Opinión

Los campos santos en tiempos de la covid-19

La visita a los campos santos, como siempre se han denominado en la larga tradición  católica a los lugares sagrados, donde descansan los muertos hasta el juicio final, está siendo sustituida, en algunos lugares, por un recorrido cuya finalidad es admirar las piedras, olvidando los difuntos. En  otros lugares la noche de ánimas es un pretexto para los exhibicionismos demoníacos y orgiásticos del culto al terror y al miedo según el nihilismo postmoderno  de la calavera y  de la calabaza símbolos, además de  cuernos rojos y fauces  draculianas, muy del Halloween de moda, hecho in USA. Pero la terrible pandemia del al Covid-19 ha provocado que los vivos no puedan acudir a visitar a sus muertos  por temor a contaminarse entre ellos y acompañarlos  más pronto que tarde en sus eterno descanso. En algunos lugares se  prohibe por decreto  la noble y cristiana  tradición de recordarlos. Cada vez  los sufridos ciudadanos españoles se encuentran más aturdidos ante tantas normas y  contra normas que  confunden  más que ayudan. Las  voces de ultratumba parecen más fuertes que nunca, mientras  la tumbas de los seres queridos parecen contagiar a los vivos.

Incluso el teatro ha bajado el telón a cal y no se escucha   el verso de   Zorrilla con  su Tenorio, émulo y colofón del Don Juan de Moliere y del Burlador de Sevilla del fraile mercedario Tirso de Molina, introduce el cementerio como lugar dramático esencial que dinamiza y dignifica toda la acción dramática: entre  banquetes de convidados de piedra, estatuas que se mueven y con quienes habla, discute y a quienes reta; sepulcros que se abren, transcurre el acto tercero,  que se acota como: Misericordia de Dios y apoteosis del amor.  Sitúa allí, el genial dramaturgo vallisoletano, toda una sucesión escenas a cada cual más atrevidas y osadas: desaparición de estatuas de sus pedestales: sombras espectros y espíritus pululan por el escenario como la más atrevida osadía, incluido el mismo entierro de Don Juan que lo contempla aterrado mientras suena el canto gregoriano de difuntos.

Todo culmina cuando Doña Inés, quien había muerto, toma de la mano a Don Juan y le hace declamar aquellos memorables versos repetidos durante siglos, emocionando a los rendidos espectadores, que salían del teatro  meditabundos, seducidos por la fuerza de  los versos memorables: Más  es justo; quede aquí notorio/que pues me abre el purgatorio/ un punto de penitencia/ es el Dios de la clemencia el Dios de Don Juan Tenorio.

Fidel García Martínez

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