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Los cadáveres de la Complutense, por Roberto Esteban Duque

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Los cadáveres de la Complutense, por Roberto Esteban Duque

El escabroso hallazgo del hacinamiento de cuerpos sin vida en el Departamento de Anatomía y Embriología Humana II de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, donde se acumulan 250 cadáveres donados a la ciencia sin control ni higiene alguna, sin clasificar ni identificar, ilícitamente seccionados para investigaciones privadas, se ha visto ulteriormente agravado con el testimonio de quien asegura realizarse allí unos cursos irregulares, usando los cadáveres donados para investigaciones privadas cuyo dinero no iría a parar a la Facultad sino al lucro personal.

Lo ocurrido en la Complutense significa carencia absoluta de escrúpulos, separación dramática entre libertad y conciencia -que se quiere anihilada-, negación de la dignidad de la persona humana, sometida a intereses lucrativos como causa de muchos males sociales. Cuando el hombre consideró necesario hacerse una memoria, tal cosa no se realizó jamás sin sangre y crueldades espantosas: “¡cuánta sangre hay en el fondo de todas las cosas buenas!”, sentenció Nietzsche.

Lo sucedido es la muerte del hombre como sujeto y el triunfo de la construcción a la carta de la identidad humana. La ingeniería educativa, apoyada en la ingeniería médica, comienza a dar sus frutos: la naturaleza puede ser modificada desde la educación, haciendo de la vida humana objeto del poder. Al final, todo se reduce al arbitrio, sin más guía que lo que Konrad Lorenz llamaba el principio del modo de pensamiento morfotécnico: “todo lo que puede hacerse debe ser hecho”.

Asistimos a verdaderos proyectos de ingeniería social, al amparo de un darwinismo social deshumanizador y tramposo, que niega el carácter sagrado de la persona, convirtiendo a los seres humanos en medios para “buenos fines” y amparándose en consideraciones supuestamente humanitarias. Se trataría de modelos antropológicos que encierran la negación del hombre como sujeto para convertirlo en mero objeto de investigación.

Este cientificismo no es otra cosa que la pretensión evidente de alcanzar el poder para hacer del hombre lo que a su juicio debe ser, lo que le plaza hacer. El culto a la ciencia es uno de los más potentes ídolos vicarios de una cultura y de un hombre incapaz de gobernar la conducta humana y de dirigirla hacia el bien, un verdadero poder sobre la vida temporal cuando no se cree y se niega la vida eterna.

El indeseable hacinamiento manifiesta una verdadera política sobre los cuerpos, un poder sobre los cuerpos, despojados de cualquier sacralidad; evidencia la hybris de la ciencia, su soberanía sobre la vida humana, entendida como mero objeto de ensayo y de investigación, marginando cualquier saber ético y religioso como algo imaginario, poco útil, irracional; patentiza la negación de Dios que conduce a la abolición del propio hombre.

En Crímenes y pecados, de Woody Allen, se presenta la posibilidad de que el hombre pueda vivir al margen del dictado de la conciencia moral, si se independiza de las “autoridades externas” que le generan culpas y obligaciones; fuera de los “ojos de un Dios” que, en definitiva, no existe. El personaje no responde moralmente ante nadie, ni ante sí mismo (en el sentido del bien y del mal objetivo), ni ante los demás. Logra encarnar una suerte de parálisis afectiva. La trama muestra una cierta desaparición del yo y la correlativa desaparición del otro. Es sólo el instinto de supervivencia el que actúa, y se realiza según las demandas de la sociedad basada en la competencia, la codicia y el éxito individual. En esta línea se encuentra también la película American Beauty.

Estas películas muestran cómo se reduce el horizonte del hombre dentro de los valores que aprehende de la insalubre sociedad de la competencia y del éxito individual. Se sobrevive biológicamente, pero se está humanamente mutilado. Esa fue ya en la década de los cincuenta una de las conclusiones del profético Hombre unidimensional de Marcuse.

En el Comunicado emitido con posterioridad al siniestro hallazgo, donde la Facultad lamenta que lo realizado en la esfera privada alcance la fuerza de luz pública y se convierta en un hecho colectivo -como si no existiesen leyes morales que son verdaderas leyes de vida-, la negligencia se presenta como saber privado, el vicio como virtud, la mediocridad como excelencia, el sucio negocio como investigación científica, la maldad como mero error involuntario socrático.

Muy debilitada se me antoja la autoridad moral de un Rector que permite tanta indignidad y oprobio. El bien, señor Rector de la Universidad Complutense, no puede lograrse si no es dentro de un orden que haga posible el bien de todos. No se trata sólo de un mandato sobrenatural para algunos piadosos, sino de algo en lo que el hombre se encuentra comprometido por su pertenencia a un orden frente al cual debe responder, porque está en juego el bien de todos, pasión fundamental que explica todas las pasiones humanas.

 

Roberto Esteban Duque

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