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Los Legionarios de Cristo se unen a la Jornada de Oración por las víctimas de los abusos sexuales

En su compromiso de fomentar actitudes e iniciativas espirituales de oración, penitencia y expiación por los abusos cometidos, los Legionarios de Cristo se unen a la Jornada de Oración por las víctimas de los abusos sexuales, una jornada que la Conferencia Episcopal Española la ha fijado para hoy.

Los miembros de la Legión de Cristo han sido convocados por su director general, el padre John Connor, a vivir el 19 de noviembre una jornada de oración por todas las víctimas, especialmente durante la Misa y la Hora Eucarística, y han preparado unos subsidios entre los que se encuentra un cuadernillo destinado a esta jornada. Contiene una relación de los pasos dados por la Iglesia para enfrentar el fenómeno del abuso sexual contra menores y adultos vulnerables, el testimonio de una víctima y sobreviviente de abusos —que también puedes escuchar en video—, y dos oraciones sencillas preparadas especialmente para esta jornada por la Comisión Pontificia para la Protección de Menores.

Testimonio de Alejandra

Me llamo Alejandra, soy víctima y sobreviviente de abuso sexual, perpetrado a partir de los cinco años de edad, hasta cumplidos los once por un familiar. Este recurrente acto de dolor detonó en mí una depresión profunda, me convirtió en una persona sin sentido de vida, introvertida, tímida, buscando continuamente no ser vista, ni reconocida; el silencio y el aislamiento eran inherentes a mí, nunca pude ser capaz de platicarlo a alguien, aunque mi cuerpo pedía a gritos ayuda. Hice a un lado la comida, aparecieron dolores de la columna, así como una gastritis intensa al grado de quedar postrada, todo parecía que el dolor psíquico se somatizaba cada vez más. Finalmente, con ayuda y paciencia de mi familia, logré levantarme de esta lacerante etapa de depresión.Posteriormente, al cumplir la mayoríade edad, me sentí motivada a entrar a la vida consagrada. Inconscientemente, pensaba que en el convento estaría protegida y no volvería a vivir el abuso; pensaba que Dios, en esta nueva etapa, me ayudaría a darle sentido a mi vida. Sin embargo, no fue así.

Un año después de haber ingresado a la vida religiosa, fui a mis primeros ejercicios espirituales, yo no sabía en qué consistían, incluso desconocía el acompañamiento espiritual, solo continuaba el proceso y respondía al proceso espiritual que en los ejercicios se me iban marcando. En aquella ocasión, el sacerdote que dirigía los ejercicios me había pedido que diariamente nos reuniéramos una hora por las tardes para ver cómo se había llevado a cabo la jornada. Progresivamente durante esa semana se fue incrementando su invasión hacia mi persona hasta, lamentablemente, llegar al abuso.

Los recuerdos de mi infancia regresaban y me volvía a sentir la niña indefensa que no podía parar el abuso; tuve la valentía de decirle a una hermana de autoridad lo que estaba pasando, sin embargo, no asintió ni creyó aquello que le narré, me decía que aquello que yo estaba narrando podría ser producto de mi imaginación. Incluso, insistía ¿cómo un sacerdote con una reputación tan buena sería capaz? Al final, no tuve otro remedio que guardar silencio. Silencio castrante marcado por una carga de culpabilidad, puesto que me hizo sentirme como una mentirosa. Este breve capítulo, fue el comienzo de los tiempos de acoso por parte de varios sacerdotes y seminaristas y fue, concretamente, el tiempo que estuve en la congregación religiosa.

Obviamente, por la depresión intensa que se consolidó, me sentía quebrada; sin duda las fuerzas menguaban y la falta de sentido embargaba mi vida. Sumados todos estos factores psicológicos, que poco a poco se iban haciendo más crónicos, decidí salir de la congregación, no por dudar que tuviera vocación, sino porque necesitaba comenzar a atenderme, necesitaba valorar qué cosa ocurría en mí que atraía a personas con las mismas categorías de abuso, que me lastimaban, me acosaban e intentaban confundirme con toda serie de perversos halagos.

Sin embargo, salí de la congregación religiosa y desafortunadamente, me seguía encontrando con otros sacerdotes acosadores. Sin duda, sentía como si estuviera envuelta dentro de un círculo vicioso. No voy a negar que en su momento, perdí la confianza en las personas, especialmente en los hombres y más específicamente en los sacerdotes y en aquellos que se preparaban para el ministerio sacerdotal.

Aunque el relato resulta breve, cada palabra está conformada por años y por daños. Tan es así, que sumergida en mis infiernos para entender que no era mi culpa, llegué al fondo del abismo y tuve que pisar un hospital psiquiátrico, pues iban en aumento las autolesiones, y eran recurrentes los pensamientos suicidas, todo por sentir que me habían arrebatado no solo la dignidad y la inocencia, sino la vida entera. Hoy me pregunto ¿cómo es posible que una persona que es instrumento de Dios pueda hacerte sentir como una “puta”, que solo le sirve para satisfacer sus necesidades fisiológicas sin tomar en cuenta la dignidad?

Sin embargo, debo decir contundentemente, que la figura sacerdotal ha tenido una doble función en mi vida: una hace referencia a la herida, la otra a la sanación. Esta figura sacerdotal que me ha lastimado y que ha abusado de mí, pero también, esa figura sacerdotal que me ha curado por medio de mi director espiritual y mi terapeuta, puesto que ambos son sacerdotes. ¡Las manos sacerdotales que me hirieron, ahora me han sanado, me han curado las heridas, me han levantado, y me han hecho encontrar un propósito de vida!Sin duda, ha sido largo el camino de sanación, pero una de las cosas que me ha mantenido viva es la fe. Al día de hoy, muchos se preguntan por qué; mi continua respuesta es porque Dios es más que una institución, Dios es más que un sacerdote; y yo, sin la fe, no estaría viva.

Frecuentemente emerge desde lo profundo de mi vida la cruda aclamación ¡Sáname Señor!, grito de desesperación que surge desde lo más profundo de mi ser. En el proceso me ha acompañado una sensación de desesperación, donde solo encuentro a Jesús como el único que puede curarme, el único que puede transformarme, donde se termina la fuerza humana esperando que intervenga la divina. En esa soledad, sin sentido y abandono, descubro que lo único que puede mantenerme viva es estar con Él. Con humildad he tenido que dejarme re-crear.

Por último, quiero señalar que la desnudez y la vulnerabilidad son de las sensaciones más difíciles de experimentar, te sientes tan pequeña, con miedo y sin seguridad… Es ahí, donde te descubres necesitada, donde descubres que en tu desierto puedes encontrar la vida. Donde creías que todo estaba perdido, nace la esperanza y se va el miedo, y descubres que el amor y la relaciones con los otros también curan. Soy Alejandra y solo quisiera decirles que ¡voy aprendiendo a sanar!…

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