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Los bienes del cielo y el templo

Los bienes del cielo y el templo

Una parroquia con deseos por todo lo alto… deseos de cielo para la tierra: sacerdotes, mayores, niños, jóvenes, catequistas, cáritas, familias…

“Enséñanos a buscar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo”, es una de las peticiones que hacemos los cristianos en la liturgia de cuaresma, algo en lo que queremos educarnos para saber valorar y relativizar las cosas de cada día y saber al servicio de qué está cada cosa y no confundir sus finalidades, que después si no vienen los disgustos y los desequilibrios efectivos y afectivos.

Algo de esto es lo que hemos vivido en la parroquia de Guadalupe en este fin de semana del tercer domingo de Cuaresma.

El viernes, acompañados por Amparo, mujer y madre extremeña, que lleva años en Madrid coordinando la acción de Cáritas con África, después de haber estado allí dos años de trabajo encarnado. Magistralmente nos llevo a su terreno y nos abrió el corazón y los ojos ante aquella realidad que nos pide compartir camino e ilusiones. Desde esa clave de comunión nos puso en el terreno del proyecto del Senegal por el que hemos optado en la parroquia para compartir con mujeres de allá. Fue un lujo poder disfrutar de un video recién llegado desde aquel lugar y aquellas personas agradeciendo lo que compartimos en dignidad y justicia.

El sábado, ha sido de vida concentrada y gozosa, en el encuentro parroquial de familia. El propio slogan del encuentro despertaba esperanza y ánimo: “Familia, eres solidaria y lo sabes”. Los niños han disfrutado del encuentro con su propio taller, después de haber rezado con música y algún baile todos juntos, niños y padres. Los mayores hemos compartido la experiencia de tres familias, que se han abierto en su sentir, que muestran signos de que cuando el seno familiar se abre la sensibilidad se agranda y el amor se hace más fuerte, que abrirse es vivir enriquecidos en el riesgo frente a la seguridad del encierro que empobrece a todos los miembros. Al cielo fueron los globos, de niños y mayores, con nuestros deseos más profundos, para después compartir la comida aportada por todos y hacer un mercadillo solidario para el Senegal con labores realizadas en la parroquia.

Yo me quedo con la conversación de un padre que me hablaba del giro dado en su vida, ha arriesgado dejando un trabajo que le daba dinero pero que no le estaba dando vida, tenía los bienes de la tierra pero le estaba impidiendo amar intensamente a los suyos, incluso al él mismo, el propio Dios estaba fuera de su vida. Tras un año y medio se felicitaba por el paso que le costó Dios y ayuda, ahora no quiere perder este amor intenso a los bienes del cielo, es decir su propia persona, su familia y el espacio de su interioridad y su fe. Ahora se está formando y cualificando, tras ese salto, pero hay cosas que las tiene clara no vale vivir para trabajar, no conduce a ningún sitio, no se puede perder la relación profunda con su esposa, la mirada y la vida de sus hijos, el cuidado de sus padres, las relaciones de compañerismo y ánimo en la vida con los otros, la participación en la parroquia, la relación con Dios… y es que se pueden buscar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo. Es la mejor manera para que todos los bienes sean bienes y ninguno haga mal al corazón propio ni ajeno.

Buen ejemplo , para los tiempos que corren, de conversión cuaresmal, de arriesgar, vencer el miedo y estar dispuesto a morir a la seguridad -como el grano de trigo- para nacer de nuevo y dar verdadero fruto de persona resucitada y capaz de amarse y de amar de un modo auténtico y original. Me comentaba cómo personas que lo querían le prevenían de los peligros que tenía su decisión y de la locura que suponía dar el paso en el contexto que vivimos, pero son ellos mismos los que ahora se acercan y le dicen que tenía razón, le felicitan por la vida encontrada y el corazón restaurado. Ahora le piden que no deje de vivir como está viviendo, y es que en el fondo todos, todos necesitamos y tenemos deseo de cielo en medio de la tierra. Sabemos que no estamos llamados a enterrarnos en la riqueza y en la seguridad, sino a sembrarnos en la verdadera vida y en la relación, en el riesgo que nos abre a los demás y que nos la certeza de que lo verdaderamente importante no se queda entre los materiales que manejamos sino en el que corazón con el que vivimos todo lo que hacemos y proyectamos.

A la luz de esta conversación se me hace luminoso de un modo especial el evangelio que mañana proclamaremos en la eucaristía dominical. Jesús al ver el mercado en el templo no puede aguantar que los bienes de la tierra se absoluticen y falseen los verdaderos valores del reino, los bienes definitivos. Le da coraje que los que tenían que ayudar a distinguir y discernir los bienes, sean los que se aprovechen, falseen, corrompan y hagan de la religión y del Padre Dios un criterio de riqueza material y seguridad humana. Por eso se lanza frente a las mesas de los cambistas, signo de la mercantilización de la humano y de lo religioso, para poner en su sitio la verdad del Evangelio: la vida esta en la entrega, el verdadero templo se da en el mundo de las relaciones, en el cuidado mutuo de unos para con otros, en el deseo de vivir con la bondad universal del padre. Todo desde El y nada sin él, el mismo evangelio de Juan lo dirá más adelante: “Sin mí no podéis hacer nada”. Sin el amor verdadero, los bienes de este mundo nos envenenan y nos destruyen, no podemos permitirlo.

Gracias por esta luz de conversión, Padre, que he recibido desde esta conversación de evangelio puro y conversión sincera, con este parroquiano, y por esa frase final que me decía: “por nada del mundo quiero volver para atrás y perder esta luz que se ha encendido dentro de mí, esta verdad de lo único importante”. No hay duda: “donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón”. Hoy los globos de nuestros deseos y de tu luz –en medio de los cuales iba el mío pidiendo saber buscar los bienes eternos- se han dirigido al cielo con la rapidez de la alegría y el gozo de la comunidad reunida en torno a la mesa del pan y la palabra, mirando al Padre y a su Reino. Gracias.
José Moreno Losada

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