Los muros no solucionan los problemas, los agravan – editorial Ecclesia
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Los muros no solucionan los problemas, los agravan – editorial Ecclesia

Los muros no solucionan los problemas, los agravan – editorial Ecclesia

La máxima evangélica «por sus obras, los conoceréis» es, dicho coloquial y gráficamente, la idea que el Papa Francisco transmitió en su reciente entrevista en el diario español «El País» (ecclesia dedicó al tema, la pasada semana, su Editorial y dos páginas de información), a propósito del nuevo presidente de Estados Unidos de América, Donald Trump. Esta actitud prudente y sensata es también, sea dicho con humildad y verdad, la  línea editorial que esta revista ha querido mantener antes, en y después de su elección –no lo olvidemos- democrática. Pero, cuando apenas han pasado los primeros días desde que el 20 de enero se convirtiera en el cuadragésimo quinto presidente del país más poderoso de la tierra, y mientras habrá que seguir esperando, las primeras «obras» de Trump no pueden ser más desalentadoras y preocupantes.

Más allá de discursos y de propaganda y manipulación, tanto a favor como en contra, dos de sus primeras decisiones son las que para nosotros  hacen saltar las alarmas. Nos referimos a la construcción de un muro fronterizo en las lindes multikilométricas con México y la orden ejecutiva que prohíbe, en los próximos tres meses, la entrada en Estados Unidos a ciudadanos de siete países musulmanes (Siria, Irán, Sudán, Libia, Somalia, Yemen e Irak).

Nos detendremos en este comentario Editorial sobre la primera medida, la construcción de un inmenso muro fronterizo entre Estados Unidos y México. La frontera entre ambos países abarca aproximadamente unos 3.200 kilómetros, de los que mil se construyeron ya durante el Gobierno de George W. Bush. Y ofrecemos con precisión este dato para plantearnos ya la primera objeción a esta medida: ¿qué se han conseguido en la última década con los primeros mil kilómetros de muro? Nada positivo: ni mayor seguridad, ni mayor justicia social, ni mayor humanidad. Y bueno será recordar, como ha hecho el secretario general de la CEE, que «las civilizaciones que se honran hacen puentes, no muros».

En segundo lugar, contrasta esta cerrazón, este portazo con la realidad migratoria –realidad, por otro lado, imparable- por proceder de un país como Estados Unidos, que ha sido y sigue siendo construido y engrandecido por los emigrantes. Un país, que como, en mensaje enviado el día de su toma de posesión, Francisco recordó a Trump atesora en su historia y en su presente «ricos valores espirituales y éticos» y en tantas otras ocasiones ha destacado por su «compromiso a favor de la promoción de la dignidad humana y la libertad en todo el mundo».

Esta lamentable orden ejecutiva demuestra asimismo la escucha omisiva de Trump  al ruego del Papa, quien en su citado mensaje subrayaba que «la estatura de los Estados Unidos puede medirse sobre todo por su preocupación por los pobres, los marginados y los necesitados que, como Lázaro, están ante nuestra puerta».

Y es que, en efecto, como han puesto de manifiesto los responsables de Migraciones de las conferencias episcopales mexicana y estadounidense (ver página 38) el muro no hará sino «poner las vidas de inmigrantes innecesariamente en peligro». Su construcción «solo hará que los migrantes, especialmente las mujeres y los niños vulnerables, sean más susceptibles a los traficantes y contrabandistas». Y, directa o indirectamente, añadimos nosotros, despertará más aún el deseo y la necesidad de emigrar, además de endurecer, todavía más, la sensibilidad y la capacidad de humanización y de solidaridad que tanto demanda y apremia nuestro mundo, fomentando el individualismo y el indiferentismo ante la dramática situación que viven millones de personas solo por el hecho de haber nacido allí y no aquí…

Como tantas veces ha recordado la Iglesia y la humanidad de bien, la realidad problemática de las migraciones solo se solucionará en su raíz, evitando que atroces e injustas condiciones de vida no den más alternativas que la huida y la emigración forzosa. Dicho con otras palabras: mientras no tomemos conciencia de que son la pobreza, la violencia y la miseria extremas las que expulsan de sus casas, de sus tierras y sus países a millones de hombres y mujeres, el problema no se solucionará. Y menos aún con muros y alambres.

«Cada país –habla, de nuevo, Francisco, en su entrevista en “El País”–  tiene derecho a controlar sus fronteras, y los países que están en peligro, más, pero ningún país tiene derecho a privar a sus ciudadanos del diálogo con sus vecinos». ¿Tan difícil es de entender?

 

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