Coronavirus

Los aplausos del corazón de Dios, por Juan del Río

La sociedad del bienestar, del individualismo y de la indiferencia, entronizó la cultura de la avaricia (cf. Lc 12, 17-21). Se sentía segura por el cúmulo de bienes materiales y tecnologías que aventuraban un futuro feliz. Pero de pronto, surgió un virus mortífero, el COVID-19, que globalizó su mal y ha puesto en crisis todo el sistema de prosperidad de las naciones de la tierra.
El negro crepúsculo romano que se cernía sobre la plaza de San Pedro el pasado viernes 27 de marzo, era todo un signo tremebundo de estos tiempos calamitosos que estamos viviendo. En medio de aquel escenario solitario y silencioso, el Papa Francisco, era como esa pequeña llama humeante (cf. Is 42, 3) que iluminaba al abatido mundo y le daba un mensaje de esperanza: «La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad». No fue un relato de condena o juicio, sino una llamada de fe a recuperar los valores esenciales de la vida, a una purificación interior y a volver de todo corazón a Dios y a los demás.

El Señor no está lejos

El primer aplauso que Dios da a todas las criaturas de la tierra es la cercanía de su propio ser. Su acto de creación fue por puro amor y libertad suprema. Así, proveyó a la naturaleza con sus propias leyes, que aún siguen encerrando muchas incógnitas para la avanzada ciencia actual. Además, creó al hombre «a imagen y semejanza suya» (Gén 1, 16), pero no como simple marioneta del Altísimo, ni para juegos de magia, sino que su actuación es a través de la conciencia y de la libertad humana. Las acciones de Dios se manifestarán en lo pequeño, en lo cotidiano, en las «personas comunes». Es a la vez, silencioso pero operativo, lejano, pero más cercano que el aire que respiramos.
La fuerza de este Dios Creador se muestra perfecta en la debilidad de la revelación de su propio Hijo, «que siendo de condición divina… se hizo semejante al hombre…se humilló a sí mismo… hasta una muerte de cruz…» (Flp 2.5-11). Así pues, el Señor-Jesús, que asumió esta frágil naturaleza humana que llevamos, no permanece impasible, sino que «llora con este pueblo que sufre tanto» (Francisco, Misa Santa Marta 29.3.2020) y su deseo hacia nosotros es que «tengamos vida y vida en abundancia» (Jn 10, 10), ya que su misericordia es mayor que nuestros pecados (cf. Sal 144). De ahí, que tenga «sus aplausos y felicitaciones» para aquellos que se juegan la vida por los hermanos y que lloran con los que lloran (cf. Mt 25, 31-46), de los que hacen de la plegaria un sacrificio de oblación y de aquellos que practican las obras de misericordia.

Los valientes de corazón

Tarde tras tarde, suenan en nuestras balcones y ventanas la iniciativa del vecindario español que, de esa manera espontánea, quieren agradecer a tantas personas buenas, que, superando el miedo a la epidemia, continúan en primera línea de batalla contra este mal. Este reconocimiento popular a unas «personas comunes», indican la grandeza de un pueblo que sabe valorar el compromiso solidario en favor del hermano.
También, Dios aplaude desde el cielo a esos hijos ejemplares que han reaccionado con valentía, generosidad y profesionalidad. Pocos nombres saldrán en los grandes rotativos mediáticos, pero sus hazañas en favor del hermano están en el Corazón de Cristo, que sabrá premiar en su momento las buenas acciones del justo. Ellos no se dejaron llevar por la ira, ni sembraron pánico, sino que, con su paciente labor, son los hijos de la esperanza en estos momentos: «Médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas militares y de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos, pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo» (Francisco 27.3.2020).

Dios escucha nuestros lamentos

Desde los hogares confinados, hasta los monasterios y conventos, pasando por los solitarios enfermos, todos exclamamos con humildad, constancia y confianza la oración del salmista:
«Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias…
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha
y lo salva de todas sus angustias…
Gustad y ved que bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a Él» (Sal 34).
La oración de los humildes puede «mover montañas», hace posible lo imposible, no es el refugio de los débiles, sino escudo de los valerosos. No es solo cosa de almas selectas, sino también de pecadores, porque como dice san Juan Crisóstomo: «Para que conste que no desprecia a nadie». Más claramente nos lo dijo el Señor Jesús: «Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a los que le piden!» (Mt 7, 11). El mejor aplauso divino sería que se alejara pronto y para siempre este horrible mal que flagela a la humanidad.

El amor vence al mal

Asimismo, Dios goza con las buenas obras de sus hijos (cf. Mt 5, 16). La mejor forma es hacer realidad lo que dice el refrán español: «obras son amores y no buena razones». En estos tiempos calamitosos, es urgente actualizar y poner en practica lo que siempre la Iglesia ha enseñado a lo largo de los siglos: Las obras de misericordia.
Constituyen un programa de vida que tiene presente a la persona concreta, en su totalidad y en las diversas circunstancias que se encuentre. Así tenemos, primeramente, las obras de atención corporal: visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar hospedaje al peregrino, redimir a los cautivos y enterrar a los muertos. Por muy duras que sean las normativas sanitarias, la fuerza de la caridad suple los inconvenientes con tal de servir y ayudar al hermano en cualquier necesidad perentoria. Sin embargo, la persona, al ser un espíritu encarnado, también necesita los auxilios del alma. Por ello, las obras de misericordia espirituales son: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesite, corregir al que se equivoca, perdonar las injurias, soportar los defectos del prójimo, consolar a los tristes y rezar por los vivos y muertos. Como veis, se trata de todo un protocolo ceñidísimo para que el aislamiento en nuestras casas no se haga insoportable y podamos seguir diciendo siempre: «Hogar, dulce hogar». Dios aplaude la paciencia de esos padres, madres, abuelos, hijos que ponen en practica cada día el himno de la caridad: «El amor es paciente, es benigno, el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe…Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca» (1Cor 13, 4-8).
En definitiva, el Señor se enorgullece y aplaude a sus hijos, cuando sumando fuerzas, entre todos juntos, vencemos el mal haciendo el bien (cf. Rom 12, 21).

Juan del Río @arzobispodelrio
Arzobispo Castrense de España

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