Carta del Obispo Iglesia en España

Los hijos de la luz y el dinero, por César Franco        

En los tratados morales que explican las virtudes cardinales, se distingue la prudencia sobrenatural de la astucia de la carne. En cuanto a la primera, es virtud sobrenatural porque, con la mirada puesta en el fin último, que es Dios, dirige todos sus actos a la consecución del mismo y la salvación del alma. Está siempre regida por la caridad. La astucia de la carne nace del propio interés y busca que todo concurra en la satisfacción de sus propios instintos aunque no sean pecaminosos.

En el evangelio de hoy, Jesús cuenta una parábola conocida como la del administrador infiel, en la que el protagonista, al enterarse de que ha perdido el favor de su amo, busca por todos los medios salvarse a sí mismo del negro futuro que le espera, si el amo le despide. Para ello, comienza a llamar a los deudores y, buscando su favor, les perdona parte de la deuda que deben al amo. De este modo, cuando se encuentre en la calle, encontrará «amigos» que le echen una mano. Cuando termina la parábola, Jesús hace este comentario: «El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz». Es obvio que Jesús no alaba el proceder de este pícaro ladronzuelo, sino las astucia de la carne con que procede. Y contrapone claramente a quienes son «hijos de este mundo» y «los hijos de la luz», dejando claro que son dos comportamientos opuestos.

Jesús, sin embargo, no se contenta con subrayar la astucia del administrador infiel, sino que, tomando pie de su historia, hace unas consideraciones sobre el «vil dinero» que especifican la enseñanza contenida en la parábola. Invita a sus oyentes a menospreciar el dinero, especialmente si se ha ganado con malas artes, para hacer el bien, de modo que, cuando falte, sean recibidos en las moradas eternas. Y, sobre todo, a ser fiel en lo menudo para ser dignos de confianza en lo grande. Es evidente que Jesús amplía el horizonte de la parábola para inculcar el recto comportamiento moral en el uso del dinero y de los bienes temporales. Sólo así, cuando llegue la hora, podrán recibir el premio de una herencia no perecedera.

Que Jesús no piensa sólo en el dinero ganado con astucia de la carne, sino en todo dinero en general, lo indica el final de sus palabras: «Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará a uno y no hará caso del segundo. No se puede servir a Dios y al dinero». Este colofón de la parábola pone de relieve el pensamiento de Jesús sobre el dinero y toda clase de riquezas, que aparece en otros lugares del evangelio: El hombre no está hecho para servir a dos amos. Nacidos de Dios y para Dios, nuestra único Señor sólo puede ser él. Cualquier intento de fundamentar nuestra existencia entre Dios y el dinero es estéril y terminaremos siendo esclavos del dinero. «Guardaos de toda clase de codicia», decía Jesús en el evangelio de un domingo pasado. Si ya de por sí, al hombre le cuesta vivir en la adoración de Dios, ¡cuánto más le costará si se deja llevar por la codicia de los bienes de este mundo, que nos seduce con su apariencia de estabilidad! A lo sumo, el dinero nos traerá en esta vida amigos, poder, disfrute, vanagloria, todo y sólo lo que este mundo puede darnos. La vida del hombre no depende de sus bienes ni consiste en ellos. Un mal golpe de suerte, una enfermedad, la caída de la bolsa, puede acabar en un momento con el fundamento de nuestra postiza felicidad. Por eso, la prudencia sobrenatural que orienta nuestros actos al bien supremo es la única que nos hace vivir como hijos de la luz, la luz eterna que hace palidecer toda riqueza.

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

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