pero no contrapuestos. Una tierra abierta a la trascendencia, donde el que es creyente sea libre de profesar públicamente la fe y de proponer el propio punto de vista en la sociedad. Han terminado los tiempos de los confesionalismos, pero —se espera— también el de un cierto laicismo que cierra las puertas a los demás y sobre todo a Dios, porque es evidente que una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la trascendencia, no respeta adecuadamente a la persona humana».

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