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Los cien primeros días del Papa Francisco – editorial Revista Ecclesia

En el argot, uso y costumbres del mundo periodístico y de la opinión pública, los cien primeros de un mandatario, de un gobierno, del inicio de una actividad se consideran un periodo test y de prueba, en el que es preciso deponer juicios y valoraciones y dejar actuar sin presiones a quien se estrena en un cargo. En suma, se trataría –hablando coloquialmente- como de firmar un cheque en blanco…, eso sí, con fecha de caducidad en el día cien…  De ahí, que según esta misma praxis, cumplidos estos cien primeros días, que suelen de gran importancia para fijar posiciones, ya se abre el camino a la valoración y la crítica, positiva o negativa.

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Más allá de lo que esto tiene de convencionalismo y hasta de artificio, sí es cierto, en el caso que nos ocupa, que transcurridos cien días (fue elegido el 13 de marzo y este número de ECCLESIA lleva fecha de 22 de junio: cien días, pues, exactos) de la elección del nuevo Papa, de Jorge Mario Bergoglio, el Santo Padre Francisco, ya podemos trazar una primera aproximación a su figura y su huella y siembras primeras en el Iglesia y en la misma sociedad.

Necesaria y gozosamente la primera de estas valoraciones nos ha de entroncar con su misma elección, con la inmensa sorpresa de aquella lluviosa y venturosa tarde romana del 13 de marzo de 2013. Su elección – lo escribimos desde aquel mismo momento y lo hemos repetido en otras ocasiones- solo tenía y tiene una lógica, que no es la lógica de la conjeturas y los planes y cálculos humanos, sino la lógica del Dios que con amor misericordioso y providente gobierna a su Iglesia y suscita en cada momento lo que ésta más necesita. Y si ya desde que vimos, oímos y sentimos en el balcón central de la basílica vaticana al nuevo Papa, pensamos que era “cosa” de Dios, que Dios estaba grande con nosotros, cien días después, lo seguimos pensando y lo estamos  y lo estaremos experimentando y comprobando.

Con lo anterior afirmación ya estaría prácticamente todo dicho. Con  todo, bueno será ofrecer algunas pinceladas que iluminen nuestra reflexión y nuestra acogida a este don de Dios en la persona y en el ministerio del Papa Francisco. De ahí que, en segundo lugar y como dijimos hace dos semanas en esta misma página editorial, abundemos, siquiera someramente, en algunas de las impresiones que todos hemos recibido durante estos tres meses largos. Nos referimos al indudable talante e impronta personal con que Francisco ha asumido su ministerio. Talante e impronta con el que ya se ha ganado a millones de fieles y a buena parte de opinión pública. Sin comparaciones, siempre odiosas, tediosas e inútiles, para comprender mejor su figura, es preciso descubrir su auténtica y tan espléndida personalidad cristiana, religiosa y humana. Francisco es el Papa de toda la Iglesia, sí, pero es igualmente inequívoco que es Papa del sur; que su capacidad de comunicación y de empatía con los fieles y con los ciudadanos en general es extraordinaria; que sus gestos, aun por encima de novedosos e incluso a veces inéditos y hasta rompedores, rezuman autenticidad y frescura evangélicas; que su lenguaje –desde la sencillez, la claridad, la riqueza de las imágenes y la fuerza de las frases redondas- conmueve e interpela; y que el mensaje que de lo anterior se deduce habla de renovación, de reforma y de cambio. Y  todo esto ha ser recibido y vivido en la Iglesia con alegría y esperanza, sin miedos, sin temores, sin prevenciones, sin nostalgias, y también sin actitudes adolescentes, precipitadas e interesadas, ni proclamas, sentimientos o anhelos de desquites, contraposiciones o rupturas.

Por otro lado y como ya subrayábamos hace dos semanas al enfatizar en la necesidad de también leer y de escuchar, enteramente, íntegramente, al Papa Francisco –y no solo de contemplarlo en sus gestos-, es preciso que calen en nosotros algunas de las prioridades que está señalando para la vida y la misión de la Iglesia, y que, a nuestro juicio, son, sobre todo, seis. Las desglosaremos telegráficamente.

La centralidad y la primacía de Jesucristo –la idea se glosa por sí misma- es la primera prioridad. La eclesialidad es la segunda. “La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá de la doctrina y de la comunidad eclesial, y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo”.

Y desde la íntima unión entre Cristo y su Iglesia –Cristo en su Iglesia, Francisco ha hecho desde primera hora una tercera opción y prioridad irrenunciable, expresada con aquel y célebre deseo suyo del “¡cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!”. Frase que explica muchos de sus gestos,  dichos y  hechos y que se traduce asimismo en el cuarto rasgo esencial de estos cien días: el cariz social,  la renovada apuesta por la solidaridad y por la justicia social.

El ardor misionero y el estilo samaritano serían los otros dos trazos que completarían este cuadro, este retrato de los cien primeros días de Francisco. Y todo ello es un indudable don de Dios, al que hemos de estar bien abiertos y del que hemos de estar bien agradecidos.



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