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Opinión

Los esfuerzos por la unidad han de ser correspondidos – editorial Ecclesia

En las páginas 36 y 37 de este número de nuestra revista, informamos de la hasta ahora última nota de prensa hecha pública por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y la respuesta que la misma ha merecido de parte de la Santa Sede. Fue a raíz de la conclusión, el 14 de julio en Ecône (Suiza), de un capítulo general de los lefebvrianos.

Un mes antes (ver ECCLESIA, número 3.628, página 34) había tenido lugar en Roma una reunión del superior general de la Fraternidad con el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei. La Santa Sede había ofrecido a los lefebvrianos una prelatura personal si suscribían el preámbulo doctrinal presentado en septiembre de 2011. Dicho preámbulo, cuyo contenido exacto y preciso no se conoce, sitúa la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio pontificio posterior a él como necesaria y lógica condición para la deseada reintegración de la Fraternidad en la plena comunión de la Iglesia católica.

Ya entonces, hace un mes, advertíamos que, junto a una posible división interna en la Fraternidad, esta continuaba, cuando menos, recelosa y crítica con respecto al último Concilio Ecuménico. Lamentablemente, esta impresión de los últimos meses se ha verificado de nuevo ahora. Según se lee claramente en el aludido comunicado final del capítulo general de la Fraternidad, para esta «todas las innovaciones y reformas del Concilio Vaticano II permanecen manchadas de errores» y «la Iglesia está en crisis total».

Autoerigidos en garantes de la auténtica fe, los lefebvrianos, en su difusa, enrevesada y hasta presuntuosa nota, no responden explícitamente a la propuesta vaticana, afirman, sin explicitación alguna, haber «definido y aprobado las condiciones necesarias para una eventual normalización canónica» y dicen esperar –en autosuficiente y pasmosa afirmación– a que «un debate franco y serio sea posible, teniendo como finalidad el retorno de las autoridades eclesiásticas a la Tradición». Y además, con sus críticas al Concilio parecen, tristemente, alejarse del único camino que puede conducir a la plena y verdadera reconciliación, cuya garante, en este caso sí, es solo la Sede Apostólica. Y es que la Iglesia no puede renunciar al Vaticano II, ni minimizarlo o desnaturalizarlo, como, entre otras razones, no puede tampoco renunciar a ninguno de los otros veinte concilios ecuménicos previos.

Frente a esta actitud de la Fraternidad, la Santa Sede ha vuelto a dar señales de prudencia, serenidad, paciencia y verdadera eclesialidad. Así, en comunicado emitido el 19 de julio, el Vaticano afirma tomar nota de la referida declaración –a la que considera como un documento interno, para el estudio y la discusión entre los miembros de la Fraternidad–, pero que «sigue esperando la anunciada comunicación oficial por parte de la Fraternidad Sacerdotal para la continuación del diálogo entre esta y la Comisión Ecclesia Dei».

Cuando en julio de 2007 el Papa Benedicto XVI escribió la carta apostólica dada en forma de motu proprio Summorum pontificum, mediante la cual liberalizaba y universalizaba el uso de la liturgia romana anterior a 1970, hizo acompañar aquel documento de una carta personal suya abierta y dirigida a todos los obispos de la Iglesia. En ella, el Santo Padre expresaba su convicción de que era preciso «hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo». Durante estos cinco años –como ya sucedió, de un modo u otro, durante los pontificados de Pablo VI y de Juan Pablo II–, el Papa, y con él la Iglesia católica, ha permanecido y permanece en esta voluntad, dando numerosas, evidentes y generosas pruebas de ello. ¿Esta voluntad y estos esfuerzos –nos preguntamos nosotros ahora– están siendo equitativa, lealmente y eclesialmente correspondidos?

En cualquier caso, no perdamos ni la calma, ni la esperanza, ni la paciencia, como el mismo Papa nos da fehaciente y admirable ejemplo. La unidad en la Iglesia es un valor supremo. Es un mandato del Señor. «Abramos generosamente nuestro corazón –con palabras de Benedicto XVI en su mencionada carta a los obispos de 7 de julio de 2007– y dejemos entrar todo a lo que la fe misma ofrece espacio». Oremos por esta intención. Y, aunque podamos sentirnos llenos de razones, no caigamos ni en provocaciones, ni en descalificaciones, ni en prejuicios, ni en recelos.

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