Editorial Revista Ecclesia
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Opinión

Los nombramientos episcopales son siempre para la comunión y la misión – editorial Ecclesia

Los nombramientos episcopales  son siempre para la comunión y la misión

La Iglesia católica en España acaba de recibir dos importantísimos nombramientos episcopales para sus dos sedes más pobladas y, quizás, también de mayor vitalidad. A estos nombramientos, por la inexorable ley del canon 401, del vigente Código de Derecho Canónico (los obispos han de poner sus ministerios a disposición del Santo Padre al cumplir los 75 años), seguirán, en los próximos meses, otros, algunos de ellos también muy relevantes. En la página 10 de ecclesia de la pasada semana ofrecimos la relación de los obispos que se hallan en esta situación. Todo esto significa que desde ahora y hasta dentro de año o año y medio, al menos otras diez diócesis españolas –de ellas, tres archidiócesis- recibirán el nombramiento de un nuevo pastor.

¿Y cuáles son las claves de lectura y de interpretación de estos relevos episcopales, los ya producidos y los que vendrán? ¿Cuáles han de ser las auténticas actitudes eclesiales ante ellos? La primera es volver a recordar y a vivir que el ministerio episcopal es un servicio –altísimo y por ello más revestido aún de responsabilidad- en aras a la misión y a la comunión. Y en segundo lugar, dicho queda, estos relevos se producen en normalidad, en la normalidad que marcan el reloj de la vida y de la ley.

En tercer lugar, no cabe tampoco ninguna duda de que estos relevos episcopales se insertan en una hora, en un momento concreto de la vida y del devenir histórico de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad. La hora eclesial la marca el Papa Francisco, indiscutible y gozosamente. La marca también el Concilio Vaticano II, que sigue el primer acontecimiento eclesial del último siglo y la brújula segura para la Iglesia de hoy. Y la marca asimismo la sociedad concreta y actual a la que son y serán  enviados estos obispos. Una sociedad, nuestra sociedad española que, junto a sus indiscutibles logros y luces, su robusto tejido histórico de fe católica,  las heridas abiertas que ha dejado y sigue dejando la crisis que no cesa, experimenta asimismo “la dura experiencia de la indiferencia de muchos bautizados” y de “una cultura mundana, que arrincona a Dios en la vida privada y lo excluye del ámbito público”, como afirmó el Papa Francisco en su discurso a los obispos de las diócesis españoles en visita ad Limina, el pasado 3 de marzo.

Y la misión, y esta desde la comunión –comunión con Pedro, hoy Francisco; comunión entre los obispos; y comunión con sacerdotes, consagrados y laicos-, que, en consecuencia, corresponde dirigir y animar a nuestros obispos encuentra asimismo en el citado discurso del Santo Padre (ver ecclesia, número 3.717, páginas 34 y 35 y 5) un extraordinario marco de referencia y hasta las pautas de su carta de navegación.

Lo que hoy, pues, y siempre, se espera de un obispo es, en primer lugar, el ejercicio no de una prerrogativa o de un honor, sino de un servicio. Un servicio que se concreta (releer, de nuevo, el citado discurso de Francisco a nuestros obispos, de hace medio año) en respetar con humildad los tiempos de Dios, acompañar con paciencia y misericordia los procesos de maduración de cada persona y no tener miedo para dar el primer paso y salir a su encuentro. Y un servicio que es aún más creíble y más fecundo,  favoreciendo la capacidad de una sincera y cordial escucha y  de “buscar lo que verdaderamente une y sirve a la mutua edificación”.

A partir de ahí, la misión que nuestros pastores están llamados a vivir, servir y liderar es la de trabajar por una Iglesia en salida, una Iglesia discípula y misionera, una Iglesia evangeliza y evangelizadora, “de la que nadie puede quedar excluido” y que “no ahorre esfuerzos para abrir nuevos caminos al Evangelio”.

Desde estas ideas y actitudes, desde el indiscutible reconocimiento al buen trabajo realizado en sus anteriores destinos y su indudable capacitación para los nuevos, saludamos y felicitamos cordial y eclesialmente a los recién nombrados arzobispos de Madrid y de Valencia. Igualmente, creemos que es de justicia agradecer y reconocer el espléndido ministerio de quien ha sido arzobispo de Madrid en los veinte últimos años.

Y es que así, y sin maniqueísmo, es como crece la Iglesia: desde la comunión y la misión, cuyos primeros servidores son los obispos y a cuya tarea se les envía.

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